Los hooligans son el verdadero
sostén de todos los partidos. El
hooligan no piensa, sólo obedece
consignas. Sus dudas nunca fueron
enriquecedoras sino un tormento a superar
cuanto antes. En el fondo, los
hooligans de un partido y de otro no
se diferencian más que en el amo al que
obedecen. Algunos objetarán: «Hombre,
nuestras ideas son mejores que las suyas».
Por supuesto, hay ideas más equivocadas que
otras, pero el hooligan en realidad
no tiene ideas sujetas a la refutabilidad
sino creencias, dogmas de partido, clichés
inmarcesibles. Tener ideas presupone un
atisbo de racionalidad y de lecturas que
siempre rechazó, y no por falta de medios.
El hooligan no cambia nunca: se
mantiene fiel, no a unos principios, sino a
unas siglas.
El hooligan es
gregario por naturaleza. Se identifica
sentimentalmente con el partido al que
voluntariamente se adscribió un día. Hace
de la política el sentido de su vida, una
nueva religión. Capaz de sacrificarse por y
para el partido, incluso de humillarse en
lo personal, es la viva expresión de aquel
fanatismo que distinguía, para horror de
sus coetáneos, a los bolcheviques de los
demás partidos. Una sonrisa y un golpecito
en la espalda del jefe supremo le bastarán
para consolarle de sus contrariedades
diarias.
Los partidos, cuya
estructura es la de un ejército bien
disciplinado y jerarquizado de soldados
-las bases-, han dejado de ser instrumentos
democráticos que canalizan las inquietudes
de los ciudadanos para convertirse en fines
en sí mismos: la conquista del poder y la
consiguiente depredación de las clases
medias. Nada nuevo bajo el sol. El mérito
de los oligarcas no consiste en convencer a
sus subordinados, sino en acallar las voces
discrepantes. Alta política, lo llaman
algunos.
El hooligan no cambia
nunca de siglas. Como buen troglodita, se
fosiliza en él. De la necesidad hace
virtud. Orgulloso alardea de ello,
convencido de haber defendido siempre lo
mismo. «Mire mi carné», se jacta sacándose
de la pechera el arrugado carné de afiliado
número 26. «Veinticinco años en el
partido», sentencia con un golpe en la
mesa. Siempre está dispuesto a demostrar su
fidelidad a los colores ante quien sea, a
ser posible ante los jefes que emocionados
sonríen ante tan paladina prueba de
lealtad. De ahí que no exista peor enemigo
para el hooligan que el disidente.
No el hooligan del partido
contrario, sino el compañero que un buen
día se desvió. ¡Chaquetero! ¡Traidor!...
vociferan contra aquel que, por
circunstancias que nunca entenderán, saludó
a la disidencia. El hooligan no
sabe, sin embargo, que, en el fondo, él
también cambió, lo que ocurre es que, a
diferencia del disidente que lo hizo a
destiempo, él, epígono de vuelos rasantes,
cambió sin darse cuenta al albur del
capricho soberano del jefe supremo. La voz
de su amo. Siempre.