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  Viernes, 31 de agosto de 2007 Actualizado a las 00:39
 

LA MIRADA
Extinción del mallorquín

JAVIER LEGORBURU


Agustín Pery, en su artículo del pasado domingo, exhortaba a los mallorquines, en calidad de átono, a no perder su peculiar acento, a resistirse a hablar como los catalanes, toda vez que éste constituye seña de identidad. Me temo que la exhortación de nuestro director resultará a la postre infructuosa: el acento mallorquín está desapareciendo con la misma rapidez que lo hace el hombre mallorquín tal y como se le conoce desde principio de siglo. Es más: predigo su extinción para al cabo de dos generaciones. A todo lo mallorquín -incluido el acento y las variedades léxicas propias- lo atenaza, básicamente, dos frentes de especies dominantes: la población peninsular por un lado -a su vez influida ahora por la aportación de los inmigrantes latinos-, que se ha hecho fuerte en la Bahía de Palma -Palma, Calvià y Arenal de Llucmajor-, y el lavado de cerebro catalanista por otro, que ha florecido en el campo. Si a estos fenómenos le sumamos el complejo de inferioridad que padece el isleño, no es de extrañar entonces la rotundidad de mi vaticinio. Los jóvenes de la Part Forana ya no quieren ser mallorquines; eso no mola. Porque el mallorquín tiene de sí mismo el concepto de que es un tanto cobarde, soso y avaro, alguien que se humilla él solito cuando se compara con el desparpajo, generosidad y vitalismo del andaluz, el forastero por antonomasia, que, siendo de clase baja, no adula a su señor. El joven de la Part Forana hoy quiere ser «catalán de Mallorca», participar de un imperio legendario: ser fuerte, valiente, culto y comercial. El joven payés quiere renegar de sus padres colonizados y transformarse en mito: en héroe catalán.

 
   
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