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  Martes, 18 de septiembre de 2007 Actualizado a las 01:25
 

ENSEÑANZA / Fracaso escolar
El Govern prepara un plan de choque contra el fracaso escolar del 40% de los alumnos de ESO

Causas del abandono de las aulas: la facilidad para lograr empleo, los problemas familiares y el aburrimiento en el colegio

  A D E M A S
 Comienzo 'normal' de la ESO: una hora de clase
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JUAN RIERA ROCA

PALMA.- ¿Estudias o trabajas? En Baleares la respuesta a esta pregunta no sirve para ligar sino para mostrar una realidad preocupante. Casi un 40% de los colegiales pasa por el periodo obligatorio de enseñanza (de los 6 a los 16 años) sin haber aprendido casi nada. Acabar la ESO por alcanzar la edad que libera de la escolarización obligatoria y no por haber aprobado los exámenes es lo que se llama «fracaso escolar».

El Govern prepara un Plan Estratégico para que más jóvenes aprueben la ESO y sigan estudiando algo. Con este plan, aún solo sobre el papel, se pretende reducir ese 38% largo de alumnos que pasa por la ESO sin asumir los objetivos mínimos (fracaso escolar) y ese 40% del 62% restante -los que aprueban- que pese a obtener el graduado escolar deja el sistema educativo (abandono escolar) desechando la oportunidad de seguir estudiando.

El fracaso escolar llega por muchas causas. El Plan Estratégico deberá abarcarlas todas. Familias desestructuradas sin ánimos para incentivar a sus hijos a estudiar. Familias pobres (muchas, inmigrantes) que tienen más prisa porque entre otro sueldo que por ver un título colgado de la pared. Una sociedad que ofrece empleos con demasiada facilidad.

Ese programa contra el fracaso que prepara la consellera, o a favor del «éxito escolar», que es una forma más optimista de decirlo, tendrá que aportar soluciones a las principales y bien conocidas causas que llevan a naufragar en los estudios a tantos escolares y que empiezan por la promesa de un empleo fácil, sin cualificación, al alcanzar la edad legal.

Con esa promesa de fondo, otras circunstancias se añaden para agravar el problema. El aburrimiento hace presa de muchos escolares y se contagia a otros, generando la peor de las consecuencias en el ámbito escolar: la distracción, disfrazada a veces de pérdida de atención, gamberradas, ausencia mental del aula en definitiva.

Pero las generalizaciones son siempre erróneas. Los médicos dicen que no hay enfermedades, sino enfermos. Los docentes dirán que no hay fracaso escolar, sino escolares con fracaso. Por eso, vayamos a los casos concretos para mejor entender el problema general.

De Miguel, 16 años, se podría decir que es una víctima del sistema educativo. Tras suspender tercero de ESO, repetirlo y volverlo a suspender, y todo eso -él no lo niega- «porque se me fue la olla y no estudié durante esos dos años», ahora quiere intentarlo de verdad, «clavando los codos y hasta las rodillas». Pero el sistema no le deja.

Elena Besteiro, su madre, asegura que «en el instituto han decidido que como estos dos años no ha estudiado, no vale para hacer cuarto de ESO y le dicen que se vaya a trabajar, que estudie Iniciación Profesional o ESO en Educación para Adultos, para lo que, a su edad, necesita presentar un contrato de trabajo. O sea, ponerse a trabajar.

Miguel es víctima de un vacío legal. Mientras la ley estatal dice que tiene derecho a cursar Educación Secundaria hasta los 18 años, un decreto autonómico faculta a los profesores a decidir si pasa de curso o no, cuando tras repetir un año no logra superar el curso. En realidad, la normativa es mucho más compleja.

En Primaria (de 6 a 12 años) solo se puede repetir un curso. Si se suspende el año repetido, se pasa al siguiente. En ESO (de 12 a 16 años) igual, a excepción de cuarto, que se puede repetir dos veces. Sin embargo, si tras repetir un año se han suspendido demasiadas asignaturas, los profesores pueden decidir si el alumno pasa o no.

Y en el caso de Miguel han decidido que no pasa. ¿Por qué? Su madre, Elena Besteiro, ha iniciado una batalla par cambiar esa decisión que tendría que poner nerviosos a los responsables educativos. Elena no discute la potestad de los profesores, pero, en primer lugar, antepone la legislación de régimen estatal, la LOE.

Y asegura que ni tan siquiera se ha cumplido la normativa autonómica «que dice que se ha de oír al alumno y a los padres, que ha de haber un informe sobre el alumno y una valoración psicotécnica, y un informe de la Inspección Educativa». Isabel muestra la única documentación disponible, que le parece insuficiente:

«Al alumno no lo han oído, ni a los padres, el informe psicotécnico y el de la inspección yo no los he visto y el único informe que me han dado es uno que muestra sus notas. Y cuando les pido que me pongan por escrito que lo rechazan, me dan un papel, a mano, sin fechas para presentar alegaciones ni nada».

Tal vez no se pueda saber hoy si la voluntad de Miguel de ponerse a estudiar de una vez es una pose o una decisión firme. Pero su madre, confía en él porque conoce sus costumbres: «Casi no sale con sus amigos, hasta me ha pedido que le quite la televisión y la vídeo consola del cuarto y dejar de entrenar fútbol».

«Es que todo eso me distrae», comenta Miguel humildemente. Y eso que la alternativa de ocio, la calle, no es de lo más halagüeña: «llevo años intentando que no se meta en las bandas del barrio (zona de s'Arenal), no se droga, no bebe, no fuma. Solo pasa que ha tenido la cabeza llena de pajaritos y se ha pasado dos años sin estudiar».

