JUAN RIERA ROCA
PALMA.- ¿Estudias
o trabajas? En Baleares la respuesta a esta
pregunta no sirve para ligar sino para
mostrar una realidad preocupante. Casi un
40% de los colegiales pasa por el periodo
obligatorio de enseñanza (de los 6 a los 16
años) sin haber aprendido casi nada. Acabar
la ESO por alcanzar la edad que libera de
la escolarización obligatoria y no por
haber aprobado los exámenes es lo que se
llama «fracaso escolar».
El Govern
prepara un Plan Estratégico para que más
jóvenes aprueben la ESO y sigan estudiando
algo. Con este plan, aún solo sobre el
papel, se pretende reducir ese 38%
largo de alumnos que pasa por la ESO
sin asumir los objetivos mínimos (fracaso
escolar) y ese 40% del 62% restante -los
que aprueban- que pese a obtener el
graduado escolar deja el sistema educativo
(abandono escolar) desechando la
oportunidad de seguir estudiando.
El
fracaso escolar llega por muchas causas. El
Plan Estratégico deberá abarcarlas todas.
Familias desestructuradas sin ánimos para
incentivar a sus hijos a estudiar. Familias
pobres (muchas, inmigrantes) que tienen más
prisa porque entre otro sueldo que por ver
un título colgado de la pared. Una sociedad
que ofrece empleos con demasiada
facilidad.
Ese programa contra el
fracaso que prepara la consellera, o a
favor del «éxito escolar», que es una forma
más optimista de decirlo, tendrá que
aportar soluciones a las principales y bien
conocidas causas que llevan a naufragar en
los estudios a tantos escolares y que
empiezan por la promesa de un empleo fácil,
sin cualificación, al alcanzar la edad
legal.
Con esa promesa de fondo,
otras circunstancias se añaden para agravar
el problema. El aburrimiento hace presa de
muchos escolares y se contagia a otros,
generando la peor de las consecuencias en
el ámbito escolar: la distracción,
disfrazada a veces de pérdida de atención,
gamberradas, ausencia mental del
aula en definitiva.
Pero las
generalizaciones son siempre erróneas. Los
médicos dicen que no hay enfermedades, sino
enfermos. Los docentes dirán que no hay
fracaso escolar, sino escolares con
fracaso. Por eso, vayamos a los casos
concretos para mejor entender el problema
general.
De Miguel, 16 años, se
podría decir que es una víctima del sistema
educativo. Tras suspender tercero de ESO,
repetirlo y volverlo a suspender, y todo
eso -él no lo niega- «porque se me fue la
olla y no estudié durante esos dos años»,
ahora quiere intentarlo de verdad,
«clavando los codos y hasta las rodillas».
Pero el sistema no le deja.
Elena
Besteiro, su madre, asegura que «en el
instituto han decidido que como estos dos
años no ha estudiado, no vale para hacer
cuarto de ESO y le dicen que se vaya a
trabajar, que estudie Iniciación
Profesional o ESO en Educación para
Adultos, para lo que, a su edad, necesita
presentar un contrato de trabajo. O sea,
ponerse a trabajar.
Miguel es víctima
de un vacío legal. Mientras la ley estatal
dice que tiene derecho a cursar Educación
Secundaria hasta los 18 años, un decreto
autonómico faculta a los profesores a
decidir si pasa de curso o no, cuando tras
repetir un año no logra superar el curso.
En realidad, la normativa es mucho más
compleja.
En Primaria (de 6 a 12
años) solo se puede repetir un curso. Si se
suspende el año repetido, se pasa al
siguiente. En ESO (de 12 a 16 años) igual,
a excepción de cuarto, que se puede repetir
dos veces. Sin embargo, si tras repetir un
año se han suspendido demasiadas
asignaturas, los profesores pueden decidir
si el alumno pasa o no.
Y en el caso
de Miguel han decidido que no pasa. ¿Por
qué? Su madre, Elena Besteiro, ha iniciado
una batalla par cambiar esa decisión que
tendría que poner nerviosos a los
responsables educativos. Elena no discute
la potestad de los profesores, pero, en
primer lugar, antepone la legislación de
régimen estatal, la LOE.
Y asegura
que ni tan siquiera se ha cumplido la
normativa autonómica «que dice que se ha de
oír al alumno y a los padres, que ha de
haber un informe sobre el alumno y una
valoración psicotécnica, y un informe de la
Inspección Educativa». Isabel muestra la
única documentación disponible, que le
parece insuficiente:
«Al alumno no lo
han oído, ni a los padres, el informe
psicotécnico y el de la inspección yo no
los he visto y el único informe que me han
dado es uno que muestra sus notas. Y cuando
les pido que me pongan por escrito que lo
rechazan, me dan un papel, a mano, sin
fechas para presentar alegaciones ni
nada».
Tal vez no se pueda saber hoy
si la voluntad de Miguel de ponerse a
estudiar de una vez es una pose o una
decisión firme. Pero su madre, confía en él
porque conoce sus costumbres: «Casi no sale
con sus amigos, hasta me ha pedido que le
quite la televisión y la vídeo consola del
cuarto y dejar de entrenar
fútbol».
«Es que todo eso me
distrae», comenta Miguel humildemente. Y
eso que la alternativa de ocio, la calle,
no es de lo más halagüeña: «llevo años
intentando que no se meta en las bandas del
barrio (zona de s'Arenal), no se droga, no
bebe, no fuma. Solo pasa que ha tenido la
cabeza llena de pajaritos y se ha pasado
dos años sin estudiar».
