Hace apenas unos días, despedíamos a
Josep Moll Marqués muchos de
aquellos que tuvimos la ocasión de
conocerlo. En una basílica de San Francisco
en que lo mejorcito del austero gótico se
combina con la exuberancia del barroco sin
apenas estridencias, el superior de los
franciscanos, Bartomeu Pont,
recordaba a los presentes, en una ajustaba
homilía, su imagen de hombre bueno, al
mismo tiempo apasionado con los principios
políticos en los que creía y además
coherente con ellos. Pensé en aquellos
momentos, que las tres virtudes citadas,
debidamente ensambladas, como los elementos
arquitectónicos del templo, daban de Pep,
su perfil de amigo leal, puesto que
precisamente su bondad y coherencia eran
las que habían hecho generoso y creíble
tanto su compromiso político como la
totalidad de su persona.
Profeso a
todos los Moll Marqués especial afecto.
Constituyen una saga que gracias a la
categoría indiscutible del padre, ha sabido
cohesionar sus relaciones de estirpe desde
aquello que solemos llamar el fuego
sagrado del espíritu. Pudo el patriarca
no dejarles un gran patrimonio, pero supo
marcarles con el amor a lo que es más
valioso y duradero, o sea aquello que
consolida a los humanos como gente abierta
al bien, y desde el bien, a la solidaridad
cristiana y a los supremos valores de la
cultura. Sin haber tenido la oportunidad de
tratarles mucho, siempre he descubierto en
todos ellos este sello característico, unas
veces expresado en el arte, a través de
Joan, el hermano pianista; otras, en
la entrañable feminidad de Nina; así
como también en la bonhomía de
Francesc, o en el compromiso de
Aina y de Josep, ella para
con la cultura, él con la política, pero la
escrita con mayúsculas. Recuerdo cómo el
más controvertido miembro de la familia
Moll -que pienso ha sido Aina, a la que la
derecha franquista, años atrás, atribuía la
etiqueta de roja y fanática separatista,
dada su entrega a la defensa de la lengua
catalana- me dio una de las más hermosas
lecciones de categoría intelectual y
humana. Sería en plena transición a la
democracia. Por entonces fue designada
presidenta de la primera comisión de
normalización lingüística, establecida por
los años 1979-80, cuando Josep Francisco
Conrado era conseller de Cultura. A mí
se me nombró vocal, imagino que como
miembro conocido de Alianza Popular, por
entonces etiquetado precisamente de pro
catalanista. Nos reuníamos primero en unas
oficinas de la calle San Miguel, luego en
el Consell Interinsular, y en una de las
primeras sesiones, ante las salidas de tono
de un auténtico energúmeno cuyo nombre
prefiero silenciar, dejó Aina bien claro
que mientras ella presidiese la comisión,
la promoción del catalán nada tendría que
ver con el ataque constante al castellano,
cuando no su desprecio con el objeto de
hacerlo lengua marginal en la educación y
en la vida pública. Tan equilibrada postura
no pocas veces la ofrecería también un
hombre culto como Josep Maria
Llompart, de fervor nacionalista más
que reconocido.
No recuerdo cuando
comencé a relacionarme con Pep. Imagino que
a finales de los setenta. Ambos coincidimos
apoyando la excelente gestión que Ramón
Aguiló había iniciado en Cort como
alcalde socialista. Con los años, ante mi
desengaño del nacionalismo, trató de que
aceptase extremos en los que jamás
coincidiríamos. Sólo en una ocasión nos
sentimos absolutamente identificados. Fue
en León, en un Congreso científico sobre
Cortes de Castilla. Pep acudía, al igual
que Jeroni Albertí, en su condición
de representante del Parlamento balear. Yo
como ponente con una aportación sobre la
participación balear en las Cortes de
Cádiz. Ante el bochornoso espectáculo que
ofreció en la calle, frente al Hostal de
San Marcos, sede del encuentro, un grupo
vociferante de nacionalistas leoneses -el
nacionalismo puede llegar a vestirse de los
más variados colores- los dos reconocimos
que aquello era un espectáculo
injustificable.
En muchas cosas más
coincidiríamos. Por ejemplo en nuestro
común amor a Esporles. Camino de Es Verger,
cuando aún podían adquirirse fincas, compró
Pep una pequeña posesión -Sa Casa Nova- con
edificio del XVII, situada frente a un
anfiteatro de montañas, que disponía y
sigue disponiendo de una de las vistas más
bellas que puedan existir en Mallorca.
Nunca entendí por qué la vendió años
después, pero no sería por falta de amor a
la tierra, ni de sensibilidad hacia la
belleza.
No es éste precisamente el
momento de defender aquellos de mis
criterios políticos con los que entraba en
clara discrepancia con Pep, aprovechando
que ahora no puede contradecirme. Pero sí
el de decir que siempre admiré su
compromiso con el trabajo bien hecho, esto
que se dice la profesionalidad, de la que
hizo gala en sus años de residencia en
Alemania, donde además de redactor en Radio
Baviera, publicaría su gramática
Modernes Spanisch en 1965 y su
Dígalo usted en alemán para
emigrantes españoles en aquel país, siendo
también fundador y redactor de la revista
Exprés Español, con sede en
Frankfurt entre los años 1970 y 1978.
Integrado en la socialdemocracia alemana,
con toda seguridad gracias a su prestigio
tendería buena parte de los puentes que a
mediados de los setenta permitieron hacer
del Partido Socialista español un partido
moderno, aglutinante del centro-izquierda
español.
Durante estos últimos años,
ya retirado de la política activa, aún pude
observarle comprometido con la verdad y la
libertad, quizás ya consciente de que tales
conceptos se veían progresivamente
amenazados por este cáncer que nos obliga a
mantener los partidos como grandes y
artificiosos aparatos de poder, desdeñosos
con los principios, y en los que todo
parece supeditado a la necesidad de
mantener numerosas y sólidas clientelas,
incluidas las del poder mediático y
financiero. Me hubiera gustado despedirme
del amigo leal que siempre fue desde sus
ideas y desde el respeto a las ideas de los
demás. Me hubiese gustado aprovechar un
atardecer otoñal para pasear juntos
sosegadamente, mientras pisábamos las hojas
caídas, pensando en los ciclos de la vida,
relativizando mil cosas y aferrándonos a lo
que realmente vale la pena. No ha sido así.
Pero recordémoslo: en la Mallorca que todo
lo compra y todo lo vende, aún siguen
existiendo mallorquines de sólido
compromiso con lo que no puede ser objeto
de transacción.