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  Viernes, 31 de agosto de 2007 Actualizado a las 00:39
 

AL MARGEN
'Hooligans' de partido

JOAN FONT ROSSELLÓ


Los hooligans son el verdadero sostén de todos los partidos. El hooligan no piensa, sólo obedece consignas. Sus dudas nunca fueron enriquecedoras sino un tormento a superar cuanto antes. En el fondo, los hooligans de un partido y de otro no se diferencian más que en el amo al que obedecen. Algunos objetarán: «Hombre, nuestras ideas son mejores que las suyas». Por supuesto, hay ideas más equivocadas que otras, pero el hooligan en realidad no tiene ideas sujetas a la refutabilidad sino creencias, dogmas de partido, clichés inmarcesibles. Tener ideas presupone un atisbo de racionalidad y de lecturas que siempre rechazó, y no por falta de medios. El hooligan no cambia nunca: se mantiene fiel, no a unos principios, sino a unas siglas.

El hooligan es gregario por naturaleza. Se identifica sentimentalmente con el partido al que voluntariamente se adscribió un día. Hace de la política el sentido de su vida, una nueva religión. Capaz de sacrificarse por y para el partido, incluso de humillarse en lo personal, es la viva expresión de aquel fanatismo que distinguía, para horror de sus coetáneos, a los bolcheviques de los demás partidos. Una sonrisa y un golpecito en la espalda del jefe supremo le bastarán para consolarle de sus contrariedades diarias.

Los partidos, cuya estructura es la de un ejército bien disciplinado y jerarquizado de soldados -las bases-, han dejado de ser instrumentos democráticos que canalizan las inquietudes de los ciudadanos para convertirse en fines en sí mismos: la conquista del poder y la consiguiente depredación de las clases medias. Nada nuevo bajo el sol. El mérito de los oligarcas no consiste en convencer a sus subordinados, sino en acallar las voces discrepantes. Alta política, lo llaman algunos.

El hooligan no cambia nunca de siglas. Como buen troglodita, se fosiliza en él. De la necesidad hace virtud. Orgulloso alardea de ello, convencido de haber defendido siempre lo mismo. «Mire mi carné», se jacta sacándose de la pechera el arrugado carné de afiliado número 26. «Veinticinco años en el partido», sentencia con un golpe en la mesa. Siempre está dispuesto a demostrar su fidelidad a los colores ante quien sea, a ser posible ante los jefes que emocionados sonríen ante tan paladina prueba de lealtad. De ahí que no exista peor enemigo para el hooligan que el disidente. No el hooligan del partido contrario, sino el compañero que un buen día se desvió. ¡Chaquetero! ¡Traidor!... vociferan contra aquel que, por circunstancias que nunca entenderán, saludó a la disidencia. El hooligan no sabe, sin embargo, que, en el fondo, él también cambió, lo que ocurre es que, a diferencia del disidente que lo hizo a destiempo, él, epígono de vuelos rasantes, cambió sin darse cuenta al albur del capricho soberano del jefe supremo. La voz de su amo. Siempre.

 
   
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