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  Lunes, 3 de septiembre de 2007 Actualizado a las 01:30
 

EL TELESCOPIO
Josep Moll, el recuerdo del amigo leal

ROMÁN PIÑA HOMS


Hace apenas unos días, despedíamos a Josep Moll Marqués muchos de aquellos que tuvimos la ocasión de conocerlo. En una basílica de San Francisco en que lo mejorcito del austero gótico se combina con la exuberancia del barroco sin apenas estridencias, el superior de los franciscanos, Bartomeu Pont, recordaba a los presentes, en una ajustaba homilía, su imagen de hombre bueno, al mismo tiempo apasionado con los principios políticos en los que creía y además coherente con ellos. Pensé en aquellos momentos, que las tres virtudes citadas, debidamente ensambladas, como los elementos arquitectónicos del templo, daban de Pep, su perfil de amigo leal, puesto que precisamente su bondad y coherencia eran las que habían hecho generoso y creíble tanto su compromiso político como la totalidad de su persona.

Profeso a todos los Moll Marqués especial afecto. Constituyen una saga que gracias a la categoría indiscutible del padre, ha sabido cohesionar sus relaciones de estirpe desde aquello que solemos llamar el fuego sagrado del espíritu. Pudo el patriarca no dejarles un gran patrimonio, pero supo marcarles con el amor a lo que es más valioso y duradero, o sea aquello que consolida a los humanos como gente abierta al bien, y desde el bien, a la solidaridad cristiana y a los supremos valores de la cultura. Sin haber tenido la oportunidad de tratarles mucho, siempre he descubierto en todos ellos este sello característico, unas veces expresado en el arte, a través de Joan, el hermano pianista; otras, en la entrañable feminidad de Nina; así como también en la bonhomía de Francesc, o en el compromiso de Aina y de Josep, ella para con la cultura, él con la política, pero la escrita con mayúsculas. Recuerdo cómo el más controvertido miembro de la familia Moll -que pienso ha sido Aina, a la que la derecha franquista, años atrás, atribuía la etiqueta de roja y fanática separatista, dada su entrega a la defensa de la lengua catalana- me dio una de las más hermosas lecciones de categoría intelectual y humana. Sería en plena transición a la democracia. Por entonces fue designada presidenta de la primera comisión de normalización lingüística, establecida por los años 1979-80, cuando Josep Francisco Conrado era conseller de Cultura. A mí se me nombró vocal, imagino que como miembro conocido de Alianza Popular, por entonces etiquetado precisamente de pro catalanista. Nos reuníamos primero en unas oficinas de la calle San Miguel, luego en el Consell Interinsular, y en una de las primeras sesiones, ante las salidas de tono de un auténtico energúmeno cuyo nombre prefiero silenciar, dejó Aina bien claro que mientras ella presidiese la comisión, la promoción del catalán nada tendría que ver con el ataque constante al castellano, cuando no su desprecio con el objeto de hacerlo lengua marginal en la educación y en la vida pública. Tan equilibrada postura no pocas veces la ofrecería también un hombre culto como Josep Maria Llompart, de fervor nacionalista más que reconocido.

No recuerdo cuando comencé a relacionarme con Pep. Imagino que a finales de los setenta. Ambos coincidimos apoyando la excelente gestión que Ramón Aguiló había iniciado en Cort como alcalde socialista. Con los años, ante mi desengaño del nacionalismo, trató de que aceptase extremos en los que jamás coincidiríamos. Sólo en una ocasión nos sentimos absolutamente identificados. Fue en León, en un Congreso científico sobre Cortes de Castilla. Pep acudía, al igual que Jeroni Albertí, en su condición de representante del Parlamento balear. Yo como ponente con una aportación sobre la participación balear en las Cortes de Cádiz. Ante el bochornoso espectáculo que ofreció en la calle, frente al Hostal de San Marcos, sede del encuentro, un grupo vociferante de nacionalistas leoneses -el nacionalismo puede llegar a vestirse de los más variados colores- los dos reconocimos que aquello era un espectáculo injustificable.

En muchas cosas más coincidiríamos. Por ejemplo en nuestro común amor a Esporles. Camino de Es Verger, cuando aún podían adquirirse fincas, compró Pep una pequeña posesión -Sa Casa Nova- con edificio del XVII, situada frente a un anfiteatro de montañas, que disponía y sigue disponiendo de una de las vistas más bellas que puedan existir en Mallorca. Nunca entendí por qué la vendió años después, pero no sería por falta de amor a la tierra, ni de sensibilidad hacia la belleza.

No es éste precisamente el momento de defender aquellos de mis criterios políticos con los que entraba en clara discrepancia con Pep, aprovechando que ahora no puede contradecirme. Pero sí el de decir que siempre admiré su compromiso con el trabajo bien hecho, esto que se dice la profesionalidad, de la que hizo gala en sus años de residencia en Alemania, donde además de redactor en Radio Baviera, publicaría su gramática Modernes Spanisch en 1965 y su Dígalo usted en alemán para emigrantes españoles en aquel país, siendo también fundador y redactor de la revista Exprés Español, con sede en Frankfurt entre los años 1970 y 1978. Integrado en la socialdemocracia alemana, con toda seguridad gracias a su prestigio tendería buena parte de los puentes que a mediados de los setenta permitieron hacer del Partido Socialista español un partido moderno, aglutinante del centro-izquierda español.

Durante estos últimos años, ya retirado de la política activa, aún pude observarle comprometido con la verdad y la libertad, quizás ya consciente de que tales conceptos se veían progresivamente amenazados por este cáncer que nos obliga a mantener los partidos como grandes y artificiosos aparatos de poder, desdeñosos con los principios, y en los que todo parece supeditado a la necesidad de mantener numerosas y sólidas clientelas, incluidas las del poder mediático y financiero. Me hubiera gustado despedirme del amigo leal que siempre fue desde sus ideas y desde el respeto a las ideas de los demás. Me hubiese gustado aprovechar un atardecer otoñal para pasear juntos sosegadamente, mientras pisábamos las hojas caídas, pensando en los ciclos de la vida, relativizando mil cosas y aferrándonos a lo que realmente vale la pena. No ha sido así. Pero recordémoslo: en la Mallorca que todo lo compra y todo lo vende, aún siguen existiendo mallorquines de sólido compromiso con lo que no puede ser objeto de transacción.

 
   
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