YAGO GONZÁLEZ
«No es que sea
boxeadora en mis ratos libres. Lo soy todo
el tiempo, aunque me gane el sueldo aquí»,
dice Laura tras su mesa, como aguantándose
las ganas de zurrarle al ordenador. Es
normal. El cuadrilátero de la
oficina de Banesto donde trabaja se le
queda pequeño. Además, noquear a los
clientes no es entrenamiento ético ni buena
política de empresa. Eso sí, que los
futuros solitarios se lo piensen con
esta sucursal. Porque, más que dar el
golpe, recibirán varios.
A la
palmesana Laura Pérez Milán, Sugar o
Polvorilla para encajadores de
ganchos y miembro del Equipo Nacional de
Boxeo Femenino, le van más los botes en la
lona que las transferencias bancarias.
Hasta la fecha, sus guantes han robado
16 triunfos entre las cuerdas: once
nacionales y cinco en otros países. Por
encima de todos brilla la medalla de oro de
España de peso pluma que arrinconó
en 2006. Aunque sólo ha sido derrotada
una vez en nuestro país, no descansó hasta
convocar la revancha y vencer a su
oponente. «Tengo muy mal perder y soy
competitiva y cabezona hasta la médula»,
admite.
Se considera
«deportista de nacimiento» aunque cuando
éste tuvo lugar en 1982 no le dejó el ojo
morado a la comadrona. Aún era pronto: su
afición a los puños llegaría a los 16 años,
cuando se quedaba horas embobada mirando
las clases de kickboxing del centro
donde hacía gimnasia de
mantenimiento.
Hasta entonces había
formado parte del equipo de atletismo
Colonia Pollença en calidad de
semifondista. «Siempre he necesitado el
deporte. De niña era muy nerviosa y me
relajaba», cuenta la Million Dollar Baby
mallorquina.
Por esa razón las
pasó tan canutas cuando un accidente de
moto le causó una lesión en la rodilla que
la apartó de las pistas durante dos años.
La Providencia quiso que, gracias a las
sesiones del gimnasio donde se recuperaba,
Laura descubriese el
kick.
Tras varias semanas, el
técnico Gabi García se fijó en aquella niña
con una inusual curiosidad por los
puñetazos y las patadas. «Me dijo que tenía
madera, aunque iba a entrar en un mundo muy
machista», recuerda. Y así era. Laura
habría de librar su primer combate contra
los prejuicios de una comunidad con escaso
sudor femenino. De hecho, ella era la
primera mujer que integraba el
escuadrón de Gabi. «Los chicos de
las clases creían que no iba a durar más de
dos meses».
Craso error. Pasó un par
de años y la fémina seguía ahí, recogiendo
su cabello rubio para repartir trompazos
con más soltura. Al cabo de pocos meses
debutó en una velada celebrada en El
Arenal, donde se enfrentó a una chica
francesa. «En aquellos años yo era de las
pocas luchadoras que había en España. De
todas formas, sólo entrenaba tres veces por
semana. Lo consideraba un
hobby».
Lo que en un principio
era un hobby pasó a ser más
heavy cuando en otro combate conoció
a quien habría de convertirse durante unos
años en su compañero de algo más que la
lona: el campeón de boxeo apodado El
Niño cuyo nombre auténtico Laura no
quiere desvelar. Él la introdujo en el
deporte de Cassius Clay y Poli Díaz.
A los tres meses de empezar a
entrenar, la admiradora de Óscar de la Hoya
y de las películas de Rocky ya
andaba repartiendo leña en los
torneos. Cosa, por cierto, que nunca ha
hecho fuera de ellos. «No soy violenta,
pero no niego que alguna vez me haya
tentado usar mis técnicas en la calle. De
adolescente era más macarrilla,
ahora una ya ha sentado la cabeza». Por si
acaso, aficionados a los piropos gruesos,
absténgasne.
Laura nunca pasará a la
Historia como La Marimacho: «Me
gusta preservar mi feminidad. Uso ropa rosa
y amarilla y salgo al ring con
canciones de Bisbal o con la de Antes
muerta que sencilla». ¿Perdón? «Sí, es
cierto. Los boxeadores usan el heavy
metal o el rap para parecer más
rudos, pero en estos círculos yo quiero ser
una niña. Soy un caso especial: nunca he
tenido un grupo de amigas. Estoy siempre
rodeado de hombretones». La testosterona
del ambiente, sin embargo, no merma los
nervios previos al combate. «Muchas veces
me entran lloreras, pero se pasan cuando
El Canijo, mi entrenador, me dice:
'Sube y disfruta, que este es tu momento de
gloria'». Ding, ding, ding. La niña
desaparece. Llega Polvorilla.