Hemeroteca Agenda cultural Cartelera Titulares

Tienda Restaurantes De copas Loterías
 BALEARES
 24HORAS
 Opinión
 Illes Balears
 Palma
 Menorca
 Part Forana
 Deporte
 Cultura
 Ibiza y
 Formentera
 SUPLEMENTOS
 La Economía
 Balear
 Fora Vila Verd
 EDICIÓN
 NACIONAL
 España
 Internacional
 Economía
 Deportes
 Cultura
 Ciencia
 Tecnología
 60 segundos
 Edición
 impresa
 Catalunya
 Madrid24horas
 OTROS
 Fotos del día
 Álbum
 Vídeos
 
  Lunes, 3 de septiembre de 2007 Actualizado a las 01:30
 

A CAPÓN
El maletero metafísico

DAVID TORRES


Como la maleta, el maletero del coche esconde un espacio virtualmente infinito. Se trata de un paralepípedo irregular que ocupa unos cuantos metros cúbicos, pero la geometría y las matemáticas retroceden ante la firme convicción de que nos encontramos con un pozo sin fondo. El personal lo sabe y por eso llena siempre las maletas hasta los topes, hasta que revientan, hasta que es necesario subirse encima, apretar los michelines de ropa y arrastrar la cremallera a dos atmósferas de presión para que la maleta quede como un cerebro hinchado a punto de la apoplejía.

Es igual. Sabemos que en un espacio cerrado siempre cabe algo más, que las carteras y los bolsos tienen compartimentos secretos que duplican su capacidad, como esas valijas de doble fondo donde los traficantes de lujo pasan documentos comprometedores y bandejas de diamantes. En occidente, a pesar de Aristóteles y de Newton, persiste la sospecha de que la física es un timo, de que siempre podemos meternos otro pastel más al coleto, de que siempre queda más pasta dentífrica en el tubo. Es un hecho científicamente comprobado el que los tubos de pasta de dientes son virtualmente inagotables: sólo es cuestión de apretar lo suficiente, de enseñarles a los puñeteros objetos quien tiene la sartén por el mango. Entonces, inesperadamente, una lágrima de pasta aparece por la expoliada abertura, lo suficiente para cepillarnos otra vez la boca.

Fiel a esta sospecha metafísica, Andris T., ciudadano letón de 37 años, introdujo el otro día en la bodega de un barco de Balearia, a sus dos hijos y a su padre debidamente encajonados en el maletero del coche. Dijo que lo hacía para ahorrarse el pasaje, pero más que los 80 euros, probablemente lo que movía a Andris era la curiosidad científica, la comprobación de la hipótesis de que en un maletero, bien apretadito, cabe todo. Los pioneros de la ciencia nunca se han detenido ante nada y la más que probable extinción del abuelo y los dos nietos, cocidos en la bodega, sólo hubiera significado un tributo más al progreso, unas heroicas víctimas, igual que aquellos precursores de la aviación que se tiraban desde lo alto de la Torre Eiffel vestidos con un abrigo volador y acababan estampados en el cemento.

Con su audaz experimento, Andris pretendía rebatir la falacia de la impenetrabilidad de los sólidos. Del mismo modo que en el maletero del coche solemos organizar el espacio disponible como si se tratara de un tetris, intentando encajar siete maletas, doce bultos, el perro y la sombrilla donde sólo caben las herramientas, él exprimió a su padre y a sus hijos, firmemente convencido de que, si el saber no ocupa lugar, la familia tampoco. Como somos básicamente agua, los niños y el abuelo habrían acabado como pasta de dientes, pero quizá Andris podría haber demostrado de una vez por todas que el universo es un calcetín del revés y que los objetos se van a enterar de quién manda.

 
   
BUSQUEDAS

Otros buscadores
 LA VIDA MÁS FÁCIL
Hemeroteca
Agenda cultural
Cartelera
Restaurantes
De copas
Busca piso
Rutas de viajes
Callejero
Farmacias
Horóscopo
Televisión
Aeropuertos
Estado de la mar
Líneas Marítimas
Teléfonos útiles
Tráfico
Gasolineras
© EL MUNDO / EL DIA DE BALEARES
Política de privacidad