Sucedió el pasado domingo dos de
septiembre. Eran las diez de la mañana y en
el comienzo de la calle del Temple, ante un
pequeño jardín situado entre las calles del
Sol y de Ramón Llull, nos dábamos cita de
forma desacostumbrada -la hora era algo
temprana para una mañana de fiesta- unos
ciento cincuenta ciudadanos de Palma. ¿Qué
sucedía? Pues que la alcaldesa inauguraba
un monumento a la memoria de Jafuda
Cresques, obra de la escultora María
Isabel Ballester.
El
acontecimiento llevaba tiempo gestándose.
Bien lo sabe el cronista Tummy
Bestard. La propia alcaldesa -Aina
Calvo- reconocería con elegancia que se
había preparado durante el gobierno del
anterior consistorio, sobre todo gracias al
interés de Francisca Bennàssar, no
solo patrocinadora del proyecto, sino
además impulsora de la integración de Palma
en la red de centros culturales que
recuerdan el pasado judío de España. Porque
no lo olvidemos, Jafuda Cresques, junto a
su padre Abraham, fueron unos cartógrafos
judíos de reconocimiento universal, nacidos
en el Call medieval de Ciutat de
Mallorca. Jafuda se convertiría al
cristianismo, cabe suponer que de modo
forzado tras el saqueo del Call de 1391,
adoptando el nombre de Jaume Ribes,
y para olvidar su pasado en una Mallorca
hostil, se trasladaría a Barcelona, a la
corte real, como protegido de Juan
I, teniendo que vender al prestigioso
notario Pere de Sant Pere, su casa
de la calle del Temple, situada a pocos
metros de donde hoy se alza el monumento.
La alcaldesa estuvo muy bien, digamos que
excelente, al terminar su discurso con
aquel «hoy los Cresques regresan a casa».
Sin embargo, todo sea dicho en honor a la
verdad, no enfaticemos en exceso las cosas.
Conforme a la letra y al tono de los
discursos, el pasado domingo se quiso dar a
entender que los Cresques han tenido que
esperar a la reciente democracia para ser
honrados por los mallorquines. Hace mucho
más tiempo que Mallorca les honra, aunque
no les hubiese levantado un monumento
llamado a enaltecerles a nivel popular.
Jafuda tiene una calle en Palma, que
precisamente pretendió quitársela el
Ayuntamiento de la Segunda República,
confundiendo su nombre con el de una
supuesta amante de Jaime I. La
anécdota es harto conocida. Y además,
dispone de los honores de hijo ilustre de
Palma desde 1895, época en que también
vivíamos en democracia, y como hoy, gracias
a una monarquía parlamentaria. El
Ayuntamiento por entonces quiso honrarle al
máximo nivel, colocando su busto, modelado
por Miquel Sacanell, en su gran
salón de sesiones, junto a otros
mallorquines ilustres de nuestro pasado
cristiano, árabe y judío, «para que cada
uno represente a una rama distinta de la
Civilización», diría Benet Pons y
Fábreges, impulsor de la idea.
Es importante recordar estos
detalles. No son baladíes. De lo contrario
cada dos por tres nos creeremos ser los
primeros en libertad y tolerancia, llevados
de falsas memorias históricas. Para acudir
a la memoria histórica lo primero que se
necesita es un buen historiador que, además
de saber, no esté vendido al color político
del último que otorgue subvenciones. Pero
volvamos a la mañana del pasado domingo.
Muy en positivo resultó la intervención de
Abraham Barchilón, personalidad de
desbordante simpatía, representante de la
actual comunidad judía en Mallorca. Y no
tuvo desperdicio el discurso, quizás el más
enjundioso y emotivo, de Manuel Quadreny
y Cortés, en representación de «Llegat
jueu». Es Manel, como muchos más
descendientes de judíos de la Mallorca de
hoy, un mestizo de raza, a caballo entre
cristianos viejos y conversos. Los mestizos
no estamos en ninguna orilla o, según se
mire, estamos en ambas, extremo que se
nota. Yo mismo, tan pariente me siento de
aquel Gaspar Homs, alias Nauta, que
llegó a la isla en 1530, como del Maimó
Pinás, contribuyente de la Judería
mallorquina del siglo XIV. De ahí ciertas
alergias hacia las exaltaciones y los
agravios de unos sobre otros. Porque
Quadreny lo sabe y lo siente en su propia
carne, supo decirnos en positivo, en la
mañana del pasado domingo: Avui, mirant
tots junts al futur, lluny de demanar
perdons inútils i fer victimismes estèrils,
lo que hem de fer d'aquesta Palma estimada,
es que dia a dia sigui més viva, més culta,
solidaria…oberta al món de la raó i del
coneixement.
A lo largo de la
tarde del mismo domingo se producirían otra
serie de actividades culturales. A la
salida del Teatro Xesc Forteza, en la
placita del Presbítero Miquel Maura,
se expondría una muestra de artesanía judía
y de libros sobre temas relacionados sobre
nuestro pasado semítico. Ironías de la
vida, el único ejemplar vendido de El
plet de Cartagena, tuve el gusto de
dedicárselo a un alemán -Hermann
Piltz- casado con mallorquina. También
tuve el placer de saludar al rabí Shaul
Friberg, y de adquirir una obra que me
llamaría la atención -Los éxodos
políticos en la Historia de España- de
varios autores y editada por Jordi
Canal. Buen libro para durante las
horas siguientes recordar que en esta
España nuestra, esto de expulsar al
diferente siempre ha constituido nuestra
auténtica «Fiesta Nacional». Expulsamos a
partir del XV, primero a judíos, luego a
moriscos, más tarde a austracistas vencidos
por botifleurs, a jesuitas perseguidos por
masones, a masones perseguidos por
jesuitas, a afrancesados y liberales, a
carlistas y republicanos, a las derechas
que huyeron del infierno rojo, y a las
izquierdas escapadas del franquismo. Quizás
nuestra verdadera asignatura pendiente sea
la del respeto mutuo y del perdón sin
rencor. ¿Habremos aprendido tal lección en
esta primera década del siglo XXI, o
seguiremos excluyéndonos a tenor del color
de quien manda? Temo no poder contestar.
Mientras, mi tarde de domingo terminaría en
misa en Santa Eulalia. Allá el oficiante,
tras la lectura de los salmos, las
oraciones del rey David que la
Iglesia Católica ha hecho centrales en su
liturgia, nos hablaría de humildad; de algo
tan sencillo, como que «es bueno ser
importante, pero más importante es ser
bueno». Elemental, querido Watson, como
elemental es saber que no existe raza, ni
nación, ni devotos políticos o religiosos,
con derecho exclusivo a la verdad o la
bondad de corazón.