Calles acordonadas, aceras plagadas de
gente, policía por todas partes. ¿Un
terremoto? Mucho peor, es el día David
Bisbal. Si no le convenció con Ave
María, y tampoco terminó de gustarle
por Bulería, ahora no tendrá
escapatoria. La ciudad entera grita su
nombre.
LAURA JURADO
Seis y
media de la tarde. Un grupo de chicas
camina hacia la Plaza de Toros de Palma. Si
fuera un día cualquiera de una semana
cualquiera, no serían más que eso. Sin
embargo, comienzan a contarse «Una,
dos, tres…». Planean que cada una de
ellas se escriba en la camiseta una de las
letras que conforman el apellido de su
ídolo. A lo cheerleaders.
Al
llegar a la entrada principal del Coliseo,
todo resulta más comprensible. Dos filas
interminables de bisbaleras ocupan
toda la acera. Las hay de todos los
géneros, aunque predominan las teenagers
y alguna que otra Juani escotada.
Llegan con sus bártulos y se
instalan, aquello tiene más pinta de
camping de verano que de cola de concierto:
neveritas, colchonetas por el suelo e
incluso sillas al más puro estilo
dominguero. Todo vale con tal de ser los
primeros en cruzar las verjas, entrada y
brazo en alto, cuando llegue la hora de
apertura de puertas. Hay quien lleva
haciendo cola desde el lunes por la tarde.
¿Es necesario? Es obligatorio. Sólo unos
pocos serán los elegidos que podrán
situarse a los pies de su estrella en
primera fila y ser el blanco de algún que
otro guiño. Hay algún escote que parece
pedirlo a gritos.
Por lo que parece,
este año ya no se llevan las camisetas ni
los pósters, ahora la moda es el tatuaje -a
base de rotulador permanente- con frases
del estilo «I love David», su nombre
y apellido repetido hasta la saciedad y la
más heavy de todas: «Llegaste y mi
mundo cambió».
Apertura de las
puertas y avalancha de fans para adentro.
La Plaza, hasta la bandera. Pasan diez
minutos de las diez y la gente necesita una
señal. La 'triunfito' Nuria Fergó (salida
de la misma horneada OT que Bisbal) se
asoma por uno de los palcos cual Eva Perón
en sus mejores tiempos. Un poco de por
favor y sindéresis, Nuria. Saluda al
público. La respuesta: una
ovación.
Faceta
rockera
Todas las miradas
dirigidas al escenario, adornado con cuatro
pantallas gigantes. 40 minutos de espera y
«el ex ricitos no sale», se impacienta un
seguidor. Apagón de luces, explosión y en
estampida por debajo del escenario emerge
un Bisbal que entra a degüello. Se presenta
con Calentando voy, provocando al
personal. En camisa negra, corbata roja y
con peto de camuflaje pretende adentrar al
público en su jungla, más eléctrica y
rockera de lo habitual. Y Bisbi no
saluda. Un acorde guitarrero más y se
lanza: «Un beso y un abrazo para cada uno
de los que está en la plaza», dispara el
almeriense. Ha decidido aparcar su habitual
«é increíble».
Movimientos viriles de
mano en paquete y en plan yo lo valgo
dan paso a Premonición. Oírla
fue enloquecer. Las bocas de
ortodoncia de las niñas tarareaban las
letras de las baladas sin ir en detrimento
de la voz. La potencia y cadencia
bisbalera deslumbró en las lentas
como Tu ausencia. Y la gente se
lanzó al disloque de caderas. El
militarizado cantante lanzó bengalas
y fuegos para acorralar al público
con el estribillo de Oye el boom.
Con Lloraré las penas y Ave
María demostró su poder para convertir
en super éxito todo lo que toca. Es su
designio, una Premonición: «Tengo lo
que siempre había soñado».