YAGO GONZÁLEZ
¿Qué niño no tiraba
su mochila por los aires al llegar del
cole para enchufarse a los
eternos penaltis de Oliver y Benji?
¿Cuántos no imitaban hasta la saciedad a
Son Goku, el héroe de Bola de
Dragón? ¿Qué presupuesto familiar no se
vio resentido por la fiebre que desataron
los chillones Pokémon? Los dibujos
animados made in Japan han
atravesado las pupilas de generaciones de
críos -y no tan críos- de todo el mundo.
Pero la temperatura de la fiebre va
bajando con el paso de los años. María
Pérez, a sus 24, sigue manteniendo su
termómetro manga al rojo
vivo.
Tanto que no le da vergüenza
salir a la calle vestida como sus heroínas
del anime (animación japonesa) con
los disfraces que ella misma ha
confeccionado. El paseo puede incluir una
parada en un idílico rincón, donde Mei
Totoro (pseudónimo de la palmesana) se
somete a una sesión fotográfica pergeñada
por algún amigo. Éstos son, grosso
modo, los rasgos más identificables del
cosplay -del inglés costume
(traje) y play (jugar)-, una
práctica surgida en el Japón de los años 70
que consiste en disfrazarse e interpretar a
un personaje de un cómic, libro, película o
videojuego.
«Hay que elegir a una
figura concreta. Por ejemplo, si te
disfrazas del típico pirata, con un parche
y una pata de palo, no haces
cosplay. Pero si interpretas a Jack
Sparrow (protagonista de Piratas del
Caribe), y adoptas sus gestos y su
forma de caminar y hablar, entonces sí. Es
casi como hacer una obra de teatro».
La primera piel en la que se metió
María tenía el velludo tacto de Totoro, una
especie de oso gigante de color gris que
aparecía en el film anime de 1988
Mi vecino Totoro. Era el año 2002 y
el bautismo carnavalero de la chica.
Un debut exitoso, ya que se hizo un año más
tarde con el sexto puesto en el concurso de
cosplay del IX Salón del Manga de
Barcelona.
«En esa época descubrí el
tema de los disfraces y lo que empezó como
un simple hobby pasó a convertirse
con los años en un estilo de vida», cuenta
María, cuyos books pueden
contemplarse en su sitio web
www.meicosplays.com.
La
anime girl, como muchos otros niños,
creció viendo las series de televisión
mencionadas. A los 13 años se dejó embrujar
por los coloridos reclamos del universo
manga y consumía todos los cómics y
películas del género que caían en sus
manos. También tenía muñecas, pero no las
Barbies o Nancys de perrito y
descapotable. «Aún sigo coleccionando las
Superdollfies, que no son muñecas
para jugar, sino de coleccionista».
Hoy en día, la nipollorquina
guarda en su armario más de cuarenta
vestidos calcados de personajes como Sailor
Moon, la princesa Sakura o Yukari. ¿Su
favorito? Utena, la protagonista de
Utena, la chica revolucionaria, que
cuenta la historia de una joven que desea
convertirse en un príncipe. «Me gusta
porque es muy decidida».
Decisión y
constancia son algo que no pueden faltarle
a alguien que compra trozos de buena tela,
elabora un vestidos y pelucas a escrupulosa
imagen y semejanza de un dibujo, selecciona
las lentillas según el color de ojos de sus
modelos y, ni corta ni perezosa,
añade con su indumentaria un punto oriental
a la marabunta urbana de Palma. Algo a lo
que ayuda la experiencia de María como
fotógrafa y aprendiz de modista. «Dentro de
poco voy a estudiar Corte y Confección en
Almería. Aunque sé que el cosplay no
da dinero para vivir, me gustaría dedicarme
a la moda y la estética».
Puede que
esta afición por las indumentarias manga
no engorde la cuenta corriente, pero sí
sirve para conseguir galardones en las
ferias de esta temática que se celebran en
el país. «El año pasado ganamos el primer
premio del Salón del Cómic de Barcelona
representando un pasaje de la historieta
Naruto».
Sobre el escenario,
quince actores y sólo dos disfraces. «Mi
entonces novio interpretaba al ninja
Naruto, que en su interior alberga a un
poderoso espíritu». Tras decir unas frases
-¡en auténtico japonés!-, él simulaba
concentrar toda su energía, tras lo cual
hacía presencia el protagonista de la
escena: un enorme zorro de siete colas
maniobrado por los catorce intérpretes
restantes. «Más que el premio, la
satisfacción es hacer el disfraz y que la
gente sepa valorarlo. Aquél nos llevó tres
meses prepararlo». ¿Y esa antelación? «Es
necesaria si quieres hacer un buen trabajo.
Yo llevo un mes preparando un disfraz para
un encuentro de cosplay que tendrá
lugar en Sevilla en noviembre». Muy
profesional.
Almería, Barcelona o
Sevilla son viajes de serie B si se
comparan con el más ansiado proyecto de
María: conocer Japón, «la meca de cualquier
otaku». El palabro puede traducirse
como aficionado, aunque en el país
del Sol Naciente tiene un sentido
peyorativo. «Allí es el equivalente a
freak. Pero yo no lo soy. Lo que
hago es un arte».