MARIA EUENIA YAGÜE
PALMA.- La
tarde del miércoles, José Luis de
Vilallonga se encontraba bien y hacía
planes para el día siguiente. Quería ir a
almorzar al restaurante Vent de Tramuntana
en las afueras de Andratx, donde ya estuvo
este verano con Sylianne, su segunda esposa
y con Jorge Bascones, el actual marido de
ella. También esperaba la visita de sus
nietos, los hijos de Fabrizio Pastor, que
son en realidad nietos de su ex mujer
aunque los quería como suyos.
Pero
ayer jueves empezó a encontrarse mal y él
mismo pensó que se moría. Se había dado
cuenta hace tiempo que la muerte estaba
cerca, pero en los últimos meses estaba más
contento de vivir. Había recuperado el
trato con su hijo Fabrizio, había vuelto a
ver a los niños y se alegró con las visitas
de algunos amigos este verano .
Al
llegar, el médico dijo que le veía mal. A
lo largo de la tarde del jueves se fue
apagando, tranquilamente. Cuando dejó de
vivir poco después de las cinco de la
tarde, su mano estaba cogida a la de
Sylianne. Tenía 87 años y un cáncer antiguo
le había aprisionado la garganta. «Sólo
puedo comer un yogur y de mala manera»,
contaba este pasado invierno, instalado ya
en el pequeño apartamento de Andratx que le
había alquilado su única hermana Tony, muy
cerca de la casa que Vilallonga compartió
durante años con Sylianne.
«Es que
son muchos años y estás como agotado,
¿sabes?. Todo dura demasiado, demasiado.
Creo que para vivir así, es mejor no estar
...», decía con una sonrisa cansada,
vencido por el deterioro y la
melancolía.
El escritor apareció en
el salón vestido con unos pantalones grises
de franela de cuando pesaba unos cuantos
kilos más, un jersey de cashmere
azul y foulard de seda al cuello. La
enfermedad y la vejez no habían conseguido
borrar del todo al hombre elegante de los
mejores tiempos. Se sentó en el sofá con un
cojín en la espalda, haciendo esfuerzos por
permanecer erguido. «Me duele bastante, por
eso casi no puedo andar».
José Luis
de Vilallonga había vuelto a Mallorca pocos
meses antes. Después de romper el
matrimonio con su segunda esposa Sylianne,
una separación traumática que apartó
también a la madre de su hijo Fabrizio, el
escritor había pasado los últimos años en
Barcelona junto al hijo de su ex mujer,
incluso después de la boda de Fabrizio con
una joven mallorquina.
Hasta que un
día del pasado otoño, Vilallonga se
encontró en la calle y con poca salud. «La
gente joven quiere vivir sola, los mayores
somos una lata», contaba a modo de excusa
para explicar su nueva y lamentable
situación.
Y así se encontró con que
la gente a la que había apartado de su
vida, su hermana Tony y su ex mujer, se
convertían en su mejor, en su única
ayuda.
Por eso volvió a Mallorca, al
pueblo de Andratx, a un pequeño apartamento
donde le cuidaba una señora durante el día
y donde le visitaban continuamente Silyanne
y su marido, el pintor Jorge Bascones, su
antiguo rival convertido ahora en
secretario y al que le dictaba los últimos
artículos que pudo escribir.
«Mira
yo, aunque ahora estoy cansado de vivir, no
me puedo quejar. He tenido una vida
maravillosa, he conocido a la gente más
importante del mundo y he tenido una mujer
number one que no cambiaría por
nadie. Fue mi mujer, ahora ya no lo es,
pero como si lo fuera... ¿Qué más puedo
pedir?», decía José Luis tomando la mano de
Sylianne que le escuchaba en silencio,
sentada en el pequeño salón del apartamento
una tarde de finales de este
invierno.
El cariño y la generosidad
de Sylianne y su marido habían vencido al
rencor. Vilallonga había sido durísimo con
su propia hermana, con su ex mujer y con su
nueva pareja. Había encajado la ruptura con
resentimiento, les había dedicado artículos
feroces y hasta los capítulos más duros de
sus memorias.
Y sin embargo, al final
de su vida, ellos eran su mejor y único
apoyo. Gracias a Silyanne, Fabrizio había
vuelto a reencontrarse con el hombre que le
dedicó su vida, que le dio una buena
educación y el cariño que no tuvo de su
verdadero padre, Michel Pastor, un
multimillonario afincado en Mónaco y
dedicado a los negocios
inmobiliarios.
Silyanne cambió un día
aquella vida confortable y monótona junto
al rico monegasco por la bohemia de lujo
que le ofrecía el play más atractivo de su
tiempo, el aristócrata español, Grande de
España, atractivo, elegante y relacionado
con la gente más interesante del
mundo.
Aquella tarde de invierno,
cuando ya oscurecía en Andratx, Villalonga
se animaba, desvelando anécdotas,
confidencias y recuerdos de su vida. Quería
desmentir su leyenda de seductor. «Oye, que
a mí nunca me han gustado las mujeres ricas
y he conocido bastantes. Es que dan miedo,
porque tienen una relación con el dinero
que no tenemos los hombres. A nosotros, nos
gusta claro, porque nos facilita las cosas.
A ellas les da poder. Una mujer con dinero
lo puede todo. Yo me casé varias veces
porque no había encontrado a Sylianne. Si
ella hubiera sido la primera... no habría
habido ninguna otra. Ahora no me puedo
casar con ella porque está con otro. Y
además es demasido amiga mía para hacerle
esa faena...»
Ayer, José Luis de
Vilallonga ha muerto abrazado a la mujer de
su vida. Nunca es tarde.
Será
incinerado en Marratxí, luego llevarán sus
cenizas a Barcelona. En Cataluña, la
familia Vilallonga tenía títulos y
posesiones. Él se sentía español, madrileño
y con el corazón muy mallorquín.