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  Viernes, 31 de agosto de 2007 Actualizado a las 00:39
 

EL ÁGORA
Extraordinaria Rosa

RAMON AGUILÓ


La coordinadora del PP, agota en una «extraordinaria» entrevista concedida a este diario los superlativos dedicados a los exgobernantes y a su sacrificada labor. Si es corriente la opinión de que el abuso de adjetivos perjudica la literatura, parece mantener la jefa del PP la tesis de que su exceso beneficia la política, da crédito. Al ser preguntada por la renuencia al congreso extraordinario para resolver la sucesión de Matas, argumenta la proximidad electoral y la «extraordinaria responsabilidad del PP». Continúa así: «Miquel Ramis es una persona con una trayectoria extraordinaria»; «se me puso sobre la mesa una extraordinaria responsabilidad que acepté…»; «Matas es un hombre de una extraordinaria responsabilidad y vocación de trabajo. Donde vaya sentará cátedra»; «veo una coordinadora general con un sentido de la responsabilidad extremo…»; «me parecería una noticia extraordinaria [que haya más de un candidato al congreso]»; «Font, [el del delito electoral] es un valor incalculable, imprescindible y absolutamente necesario»; «Rotger, como Font, grandes personas, grandes políticos y gestores»; «Rotger es una persona muy leal, que hace un trabajo extraordinario»; «Delgado, exactamente igual. Leal, honesto, honrado, trabajador»; «En los últimos cuatro años…nos colocamos en unas cotas de bienestar y progreso extraordinarias…»; «nosotros fuimos extraordinariamente leales [con UM]»; «el giro a la izquierda [de UM] supuso para nosotros una extraordinaria deslealtad»; «llevamos el tema de la lengua con una extraordinaria convivencia». Si, parafraseando a Susan Sontag, se dijera que el impacto de los adjetivos sobre nuestra sensibilidad depende de forma inversamente proporcional del grado de su frecuentación, puedo afirmar que, leyendo a Estarás, me trasmuto en roca basáltica. Como además, habla de sí misma en tercera persona adjudicándose virtudes extremas, habrá que concluir que la fatuidad no sólo es atributo propio de la realeza o de la presidencia francesa, sino de los provincianos que han alcanzado, escalando con gran esfuerzo, el nivel máximo de presunción y bobería.

Pero donde la genialidad de la entrevistada brilla con luz propia, es cuando hablando de su posible opción a la presidencia del PP, dice que «el partido nos dará una lección a todos colocando a las mejores personas en los mejores puestos. Yo haré lo que me diga el partido»; «La grandeza de un político no se valora por el puesto que ocupa ni por la capacidad de pensar en términos personales, sino por la capacidad de estar a disposición del partido». Extraordinario esfuerzo de disimulo el de doña Rosa. Cuando pretendemos echar por la puerta la quincalla de entidades abstractas que paralizan el entendimiento, tales como nación, pueblo, derechos de lenguas y demás parafernalia nacionalista, se nos cuela por la ventana la peor abstracción, la de la secta totémica que disfraza las ambiciones, el clientelismo, la compraventa de votos y cargos, la desnuda lucha del poder por el poder. O sea, que el partido es un ente hablante, ajeno al ejército de profesionales que, al modo del oráculo de Delfos, o de la pitonisa de Cumas, o de la zarza ardiente, dice en cada momento lo que procede. O sea, que la grandeza no consiste en trascender los intereses personales y partidarios, incluso en perjudicarlos, para defender intereses generales del país o valores de la humanidad, -pienso en Brandt cayendo de rodillas en Polonia ante el monumento al holocausto, en Gorbachov, desmontando el sistema soviético y liberando Berlín, en Suárez y Gutiérrez Mellado desmontando el franquismo, en De Gaulle, terminando la guerra de Argelia- sino en estar a las órdenes de una mistificación llamada partido, que son ellos mismos, las élites endogámicas que pretenden confundirse con este imaginario colectivo sin ser propio al que controlan férreamente, con este embeleco, que funciona como iglesia laica fuera de la cual no hay salvación. El grande no es el que piensa. El grande es el que obedece a los que mandan, el siervo, el que, a cambio, espera compensaciones, poder, cargos, empleos. El grande es el pequeño. Dice el que manda. Para seguir mandando. La partitocracia conlleva unas consecuencias deletéreas, las más conocidas e historiadas son: mediocridad, corrupción, clientelismo, sectarismo, conservadurismo, arribismo, burocracia, despilfarro, etc. Se resumen en una: la vida, como espacio del estar en lugar del ser.

 
   
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