RUBÉN
AMÓN
Corresponsal
PARÍS.
- El sueño de la posteridad ha convertido
París en el panteón arquitectónico de
reyes, emperadores y presidentes. François
Mitterrand, por ejemplo, se erigió en el
epígono de Hércules a fuerza de promover
obras imposibles -el Louvre, la Bibloteca
Nacional, La Bastilla-, mientras que
Jacques Chirac llegó a tiempo de
inmortalizarse a orillas del Sena con un
museo (Quai Branly) consagrado a las artes
primitivas y remotas.
El edificio de
Jean Nouvel se encuentra, río mediante, a
unos metros de la llamada Ciudad de la
Arquitectura y del Patrimonio de París. La
inauguró ayer Nicolas Sarkozy sin haber
intervenido en el proyecto, pero los
galones de presidente le consintieron
descubrir la placa y marcarse un
discurso del que se desprende su voluntad
de hacer Historia en la capital francesa.
«Me comprometo personalmente a devolverle a
la arquitectura su audacia y su valentía.
No estoy pensando sólo en el plazo de los
próximos años. Hablo del próximo
siglo».
Las impresiones pudieran
conocerlas de primera mano muchos de los
colosos contemporáneos. Y es que Nicolas
Sarkozy organizó ayer una comida en el
Elíseo para intercambiar opiniones con Zaha
Hadid, Norman Foster, Massimiliano Fuksas y
el propio Jean Nouvel entre otros. En ella
confió a los invitados su deseo de
transformar la capital francesa. De hecho,
el anfitrión mencionó explícitamente que
tiene pensado convocar un concurso de ideas
entre los mayores estudios del planeta para
resolver las necesidades urbanísticas de la
capital y colocarla, de nuevo, en los
raíles de la modernidad.
Inevitable,
por tanto, preguntarle sobre si se avendría
a la construcción de grandes rascacielos
entre los muros parisinos. Algunos ya
acarician las nubes en la zona periférica
de La Defense, pero Sarkozy no tiene
demasiado claro erguirlos entre las
coordenadas del centro histórico. Mucho
menos después de la polémica de la torre de
Montparnasse.