La coordinadora del PP, agota en una
«extraordinaria» entrevista concedida a
este diario los superlativos dedicados a
los exgobernantes y a su sacrificada labor.
Si es corriente la opinión de que el abuso
de adjetivos perjudica la literatura,
parece mantener la jefa del PP la tesis de
que su exceso beneficia la política, da
crédito. Al ser preguntada por la renuencia
al congreso extraordinario para resolver la
sucesión de Matas, argumenta la
proximidad electoral y la «extraordinaria
responsabilidad del PP». Continúa así:
«Miquel Ramis es una persona con una
trayectoria extraordinaria»; «se me puso
sobre la mesa una extraordinaria
responsabilidad que acepté…»; «Matas es un
hombre de una extraordinaria
responsabilidad y vocación de trabajo.
Donde vaya sentará cátedra»; «veo una
coordinadora general con un sentido de la
responsabilidad extremo…»; «me parecería
una noticia extraordinaria [que haya más de
un candidato al congreso]»; «Font,
[el del delito electoral] es un valor
incalculable, imprescindible y
absolutamente necesario»; «Rotger,
como Font, grandes personas, grandes
políticos y gestores»; «Rotger es una
persona muy leal, que hace un trabajo
extraordinario»; «Delgado,
exactamente igual. Leal, honesto, honrado,
trabajador»; «En los últimos cuatro
años…nos colocamos en unas cotas de
bienestar y progreso extraordinarias…»;
«nosotros fuimos extraordinariamente leales
[con UM]»; «el giro a la izquierda [de UM]
supuso para nosotros una extraordinaria
deslealtad»; «llevamos el tema de la lengua
con una extraordinaria convivencia». Si,
parafraseando a Susan Sontag,
se dijera que el impacto de los adjetivos
sobre nuestra sensibilidad depende de forma
inversamente proporcional del grado de su
frecuentación, puedo afirmar que, leyendo a
Estarás, me trasmuto en roca basáltica.
Como además, habla de sí misma en tercera
persona adjudicándose virtudes extremas,
habrá que concluir que la fatuidad no sólo
es atributo propio de la realeza o de la
presidencia francesa, sino de los
provincianos que han alcanzado, escalando
con gran esfuerzo, el nivel máximo de
presunción y bobería.
Pero donde la
genialidad de la entrevistada brilla con
luz propia, es cuando hablando de su
posible opción a la presidencia del PP,
dice que «el partido nos dará una lección a
todos colocando a las mejores personas en
los mejores puestos. Yo haré lo que me diga
el partido»; «La grandeza de un político no
se valora por el puesto que ocupa ni por la
capacidad de pensar en términos personales,
sino por la capacidad de estar a
disposición del partido». Extraordinario
esfuerzo de disimulo el de doña Rosa.
Cuando pretendemos echar por la puerta la
quincalla de entidades abstractas que
paralizan el entendimiento, tales como
nación, pueblo, derechos de lenguas y demás
parafernalia nacionalista, se nos cuela por
la ventana la peor abstracción, la de la
secta totémica que disfraza las ambiciones,
el clientelismo, la compraventa de votos y
cargos, la desnuda lucha del poder por el
poder. O sea, que el partido es un ente
hablante, ajeno al ejército de
profesionales que, al modo del oráculo de
Delfos, o de la pitonisa de
Cumas, o de la zarza ardiente, dice
en cada momento lo que procede. O sea, que
la grandeza no consiste en trascender los
intereses personales y partidarios, incluso
en perjudicarlos, para defender intereses
generales del país o valores de la
humanidad, -pienso en Brandt cayendo
de rodillas en Polonia ante el monumento al
holocausto, en Gorbachov,
desmontando el sistema soviético y
liberando Berlín, en Suárez y
Gutiérrez Mellado desmontando el
franquismo, en De Gaulle, terminando
la guerra de Argelia- sino en estar a las
órdenes de una mistificación llamada
partido, que son ellos mismos, las élites
endogámicas que pretenden confundirse con
este imaginario colectivo sin ser propio al
que controlan férreamente, con este
embeleco, que funciona como iglesia laica
fuera de la cual no hay salvación. El
grande no es el que piensa. El grande es el
que obedece a los que mandan, el siervo, el
que, a cambio, espera compensaciones,
poder, cargos, empleos. El grande es el
pequeño. Dice el que manda. Para seguir
mandando. La partitocracia conlleva unas
consecuencias deletéreas, las más conocidas
e historiadas son: mediocridad, corrupción,
clientelismo, sectarismo, conservadurismo,
arribismo, burocracia, despilfarro, etc. Se
resumen en una: la vida, como espacio del
estar en lugar del ser.