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  Viernes, 24 de agosto de 2007 Actualizado a las 00:37
 

MARÍA PÉREZ / Diseñadora de disfraces 'manga'
La camaleónica 'muñeca' que encarna a heroínas japonesas

María, a sus 24 años, sigue manteniendo su termómetro manga al rojo vivo.


YAGO GONZÁLEZ

¿Qué niño no tiraba su mochila por los aires al llegar del cole para enchufarse a los eternos penaltis de Oliver y Benji? ¿Cuántos no imitaban hasta la saciedad a Son Goku, el héroe de Bola de Dragón? ¿Qué presupuesto familiar no se vio resentido por la fiebre que desataron los chillones Pokémon? Los dibujos animados made in Japan han atravesado las pupilas de generaciones de críos -y no tan críos- de todo el mundo. Pero la temperatura de la fiebre va bajando con el paso de los años. María Pérez, a sus 24, sigue manteniendo su termómetro manga al rojo vivo.

Tanto que no le da vergüenza salir a la calle vestida como sus heroínas del anime (animación japonesa) con los disfraces que ella misma ha confeccionado. El paseo puede incluir una parada en un idílico rincón, donde Mei Totoro (pseudónimo de la palmesana) se somete a una sesión fotográfica pergeñada por algún amigo. Éstos son, grosso modo, los rasgos más identificables del cosplay -del inglés costume (traje) y play (jugar)-, una práctica surgida en el Japón de los años 70 que consiste en disfrazarse e interpretar a un personaje de un cómic, libro, película o videojuego.

«Hay que elegir a una figura concreta. Por ejemplo, si te disfrazas del típico pirata, con un parche y una pata de palo, no haces cosplay. Pero si interpretas a Jack Sparrow (protagonista de Piratas del Caribe), y adoptas sus gestos y su forma de caminar y hablar, entonces sí. Es casi como hacer una obra de teatro».

La primera piel en la que se metió María tenía el velludo tacto de Totoro, una especie de oso gigante de color gris que aparecía en el film anime de 1988 Mi vecino Totoro. Era el año 2002 y el bautismo carnavalero de la chica. Un debut exitoso, ya que se hizo un año más tarde con el sexto puesto en el concurso de cosplay del IX Salón del Manga de Barcelona.

«En esa época descubrí el tema de los disfraces y lo que empezó como un simple hobby pasó a convertirse con los años en un estilo de vida», cuenta María, cuyos books pueden contemplarse en su sitio web www.meicosplays.com.

La anime girl, como muchos otros niños, creció viendo las series de televisión mencionadas. A los 13 años se dejó embrujar por los coloridos reclamos del universo manga y consumía todos los cómics y películas del género que caían en sus manos. También tenía muñecas, pero no las Barbies o Nancys de perrito y descapotable. «Aún sigo coleccionando las Superdollfies, que no son muñecas para jugar, sino de coleccionista».

Hoy en día, la nipollorquina guarda en su armario más de cuarenta vestidos calcados de personajes como Sailor Moon, la princesa Sakura o Yukari. ¿Su favorito? Utena, la protagonista de Utena, la chica revolucionaria, que cuenta la historia de una joven que desea convertirse en un príncipe. «Me gusta porque es muy decidida».

Decisión y constancia son algo que no pueden faltarle a alguien que compra trozos de buena tela, elabora un vestidos y pelucas a escrupulosa imagen y semejanza de un dibujo, selecciona las lentillas según el color de ojos de sus modelos y, ni corta ni perezosa, añade con su indumentaria un punto oriental a la marabunta urbana de Palma. Algo a lo que ayuda la experiencia de María como fotógrafa y aprendiz de modista. «Dentro de poco voy a estudiar Corte y Confección en Almería. Aunque sé que el cosplay no da dinero para vivir, me gustaría dedicarme a la moda y la estética».

Puede que esta afición por las indumentarias manga no engorde la cuenta corriente, pero sí sirve para conseguir galardones en las ferias de esta temática que se celebran en el país. «El año pasado ganamos el primer premio del Salón del Cómic de Barcelona representando un pasaje de la historieta Naruto».

Sobre el escenario, quince actores y sólo dos disfraces. «Mi entonces novio interpretaba al ninja Naruto, que en su interior alberga a un poderoso espíritu». Tras decir unas frases -¡en auténtico japonés!-, él simulaba concentrar toda su energía, tras lo cual hacía presencia el protagonista de la escena: un enorme zorro de siete colas maniobrado por los catorce intérpretes restantes. «Más que el premio, la satisfacción es hacer el disfraz y que la gente sepa valorarlo. Aquél nos llevó tres meses prepararlo». ¿Y esa antelación? «Es necesaria si quieres hacer un buen trabajo. Yo llevo un mes preparando un disfraz para un encuentro de cosplay que tendrá lugar en Sevilla en noviembre». Muy profesional.

Almería, Barcelona o Sevilla son viajes de serie B si se comparan con el más ansiado proyecto de María: conocer Japón, «la meca de cualquier otaku». El palabro puede traducirse como aficionado, aunque en el país del Sol Naciente tiene un sentido peyorativo. «Allí es el equivalente a freak. Pero yo no lo soy. Lo que hago es un arte».

 
   
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