Las obsesiones suelen florecer como
tubérculos. Mismamente, boniatos. Crecen en
los adentros, deforman el entorno y
finalmente explotan como pústulas. Todos a
cubierto, que llueve. La guerra contra el
castellano en las islas es la apuesta más
llamativa del gobierno Antich y su
pléyade de aliados. ¿Hay que sumar Na-Bai
al PSM o a ERC? Primero fueron los Premios
Ciutat de Palma, luego la desaparición del
bilingüismo en las escuelas y ahora la
prohibición del español en IB3. Esta gente
estaba ansiosa, le tenía ganas al
spleen cervantino y ya no hay quien
los pare. Será que todo llega en esta vida,
si uno se aplica en confundir lo suficiente
la realidad y el deseo, o que el acné
político es un lienzo de afrentas
imaginarias que hay que vengar con
urgencia. La calavera de Hirst
sonríe desde su sarpullido -diamantes en
vez de neuronas- pero poco importa que
proscribir el castellano en la cadena local
sea condenarla a una audiencia ínfima que
ya tiene echadas sus raíces en TV3. De lo
que se trata es de manejar presupuestos y
despilfarrarlos en la soledad del erial
putrefacto.
Luego falta dinero para
la gratuidad de los libros escolares.
Normal. Sólo era un buen gancho electoral.
Siempre nos queda el jolgorio de ver cómo
se organizan los unos y los otros. ¡Todos
se organizan! La CONCAPA echa pestes de
Bàrbara Galmés mientras la COAPA felicita
al gobierno por el espíritu, basado en
valores «ecoambientales y cívicos», de su
proyecto. Alto ahí. Hay definiciones
gloriosas que aclaran el panorama
retratando a quienes las enuncian.
Imposible desdecir lo más mínimo sobre
semejante alambique conceptual.
Lo
extraño es que no falte dinero para enviar
hordas famélicas de escritores a Frankfurt
o una legión de figurantes a Prada. Tampoco
para regar copiosamente al Gremi de Editors
y perpetuar a Moll como el rey de la
imprenta. Tanta autoedición por amor a la
lengua nos parece digna de estudio
siquiátrico, pero para qué. Los locos
siempre son los otros. Es decir,
nosotros.