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  Viernes, 31 de agosto de 2007 Actualizado a las 01:13
 

SOCIEDAD
José Luis de Vilallonga muere en Andratx

Maria Eugenia Yagüe escribe la crónica de los últimos meses de vida del escritor y aristócrata, que falleció ayer abrazado a la mujer de su vida: su ex esposa Sylianne

  A D E M A S
 El Rey lamenta «con una gran tristeza» la muerte del que fue su biógrafo
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MARIA EUENIA YAGÜE

PALMA.- La tarde del miércoles, José Luis de Vilallonga se encontraba bien y hacía planes para el día siguiente. Quería ir a almorzar al restaurante Vent de Tramuntana en las afueras de Andratx, donde ya estuvo este verano con Sylianne, su segunda esposa y con Jorge Bascones, el actual marido de ella. También esperaba la visita de sus nietos, los hijos de Fabrizio Pastor, que son en realidad nietos de su ex mujer aunque los quería como suyos.

Pero ayer jueves empezó a encontrarse mal y él mismo pensó que se moría. Se había dado cuenta hace tiempo que la muerte estaba cerca, pero en los últimos meses estaba más contento de vivir. Había recuperado el trato con su hijo Fabrizio, había vuelto a ver a los niños y se alegró con las visitas de algunos amigos este verano .

Al llegar, el médico dijo que le veía mal. A lo largo de la tarde del jueves se fue apagando, tranquilamente. Cuando dejó de vivir poco después de las cinco de la tarde, su mano estaba cogida a la de Sylianne. Tenía 87 años y un cáncer antiguo le había aprisionado la garganta. «Sólo puedo comer un yogur y de mala manera», contaba este pasado invierno, instalado ya en el pequeño apartamento de Andratx que le había alquilado su única hermana Tony, muy cerca de la casa que Vilallonga compartió durante años con Sylianne.

«Es que son muchos años y estás como agotado, ¿sabes?. Todo dura demasiado, demasiado. Creo que para vivir así, es mejor no estar ...», decía con una sonrisa cansada, vencido por el deterioro y la melancolía.

El escritor apareció en el salón vestido con unos pantalones grises de franela de cuando pesaba unos cuantos kilos más, un jersey de cashmere azul y foulard de seda al cuello. La enfermedad y la vejez no habían conseguido borrar del todo al hombre elegante de los mejores tiempos. Se sentó en el sofá con un cojín en la espalda, haciendo esfuerzos por permanecer erguido. «Me duele bastante, por eso casi no puedo andar».

José Luis de Vilallonga había vuelto a Mallorca pocos meses antes. Después de romper el matrimonio con su segunda esposa Sylianne, una separación traumática que apartó también a la madre de su hijo Fabrizio, el escritor había pasado los últimos años en Barcelona junto al hijo de su ex mujer, incluso después de la boda de Fabrizio con una joven mallorquina.

Hasta que un día del pasado otoño, Vilallonga se encontró en la calle y con poca salud. «La gente joven quiere vivir sola, los mayores somos una lata», contaba a modo de excusa para explicar su nueva y lamentable situación.

Y así se encontró con que la gente a la que había apartado de su vida, su hermana Tony y su ex mujer, se convertían en su mejor, en su única ayuda.

Por eso volvió a Mallorca, al pueblo de Andratx, a un pequeño apartamento donde le cuidaba una señora durante el día y donde le visitaban continuamente Silyanne y su marido, el pintor Jorge Bascones, su antiguo rival convertido ahora en secretario y al que le dictaba los últimos artículos que pudo escribir.

«Mira yo, aunque ahora estoy cansado de vivir, no me puedo quejar. He tenido una vida maravillosa, he conocido a la gente más importante del mundo y he tenido una mujer number one que no cambiaría por nadie. Fue mi mujer, ahora ya no lo es, pero como si lo fuera... ¿Qué más puedo pedir?», decía José Luis tomando la mano de Sylianne que le escuchaba en silencio, sentada en el pequeño salón del apartamento una tarde de finales de este invierno.

El cariño y la generosidad de Sylianne y su marido habían vencido al rencor. Vilallonga había sido durísimo con su propia hermana, con su ex mujer y con su nueva pareja. Había encajado la ruptura con resentimiento, les había dedicado artículos feroces y hasta los capítulos más duros de sus memorias.

Y sin embargo, al final de su vida, ellos eran su mejor y único apoyo. Gracias a Silyanne, Fabrizio había vuelto a reencontrarse con el hombre que le dedicó su vida, que le dio una buena educación y el cariño que no tuvo de su verdadero padre, Michel Pastor, un multimillonario afincado en Mónaco y dedicado a los negocios inmobiliarios.

Silyanne cambió un día aquella vida confortable y monótona junto al rico monegasco por la bohemia de lujo que le ofrecía el play más atractivo de su tiempo, el aristócrata español, Grande de España, atractivo, elegante y relacionado con la gente más interesante del mundo.

Aquella tarde de invierno, cuando ya oscurecía en Andratx, Villalonga se animaba, desvelando anécdotas, confidencias y recuerdos de su vida. Quería desmentir su leyenda de seductor. «Oye, que a mí nunca me han gustado las mujeres ricas y he conocido bastantes. Es que dan miedo, porque tienen una relación con el dinero que no tenemos los hombres. A nosotros, nos gusta claro, porque nos facilita las cosas. A ellas les da poder. Una mujer con dinero lo puede todo. Yo me casé varias veces porque no había encontrado a Sylianne. Si ella hubiera sido la primera... no habría habido ninguna otra. Ahora no me puedo casar con ella porque está con otro. Y además es demasido amiga mía para hacerle esa faena...»

Ayer, José Luis de Vilallonga ha muerto abrazado a la mujer de su vida. Nunca es tarde.

Será incinerado en Marratxí, luego llevarán sus cenizas a Barcelona. En Cataluña, la familia Vilallonga tenía títulos y posesiones. Él se sentía español, madrileño y con el corazón muy mallorquín.

 
   
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