Miguel y su madre Elena admiten que alguna vez el chico ha «respondido» en clase, «pero es porque yo le he enseñado que no consienta injusticias» y eso se traduce en que «si me acusan de estar hablando, y yo no hablo, se lo diga al profesor... siempre soy el culpable de todo lo que pasa en la clase», dice el joven.

Y «hablar» en el aula no es lo peor que se ve en su instituto. «A veces hay peleas entre grupos, que ha tenido que venir la Policía Local o la Guardia Civil», dice Miguel. «Pero mi hijo no se mete en esas peleas, no sabe aún lo que es tener un ojo morado», dice la madre que, por cierto, es vigilante de seguridad, y de eso entiende.

La historia de Miguel, vista desde su perspectiva, es la de un joven como tantos, en un ambiente social complejo, que un día pasó de no darle importancia a los estudios a desear hacer el Bachillerato y aprender una profesión tecnológica. Resistirse al influjo del grupo. Evitar peleas y bandas. Y ver cómo le niegan una última oportunidad.

La opción, en caso de rendirse, es ponerse a trabajar para poder acceder a un centro para adultos, o esperar dos años, hasta cumplir los 18, y poder acceder sin una justificación de que trabaja. Su madre no se rinde. Ella misma ha hecho, a los 38 años, el acceso a la universidad para mayores: «Solo queremos una vida mejor».

A Juan Jaime Coll Bordoy, de 15 años, el sistema, sin embargo, le está ayudando bastante. Tras repetir primero de ESO ha podido promocionar a segundo. Tres tardes a la semana acude al Centro Éxit, una iniciativa que desde hace varios años desarrolla el Ayuntamiento de Palma, donde pedagogos expertos le enseñan técnicas de estudio y le ayudan a hacer los deberes.

Isabel Bordoy, su madre, reconoce que su hijo tiene problemas para estudiar: «Los problemas ya venían desde Primaria», admite. «Aquí, en el Centro Éxit, le están ayudando mucho. Hemos conseguido que estudie dos o tres horas en casa, y que lo haga sin que tenga que ser un drama. Eso nos descarga mucho».

Isabel Bordoy, como Elena Besteiro es el ejemplo de una madre comprometida, que quier a su hijo por encima de todo. Otras madres también los quieren, pero se conforman con asumir que estudiar no es para ellos y que pasar por la escuela es más cuestión de obligación que algo útil.

Y es que la vida del estudiante de ESO no es fácil. Las clases comienzan a las ocho de la mañana (siempre) y acaban a las tres o a la una de la tarde. Hay días en que pese a los dos recreos de la jornada los chicos y las chicas pasan hambre y el día se les hace largo. Por eso se hacen aconsejables actividades extraescolares, deporte.

Juan Jaime quiere ser futbolista. Es el viejo sueño de tantos niños y chicos. Poniendo los pies en la tierra él y su madre han hablado de estudiar electricidad o fontanería, aunque como adolescente que es nunca deja de soñar: «Me gustaría ser piloto», dice Juan Jaime; «aunque sabe que no es posible», apunta su madre.

Juan Jaime, Miguel, o los alumnos de un instituto de extrarradio: Cristina (repite segundo de ESO, ni se acuerda de las que le han quedado), Lina Marcela (empieza tercero con tres asignaturas pendientes), Estefanía (solo le ha quedado una y comienza tercero de ESO ligera como un pájaro), comparten escenarios y vidas parecidas.

Todos ellos apuntan cerca. A ellas, por poner un ejemplo, se les ha metido en cabeza ser auxiliares de enfermería. Una profesión muy digna, pero algo lejos de su prima mayor la Enfermería o de su tía abuela la Medicina. Alguno hay que apunta alto: Andrés (que empieza ESO tras repetir un año de Primaria) e Ismael, se atreven a soñar con el Bachillerato y, quien sabe, la Universidad.

El tipo de estudiante que fracasa o que tiene dificultades para sacar sus estudios básicos suele ser el de un chico o una chica que se aburre en el aula -a veces por contagio del grupo- porque no cree que necesite la titulación de la ESO para encontrar trabajo. Y lo malo es que en Baleares no la necesita.

Con frecuencia son hijos de familias separadas. Un divorcio, aunque se lleve bien, siempre deja rastro. En el caso de Elena Besteiro y su hijo Miguel, ha sido la madre la que ha tenido «que tirar del carro», sacando adelante al chico y a su hermano mayor, Nacho, de 22 años, que no tiene estudios.

Nacho y su madre avisan a Miguel con su ejemplo. Ella estudia, a sus 38 años, para poder ascender, ser jefe de seguridad. Él le advierte al chico lo que es trabajar de auxiliar de seguridad, por no tener titulación básica, «jugándose la cara con los borrachos en los hoteles». Por eso Nacho le dice a Miguel: «No te quiero ver de vigilante: ¡Estudia!»

Y Miguel ha tomado buena nota, pero el sistema le escupe. El sistema trata mejor a Juan Jaime, aunque sea por ahora. Y con todo falta un plan de choque, o estratégico, como le gusta decir a la consellera Bàrbara Galmés, que responda a la pregunta del millón de dólares: Cómo incentivar al alumno.

En ausencia, aún, de esta respuesta los números son terribles. El fracaso escolar en Baleares sigue aumentando. La diferencia entre 2000 y 2005 (últimos datos disponibles recogidos por la revista Magisterio Español) señala un incremento de más de tres puntos en ese periodo hasta el 38,2%.

 
   
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