Según recientes descubrimientos, la
capacidad intelectual es superior en los
hermanos mayores y va disminuyendo en los
menores. En una familia de cinco, el
primogénito tiene un coeficiente
intelectual superior al tercer hijo, y el
tercer hijo lo tiene superior al quinto.
Visto el dato, podemos deducir que
Antoni Martorell es el menor de cien
hermanos. No es que sea un sectario y un
cacique, es que su coco no da para más.
Mala noticia, porque es mucho más peligroso
un mal bicho tonto que un mal bicho
listo.
«Un paleto», ha dicho
Javier Alarcón. El director general
de IB3 a punto ha estado de despedir a
Miquel Àngel Nadal porque habla un
mallorquín que no le gusta. Y en lugar de
ponerle una excusa del tipo «es que usted
es la voz del Antiguo Régimen», que es un
argumento irrefutable, tiene la poca cabeza
de decirle la verdad: que Nadal habla el
mallorquín que hablan miles de
mallorquines, gente que no se ha molestado
en ir al logopeda ni a un curso de
reciclaje para eliminar de su boca esos
matices excesivamente autóctonos, ese
acento que no acaban de entender los
examinadores de ERC. Unos tipos que tal vez
subtitularían a Antich en la tele,
porque el acento de Algaida es muy jodido.
Y es que a los promotores de los países
catalanes les deprime descubrir que la
lengua que une a un manacorí con un
ampurdanés es el castellano.
Deseamos
de todo corazón que Martorell no tenga
ningún hermano pequeño. Porque sería una
canallada que hubiera un ser humano en el
siguiente eslabón de la cadena de
inteligencia. Martorell ha hecho tanta caja
en los últimos años gracias a su madrina,
Barbie, que se le ha pegado su demencia.
Barbie creyó que presidir el Consell de
Mallorca era como ser una faraona con
derecho a hipotecar Mallorca por los siglos
de los siglos. Martorell, recién aterrizado
en la tele balear, también ha sufrido un
ataque de poder. Qué culpa tendrá de ser el
menor de cien hermanos y de mostrar tan
claramente sus cartas: confiesa sin vacilar
que en la tele manda él porque hay que
defender a UM de los ataques de un
periódico. Un paleto puede ser muchas
cosas, pero no es obligado que sea tonto
del bote.
El problema de este paleto
es que es director general de radio y
televisión, un cargo público en el que es
fundamental el consenso político. Nuestro
problema es que este paleto, dondequiera
que caiga, va a desempeñar su cargo con los
modos de un führer. No es justo que
los paletos de Mallorca, que pueden
presumir de ignorantes y de muchas cosas
buenas sin salirse de su zanja, de su
camión o de su andamio, sean asimilados con
un pedazo de paleto que peca de ambicioso y
ofrece como toda garantía de
profesionalidad su condición de
mallorquín.
Pero todo esto sólo era
un preámbulo para sugerirle a Martorell que
me contrate. Prometo que le saldré mucho
más barato que Mari Pau Janer.