Miguel y su
madre Elena admiten que alguna vez el chico
ha «respondido» en clase, «pero es porque
yo le he enseñado que no consienta
injusticias» y eso se traduce en que «si me
acusan de estar hablando, y yo no hablo, se
lo diga al profesor... siempre soy el
culpable de todo lo que pasa en la clase»,
dice el joven.
Y «hablar» en el aula
no es lo peor que se ve en su instituto. «A
veces hay peleas entre grupos, que ha
tenido que venir la Policía Local o la
Guardia Civil», dice Miguel. «Pero mi hijo
no se mete en esas peleas, no sabe aún lo
que es tener un ojo morado», dice la madre
que, por cierto, es vigilante de seguridad,
y de eso entiende.
La historia de
Miguel, vista desde su perspectiva, es la
de un joven como tantos, en un ambiente
social complejo, que un día pasó de no
darle importancia a los estudios a desear
hacer el Bachillerato y aprender una
profesión tecnológica. Resistirse al
influjo del grupo. Evitar peleas y bandas.
Y ver cómo le niegan una última
oportunidad.
La opción, en caso de
rendirse, es ponerse a trabajar para poder
acceder a un centro para adultos, o esperar
dos años, hasta cumplir los 18, y poder
acceder sin una justificación de que
trabaja. Su madre no se rinde. Ella misma
ha hecho, a los 38 años, el acceso a la
universidad para mayores: «Solo queremos
una vida mejor».
A Juan Jaime Coll
Bordoy, de 15 años, el sistema, sin
embargo, le está ayudando bastante. Tras
repetir primero de ESO ha podido
promocionar a segundo. Tres tardes a la
semana acude al Centro Éxit, una iniciativa
que desde hace varios años desarrolla el
Ayuntamiento de Palma, donde pedagogos
expertos le enseñan técnicas de estudio y
le ayudan a hacer los deberes.
Isabel
Bordoy, su madre, reconoce que su hijo
tiene problemas para estudiar: «Los
problemas ya venían desde Primaria»,
admite. «Aquí, en el Centro Éxit, le están
ayudando mucho. Hemos conseguido que
estudie dos o tres horas en casa, y que lo
haga sin que tenga que ser un drama. Eso
nos descarga mucho».
Isabel Bordoy,
como Elena Besteiro es el ejemplo de una
madre comprometida, que quier a su hijo por
encima de todo. Otras madres también los
quieren, pero se conforman con asumir que
estudiar no es para ellos y que pasar por
la escuela es más cuestión de obligación
que algo útil.
Y es que la vida del
estudiante de ESO no es fácil. Las clases
comienzan a las ocho de la mañana (siempre)
y acaban a las tres o a la una de la tarde.
Hay días en que pese a los dos recreos de
la jornada los chicos y las chicas pasan
hambre y el día se les hace largo. Por eso
se hacen aconsejables actividades
extraescolares, deporte.
Juan Jaime
quiere ser futbolista. Es el viejo sueño de
tantos niños y chicos. Poniendo los pies en
la tierra él y su madre han hablado de
estudiar electricidad o fontanería, aunque
como adolescente que es nunca deja de
soñar: «Me gustaría ser piloto», dice Juan
Jaime; «aunque sabe que no es posible»,
apunta su madre.
Juan Jaime, Miguel,
o los alumnos de un instituto de
extrarradio: Cristina (repite segundo de
ESO, ni se acuerda de las que le han
quedado), Lina Marcela (empieza tercero con
tres asignaturas pendientes), Estefanía
(solo le ha quedado una y comienza tercero
de ESO ligera como un pájaro), comparten
escenarios y vidas parecidas.
Todos
ellos apuntan cerca. A ellas, por poner un
ejemplo, se les ha metido en cabeza ser
auxiliares de enfermería. Una profesión muy
digna, pero algo lejos de su prima mayor la
Enfermería o de su tía abuela la Medicina.
Alguno hay que apunta alto: Andrés (que
empieza ESO tras repetir un año de
Primaria) e Ismael, se atreven a soñar con
el Bachillerato y, quien sabe, la
Universidad.
El tipo de estudiante
que fracasa o que tiene dificultades para
sacar sus estudios básicos suele ser el de
un chico o una chica que se aburre en el
aula -a veces por contagio del grupo-
porque no cree que necesite la titulación
de la ESO para encontrar trabajo. Y lo malo
es que en Baleares no la
necesita.
Con frecuencia son hijos de
familias separadas. Un divorcio, aunque se
lleve bien, siempre deja rastro. En el caso
de Elena Besteiro y su hijo Miguel, ha sido
la madre la que ha tenido «que tirar del
carro», sacando adelante al chico y a su
hermano mayor, Nacho, de 22 años, que no
tiene estudios.
Nacho y su madre
avisan a Miguel con su ejemplo. Ella
estudia, a sus 38 años, para poder
ascender, ser jefe de seguridad. Él le
advierte al chico lo que es trabajar de
auxiliar de seguridad, por no tener
titulación básica, «jugándose la cara con
los borrachos en los hoteles». Por eso
Nacho le dice a Miguel: «No te quiero ver
de vigilante: ¡Estudia!»
Y Miguel ha
tomado buena nota, pero el sistema le
escupe. El sistema trata mejor a Juan
Jaime, aunque sea por ahora. Y con todo
falta un plan de choque, o estratégico,
como le gusta decir a la consellera Bàrbara
Galmés, que responda a la pregunta del
millón de dólares: Cómo incentivar al
alumno.
En ausencia, aún, de esta
respuesta los números son terribles. El
fracaso escolar en Baleares sigue
aumentando. La diferencia entre 2000 y 2005
(últimos datos disponibles recogidos por la
revista Magisterio Español) señala un
incremento de más de tres puntos en ese
periodo hasta el 38,2%.