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LA MIRADA
Extinción del mallorquín
JAVIER LEGORBURU
Agustín Pery, en su artículo del
pasado domingo, exhortaba a los
mallorquines, en calidad de átono, a no
perder su peculiar acento, a resistirse a
hablar como los catalanes, toda vez que
éste constituye seña de identidad. Me temo
que la exhortación de nuestro director
resultará a la postre infructuosa: el
acento mallorquín está desapareciendo con
la misma rapidez que lo hace el hombre
mallorquín tal y como se le conoce desde
principio de siglo. Es más: predigo su
extinción para al cabo de dos generaciones.
A todo lo mallorquín -incluido el acento y
las variedades léxicas propias- lo atenaza,
básicamente, dos frentes de especies
dominantes: la población peninsular por un
lado -a su vez influida ahora por la
aportación de los inmigrantes latinos-, que
se ha hecho fuerte en la Bahía de Palma
-Palma, Calvià y Arenal de Llucmajor-, y el
lavado de cerebro catalanista por otro, que
ha florecido en el campo. Si a estos
fenómenos le sumamos el complejo de
inferioridad que padece el isleño, no es de
extrañar entonces la rotundidad de mi
vaticinio. Los jóvenes de la Part Forana ya
no quieren ser mallorquines; eso no mola.
Porque el mallorquín tiene de sí mismo el
concepto de que es un tanto cobarde, soso y
avaro, alguien que se humilla él solito
cuando se compara con el desparpajo,
generosidad y vitalismo del andaluz, el
forastero por antonomasia, que,
siendo de clase baja, no adula a su señor.
El joven de la Part Forana hoy quiere ser
«catalán de Mallorca», participar de un
imperio legendario: ser fuerte, valiente,
culto y comercial. El joven payés quiere
renegar de sus padres colonizados y
transformarse en mito: en héroe catalán.
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