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  Martes, 18 de septiembre de 2007 Actualizado a las 00:32
 

Can Marquès enlaza pasado y futuro de la mano de once artistas

'Ausencia de presente' reúne la obra de los creadores que serán las voces del siglo XXI


LAURA JURADO

PALMA.-Médem comenzaba su última película con una idea que resultaba del todo irreal: una mujer francesa que, en pleno siglo XXI, se convierte en la mecenas de un grupo de jóvenes artistas. Luego, se llega a Ca'n Marquès y se comprueba que el cineasta no iba tan desencaminado. Nieves Barber es la Justine medemniana que amadrina once artistas de múltiples disciplinas en una exposición titulada Ausencia de presente. El significado se palpa en cada una de las salas: un edificio del siglo XIX con obras de las promesas artísticas del futuro. Como escribía Llorenç Villalonga, «el presente no existe, es un punto entre la ficción y la añoranza».

El casal se convierte en una suerte de caótico laberinto en el que cada puerta cerrada esconde una sorpresa. El mallorquín Toni Amengual se convierte en maestro de ceremonias con una alfombra de fotografías que juegan a degenerar la imagen. Casi sin tiempo la muestra lleva a la estancia de Enric Socías donde el tono desconcertante empieza a estar presente con sus sonivídeos.

El laberinto toma forma en las manos de la griega María Glyka. Las vasijas de la antigua Cnosos rodean la habitación. Dicen que su forma es la misma que tenía la encrucijada del Minotauro.

Un sonido llega de fondo. La Luna llamando a Katie Paterson. Toca Claro de luna. Lo tradujo a Morse y lo envió al satélite. Lo que se escucha es el sonido devuelto y reinterpretado por un pianista. Los silencios lunáticos son abrumadores. Su vacío se llena de melancolía.

Albert Pinya rompe la calma con su Nit de bauxa. Su obra porfía al visitante. La locura del artista imita la locura real en clave sadomaso. Las excentricidades del arte no son nada frente a algunas cotidianas.

Un estrecho pasillo lleva a la capilla. El grito de Marenka Gabeler contra los prejuicios morales suena por encima del canto del almuecín. Una mujer vestida con el burka mece a un niño -Jesús- entre los brazos frente a un cuadro de la Virgen María.

La controversia está servida. La cocina, siempre la parte más dócil de la casa, se rebela. Ian Daniel Larson la transforma en la cámara de los horrores donde los enseres se entremezclan con esqueletos. La violencia y la agresividad se tornan calma en el salón de Annabel Emson. Sus cuadros intentan atrapar instantes de luz y color. Esa misma tranquilidad será la que lleve hasta la obra de Fernando Mesquita. El cruce entre el diseño y la música. Mesquita ha dibujado su autorretrato sobre pentagramas que luego interpreta Felipe Raposo.

Yara El-Sherbini propone un juego a modo de subasta con una pregunta de fondo. ¿Importa más a quien conoces que tu obra?

El laberinto, el viaje, es cambiante e inconstante. Como el agua. Como la piscina que María Antonia Mir inventa enmedio de la biblioteca. El azul de su fondo es el mejor para que se sigan extasiando los sentidos.

 
   
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