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  Miércoles, 8 de agosto de 2007 Actualizado a las 00:49
 

LAURA PÉREZ/ Boxeadora y oro español de peso mosca femenino en 2006
La púgil que sale al 'ring' con música 'pachanga'


YAGO GONZÁLEZ

«No es que sea boxeadora en mis ratos libres. Lo soy todo el tiempo, aunque me gane el sueldo aquí», dice Laura tras su mesa, como aguantándose las ganas de zurrarle al ordenador. Es normal. El cuadrilátero de la oficina de Banesto donde trabaja se le queda pequeño. Además, noquear a los clientes no es entrenamiento ético ni buena política de empresa. Eso sí, que los futuros solitarios se lo piensen con esta sucursal. Porque, más que dar el golpe, recibirán varios.

A la palmesana Laura Pérez Milán, Sugar o Polvorilla para encajadores de ganchos y miembro del Equipo Nacional de Boxeo Femenino, le van más los botes en la lona que las transferencias bancarias. Hasta la fecha, sus guantes han robado 16 triunfos entre las cuerdas: once nacionales y cinco en otros países. Por encima de todos brilla la medalla de oro de España de peso pluma que arrinconó en 2006. Aunque sólo ha sido derrotada una vez en nuestro país, no descansó hasta convocar la revancha y vencer a su oponente. «Tengo muy mal perder y soy competitiva y cabezona hasta la médula», admite.

Se considera «deportista de nacimiento» aunque cuando éste tuvo lugar en 1982 no le dejó el ojo morado a la comadrona. Aún era pronto: su afición a los puños llegaría a los 16 años, cuando se quedaba horas embobada mirando las clases de kickboxing del centro donde hacía gimnasia de mantenimiento.

Hasta entonces había formado parte del equipo de atletismo Colonia Pollença en calidad de semifondista. «Siempre he necesitado el deporte. De niña era muy nerviosa y me relajaba», cuenta la Million Dollar Baby mallorquina.

Por esa razón las pasó tan canutas cuando un accidente de moto le causó una lesión en la rodilla que la apartó de las pistas durante dos años. La Providencia quiso que, gracias a las sesiones del gimnasio donde se recuperaba, Laura descubriese el kick.

Tras varias semanas, el técnico Gabi García se fijó en aquella niña con una inusual curiosidad por los puñetazos y las patadas. «Me dijo que tenía madera, aunque iba a entrar en un mundo muy machista», recuerda. Y así era. Laura habría de librar su primer combate contra los prejuicios de una comunidad con escaso sudor femenino. De hecho, ella era la primera mujer que integraba el escuadrón de Gabi. «Los chicos de las clases creían que no iba a durar más de dos meses».

Craso error. Pasó un par de años y la fémina seguía ahí, recogiendo su cabello rubio para repartir trompazos con más soltura. Al cabo de pocos meses debutó en una velada celebrada en El Arenal, donde se enfrentó a una chica francesa. «En aquellos años yo era de las pocas luchadoras que había en España. De todas formas, sólo entrenaba tres veces por semana. Lo consideraba un hobby».

Lo que en un principio era un hobby pasó a ser más heavy cuando en otro combate conoció a quien habría de convertirse durante unos años en su compañero de algo más que la lona: el campeón de boxeo apodado El Niño cuyo nombre auténtico Laura no quiere desvelar. Él la introdujo en el deporte de Cassius Clay y Poli Díaz.

A los tres meses de empezar a entrenar, la admiradora de Óscar de la Hoya y de las películas de Rocky ya andaba repartiendo leña en los torneos. Cosa, por cierto, que nunca ha hecho fuera de ellos. «No soy violenta, pero no niego que alguna vez me haya tentado usar mis técnicas en la calle. De adolescente era más macarrilla, ahora una ya ha sentado la cabeza». Por si acaso, aficionados a los piropos gruesos, absténgasne.

Laura nunca pasará a la Historia como La Marimacho: «Me gusta preservar mi feminidad. Uso ropa rosa y amarilla y salgo al ring con canciones de Bisbal o con la de Antes muerta que sencilla». ¿Perdón? «Sí, es cierto. Los boxeadores usan el heavy metal o el rap para parecer más rudos, pero en estos círculos yo quiero ser una niña. Soy un caso especial: nunca he tenido un grupo de amigas. Estoy siempre rodeado de hombretones». La testosterona del ambiente, sin embargo, no merma los nervios previos al combate. «Muchas veces me entran lloreras, pero se pasan cuando El Canijo, mi entrenador, me dice: 'Sube y disfruta, que este es tu momento de gloria'». Ding, ding, ding. La niña desaparece. Llega Polvorilla.

 
   
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