A mí los cretinos que se han cargado en
Mallorca los premios Camilo José
Cela en lengua española me recuerdan a
los talibanes que apedrearon los colosales
Budas en Afganistán. Cela no necesita
defensa alguna -aunque seguro que gustó de
la pasada columna de un fumador de habanos
como David Torres-, porque está por
encima de estas paletas
mezquindades.
El, que tanto
contribuyó a dar un nombre internacional en
el mundo de la cultura a la isla, hoy que
está criando malvas en Iria Flavia, es
atacado por la jauría nacionalista. Es
igual; dejemos que los perros ladren,
nosotros cabalgaremos.
Sus años
pasados en su casa de la Bonanova, los
veranos en Formentor donde promovía cultura
y libertad desde el Club de los Poetas, la
revista Papeles de Son Armadans…; su
ternura y fortaleza, su claridad mental y
la gozada de atreverse siempre a llamar a
las cosas por su nombre…, ha dejado una
ausencia sin relevo en el mundo cultural
español. Pero los cretinos continúan
odiándole.
Tiene razón Román
Piña cuando habla de los malos bichos
tontos. Están por todas partes,
especialmente entre aquellos que se dedican
a la cosa pública. Incluso hubo una, puesta
a dedo por esa gilipollez de la paridad
sexual en los ministerios, que rebuznaba
que la última joya de Gabriel García
Márquez, Memorias de mis putas
tristes, debiera estar prohibida por
incitar a la pederastia.
Estos
nuevos malos bichos tontos, cursis,
abstemios, paletos, puritanos, aburridos y
bolas tristes quieren nivelarlo todo por lo
bajo con la excusa de ingresar en la tribu
de Pérez-Carod I de los Países
Catalanes. Nada hay más peligroso ni
repelente que el fanatismo del converso,
pero nuestra historia está repleta de
ellos.
Pretenden borrar el nombre en
Mallorca de uno de los grandes escritores
que mejor la han amado, expulsar de IB3 a
uno de los mejores deportistas de Baleares
porque no habla bien el catalán, renegar
del mallorquín en que escribía el poeta
Joan Alcover porque las esquerras no
pueden entenderlo y atenta contra la
histórica paja mental que enseñan en sus
ikastolas…
Son los nuevos talibanes,
las moscas cojoneras con o sin turbante que
pretenden dictarnos su nuevo mundo de
pacotilla bajo el estigma de lo
políticamente correcto.
Decía Cela
que el individualismo mallorquín es
insolidario y, en cierto sentido, gloriosa
y orgullosamente anarcoide. Ramón
Llull, fray Junípero Serra -y si
me apuran un poco también el hondero
Rafa Nadal- son claros
arquetipos de la pujanza del individuo
mallorquín. Pero ahora nos invaden las
mafias de malos bichos tontos. Y si un
diario independiente no comulga sus
barbaridades, pues no le dan publicidad; si
un intelectual se atreve a pensar de forma
diferente, le silencian; si un deportista
se atreve a sentirse mallorquín y español,
rezan para que se rompan sus
piernas.
Qué daño que hacen los
imbéciles.