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  Lunes, 10 de septiembre de 2007 Actualizado a las 00:25
 

EL TELESCOPIO
Los Cresques regresan a casa

ROMÁN PIÑA HOMS


Sucedió el pasado domingo dos de septiembre. Eran las diez de la mañana y en el comienzo de la calle del Temple, ante un pequeño jardín situado entre las calles del Sol y de Ramón Llull, nos dábamos cita de forma desacostumbrada -la hora era algo temprana para una mañana de fiesta- unos ciento cincuenta ciudadanos de Palma. ¿Qué sucedía? Pues que la alcaldesa inauguraba un monumento a la memoria de Jafuda Cresques, obra de la escultora María Isabel Ballester.

El acontecimiento llevaba tiempo gestándose. Bien lo sabe el cronista Tummy Bestard. La propia alcaldesa -Aina Calvo- reconocería con elegancia que se había preparado durante el gobierno del anterior consistorio, sobre todo gracias al interés de Francisca Bennàssar, no solo patrocinadora del proyecto, sino además impulsora de la integración de Palma en la red de centros culturales que recuerdan el pasado judío de España. Porque no lo olvidemos, Jafuda Cresques, junto a su padre Abraham, fueron unos cartógrafos judíos de reconocimiento universal, nacidos en el Call medieval de Ciutat de Mallorca. Jafuda se convertiría al cristianismo, cabe suponer que de modo forzado tras el saqueo del Call de 1391, adoptando el nombre de Jaume Ribes, y para olvidar su pasado en una Mallorca hostil, se trasladaría a Barcelona, a la corte real, como protegido de Juan I, teniendo que vender al prestigioso notario Pere de Sant Pere, su casa de la calle del Temple, situada a pocos metros de donde hoy se alza el monumento. La alcaldesa estuvo muy bien, digamos que excelente, al terminar su discurso con aquel «hoy los Cresques regresan a casa». Sin embargo, todo sea dicho en honor a la verdad, no enfaticemos en exceso las cosas. Conforme a la letra y al tono de los discursos, el pasado domingo se quiso dar a entender que los Cresques han tenido que esperar a la reciente democracia para ser honrados por los mallorquines. Hace mucho más tiempo que Mallorca les honra, aunque no les hubiese levantado un monumento llamado a enaltecerles a nivel popular. Jafuda tiene una calle en Palma, que precisamente pretendió quitársela el Ayuntamiento de la Segunda República, confundiendo su nombre con el de una supuesta amante de Jaime I. La anécdota es harto conocida. Y además, dispone de los honores de hijo ilustre de Palma desde 1895, época en que también vivíamos en democracia, y como hoy, gracias a una monarquía parlamentaria. El Ayuntamiento por entonces quiso honrarle al máximo nivel, colocando su busto, modelado por Miquel Sacanell, en su gran salón de sesiones, junto a otros mallorquines ilustres de nuestro pasado cristiano, árabe y judío, «para que cada uno represente a una rama distinta de la Civilización», diría Benet Pons y Fábreges, impulsor de la idea.

Es importante recordar estos detalles. No son baladíes. De lo contrario cada dos por tres nos creeremos ser los primeros en libertad y tolerancia, llevados de falsas memorias históricas. Para acudir a la memoria histórica lo primero que se necesita es un buen historiador que, además de saber, no esté vendido al color político del último que otorgue subvenciones. Pero volvamos a la mañana del pasado domingo. Muy en positivo resultó la intervención de Abraham Barchilón, personalidad de desbordante simpatía, representante de la actual comunidad judía en Mallorca. Y no tuvo desperdicio el discurso, quizás el más enjundioso y emotivo, de Manuel Quadreny y Cortés, en representación de «Llegat jueu». Es Manel, como muchos más descendientes de judíos de la Mallorca de hoy, un mestizo de raza, a caballo entre cristianos viejos y conversos. Los mestizos no estamos en ninguna orilla o, según se mire, estamos en ambas, extremo que se nota. Yo mismo, tan pariente me siento de aquel Gaspar Homs, alias Nauta, que llegó a la isla en 1530, como del Maimó Pinás, contribuyente de la Judería mallorquina del siglo XIV. De ahí ciertas alergias hacia las exaltaciones y los agravios de unos sobre otros. Porque Quadreny lo sabe y lo siente en su propia carne, supo decirnos en positivo, en la mañana del pasado domingo: Avui, mirant tots junts al futur, lluny de demanar perdons inútils i fer victimismes estèrils, lo que hem de fer d'aquesta Palma estimada, es que dia a dia sigui més viva, més culta, solidaria…oberta al món de la raó i del coneixement.

A lo largo de la tarde del mismo domingo se producirían otra serie de actividades culturales. A la salida del Teatro Xesc Forteza, en la placita del Presbítero Miquel Maura, se expondría una muestra de artesanía judía y de libros sobre temas relacionados sobre nuestro pasado semítico. Ironías de la vida, el único ejemplar vendido de El plet de Cartagena, tuve el gusto de dedicárselo a un alemán -Hermann Piltz- casado con mallorquina. También tuve el placer de saludar al rabí Shaul Friberg, y de adquirir una obra que me llamaría la atención -Los éxodos políticos en la Historia de España- de varios autores y editada por Jordi Canal. Buen libro para durante las horas siguientes recordar que en esta España nuestra, esto de expulsar al diferente siempre ha constituido nuestra auténtica «Fiesta Nacional». Expulsamos a partir del XV, primero a judíos, luego a moriscos, más tarde a austracistas vencidos por botifleurs, a jesuitas perseguidos por masones, a masones perseguidos por jesuitas, a afrancesados y liberales, a carlistas y republicanos, a las derechas que huyeron del infierno rojo, y a las izquierdas escapadas del franquismo. Quizás nuestra verdadera asignatura pendiente sea la del respeto mutuo y del perdón sin rencor. ¿Habremos aprendido tal lección en esta primera década del siglo XXI, o seguiremos excluyéndonos a tenor del color de quien manda? Temo no poder contestar. Mientras, mi tarde de domingo terminaría en misa en Santa Eulalia. Allá el oficiante, tras la lectura de los salmos, las oraciones del rey David que la Iglesia Católica ha hecho centrales en su liturgia, nos hablaría de humildad; de algo tan sencillo, como que «es bueno ser importante, pero más importante es ser bueno». Elemental, querido Watson, como elemental es saber que no existe raza, ni nación, ni devotos políticos o religiosos, con derecho exclusivo a la verdad o la bondad de corazón.

 
   
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