LAURA JURADO
PALMA.-Médem
comenzaba su última película con una idea
que resultaba del todo irreal: una mujer
francesa que, en pleno siglo XXI, se
convierte en la mecenas de un grupo de
jóvenes artistas. Luego, se llega a Ca'n
Marquès y se comprueba que el cineasta no
iba tan desencaminado. Nieves Barber es la
Justine medemniana que amadrina once
artistas de múltiples disciplinas en una
exposición titulada Ausencia de
presente. El significado se palpa en
cada una de las salas: un edificio del
siglo XIX con obras de las promesas
artísticas del futuro. Como escribía
Llorenç Villalonga, «el presente no existe,
es un punto entre la ficción y la
añoranza».
El casal se
convierte en una suerte de caótico
laberinto en el que cada puerta cerrada
esconde una sorpresa. El mallorquín Toni
Amengual se convierte en maestro de
ceremonias con una alfombra de fotografías
que juegan a degenerar la imagen. Casi sin
tiempo la muestra lleva a la estancia de
Enric Socías donde el tono desconcertante
empieza a estar presente con sus
sonivídeos.
El laberinto toma
forma en las manos de la griega María
Glyka. Las vasijas de la antigua Cnosos
rodean la habitación. Dicen que su forma es
la misma que tenía la encrucijada del
Minotauro.
Un sonido llega de fondo.
La Luna llamando a Katie Paterson. Toca
Claro de luna. Lo tradujo a Morse y
lo envió al satélite. Lo que se escucha es
el sonido devuelto y reinterpretado por un
pianista. Los silencios lunáticos son
abrumadores. Su vacío se llena de
melancolía.
Albert Pinya rompe la
calma con su Nit de bauxa. Su obra
porfía al visitante. La locura del artista
imita la locura real en clave sadomaso.
Las excentricidades del arte no son
nada frente a algunas
cotidianas.
Un estrecho
pasillo lleva a la capilla. El grito de
Marenka Gabeler contra los prejuicios
morales suena por encima del canto del
almuecín. Una mujer vestida con el burka
mece a un niño -Jesús- entre los brazos
frente a un cuadro de la Virgen María.
La controversia está servida. La
cocina, siempre la parte más dócil
de la casa, se rebela. Ian Daniel Larson la
transforma en la cámara de los horrores
donde los enseres se entremezclan con
esqueletos. La violencia y la agresividad
se tornan calma en el salón de Annabel
Emson. Sus cuadros intentan atrapar
instantes de luz y color. Esa misma
tranquilidad será la que lleve hasta la
obra de Fernando Mesquita. El cruce entre
el diseño y la música. Mesquita ha dibujado
su autorretrato sobre pentagramas que luego
interpreta Felipe Raposo.
Yara
El-Sherbini propone un juego a modo de
subasta con una pregunta de fondo. ¿Importa
más a quien conoces que tu obra?
El
laberinto, el viaje, es cambiante e
inconstante. Como el agua. Como la piscina
que María Antonia Mir inventa enmedio de la
biblioteca. El azul de su fondo es el mejor
para que se sigan extasiando los
sentidos.