Como la maleta, el maletero del coche
esconde un espacio virtualmente infinito.
Se trata de un paralepípedo irregular que
ocupa unos cuantos metros cúbicos, pero la
geometría y las matemáticas retroceden ante
la firme convicción de que nos encontramos
con un pozo sin fondo. El personal lo sabe
y por eso llena siempre las maletas hasta
los topes, hasta que revientan, hasta que
es necesario subirse encima, apretar los
michelines de ropa y arrastrar la
cremallera a dos atmósferas de presión para
que la maleta quede como un cerebro
hinchado a punto de la apoplejía.
Es
igual. Sabemos que en un espacio cerrado
siempre cabe algo más, que las carteras y
los bolsos tienen compartimentos secretos
que duplican su capacidad, como esas
valijas de doble fondo donde los
traficantes de lujo pasan documentos
comprometedores y bandejas de diamantes. En
occidente, a pesar de Aristóteles y
de Newton, persiste la sospecha de
que la física es un timo, de que siempre
podemos meternos otro pastel más al coleto,
de que siempre queda más pasta dentífrica
en el tubo. Es un hecho científicamente
comprobado el que los tubos de pasta de
dientes son virtualmente inagotables: sólo
es cuestión de apretar lo suficiente, de
enseñarles a los puñeteros objetos quien
tiene la sartén por el mango. Entonces,
inesperadamente, una lágrima de pasta
aparece por la expoliada abertura, lo
suficiente para cepillarnos otra vez la
boca.
Fiel a esta sospecha
metafísica, Andris T., ciudadano
letón de 37 años, introdujo el otro día en
la bodega de un barco de Balearia, a sus
dos hijos y a su padre debidamente
encajonados en el maletero del coche. Dijo
que lo hacía para ahorrarse el pasaje, pero
más que los 80 euros, probablemente lo que
movía a Andris era la curiosidad
científica, la comprobación de la hipótesis
de que en un maletero, bien apretadito,
cabe todo. Los pioneros de la ciencia nunca
se han detenido ante nada y la más que
probable extinción del abuelo y los dos
nietos, cocidos en la bodega, sólo hubiera
significado un tributo más al progreso,
unas heroicas víctimas, igual que aquellos
precursores de la aviación que se tiraban
desde lo alto de la Torre Eiffel vestidos
con un abrigo volador y acababan estampados
en el cemento.
Con su audaz
experimento, Andris pretendía rebatir la
falacia de la impenetrabilidad de los
sólidos. Del mismo modo que en el maletero
del coche solemos organizar el espacio
disponible como si se tratara de un tetris,
intentando encajar siete maletas, doce
bultos, el perro y la sombrilla donde sólo
caben las herramientas, él exprimió a su
padre y a sus hijos, firmemente convencido
de que, si el saber no ocupa lugar, la
familia tampoco. Como somos básicamente
agua, los niños y el abuelo habrían acabado
como pasta de dientes, pero quizá Andris
podría haber demostrado de una vez por
todas que el universo es un calcetín del
revés y que los objetos se van a enterar de
quién manda.