¡Qué difícil es estudiar en Baleares! El
fracaso escolar sangra al 40% de los
alumnos en estos tiempos hipócritas de
anormalidad lingüística. La voluptuosa
naturaleza invita a la escapada y semeja un
pecado panteísta el asistir a la clase
impartida por algún talibán que sigue la
doctrina del imán Carod
-incomprensiblemente dominan sus satélites
divisores el noble y universal campo de la
Educación- cuando puedes estar nadando en
las aguas turquesas junto a la
al.lota de cuya piel de melocotón te
diste cuenta cierto día, cuando despertaste
súbitamente a la sensualidad rasgando el
velo que tenías sobre los ojos. «La
primavera ha venido. Nadie sabe cómo ha
sido».
Es entonces cuando el
adolescente piensa, sin necesidad de haber
leído a los clásicos, que la verdadera
escuela es la vida misma; cuando despierta
su hambre por la poesía y se da cuenta de
qué fabuloso es eso de pensar por uno
mismo. Mágica experiencia que logra la
máxima aspiración del profesor de vocación
auténtica: que sus alumnos sean libres.
Aunque pocos son los que se dedican
a los deliciosos juegos prohibidos. La
mayoría opta por la consola o la estúpida
televisión (inquietante medio globalizador
que ha dejado a padres y profesores en un
tercer plano). Tal vez si en la escuela les
mostraran los avatares de Edmundo
Dantés, la ambigüedad de Long John
Silver o las sensoriales cabalgadas del
marqués de Bradomín podría acabarse
con la hegemonía de esa igualadora caja de
Pandora tan peligrosa como
estúpida.
La televisión es el
principal medio educador de nuestros días.
Y si alguien tiene paciencia para observar
la predominante programación infantil se
asustará de lo que los burócratas que
prohiben fumar a los adultos permiten
emitir a los niños.
La frecuente
violencia en las aulas de la que se quejan
los enjutos maestros ya nada tiene que ver
con las deportivas peleas: hemos pasado de
Mowli a unos mangas japoneses tan
vulgares como sangrientos; del Capitán
Trueno a la hipnótica consola de
juegos. Y eso, a ciertas edades, determina
posteriores comportamientos que no pueden
extrañarnos. Blancanieves, el
pato Donald, Sandokan,
Willie-Phileas Fogg o los índicos
viajes de Simbad -¡por no hablar del
fantasioso maquinista Micky Mouse!-
han quedado en la prehistoria infantil.
Esas historias rezumaban bondad, sueños y
sentido del humor. Hoy en día los dibujos
tienen la seriedad del burro e infinita más
violencia que un spaghetti
western.
Posiblemente, los que
mandan hoy tanto en los planes escolares
como en las tendencias de la TV nunca
fueron niños y desean amargar tempranamente
las ilusiones. Ya se sabe lo mucho que
odian algunos cretinos el cándido aroma de
la felicidad.
Es una decadencia
bastante barata en la que estamos inmersos,
y los datos de este escalofriante fracaso
escolar confirman la tendencia
vulgarizadora de la sociedad desde la rama
más joven.