Si por un momento obviáramos que la
política es una descarnada lucha para
obtener el poder a cualquier precio,
dejáramos de lado lo que he ido denominando
como la moral del éxito como único
criterio para interpretar los resultados
electorales y consideráramos en cambio las
preferencias de los ciudadanos al emitir su
voto, no hay duda de que la principal
novedad de las pasadas elecciones es la
confirmación del declive, un hundimiento
sin paliativos, del nacionalismo de
izquierdas y por extensión del nacionalismo
en general.
Los comicios de 1995
-tomo como referencia para el análisis los
comicios autonómicos que son en definitiva
sus elecciones y en los que obtienen
sus mejores resultados- son el zenit para
el nacionalismo en Mallorca. Los cuatro
partidos que hoy integran el Bloc (PSM, EU,
Els Verds, ERC) se presentan por separado y
logran en total el 23,5% del porcentaje de
voto y nada menos que 72.086 votos,
superando incluso al PSIB-PSOE. Uno de cada
cuatro mallorquines que fueron a votar
entonces eligieron alguna de estas cuatro
opciones.
En 1999 Esquerra Unida se
presenta en coalición con Els Verds y el
experimento no suma: EU-EV obtiene menos
votos que los comunistas (EU) en solitario
cuatro años antes. El PSM se mantiene a la
baja y ERC no deja de tener un papel
testimonial que nunca abandonará: apenas
logran superar el millar de votos
absolutos. En conjunto, en 1999 estos
cuatro partidos obtienen 58.018 votos, un
19,7%, es decir, uno de cada cinco
mallorquines que se acercaron a las
urnas.
En 2003 el PSM se derrumba y
pierde más de ocho mil votos mientras EU-EV
y ERC repuntan levemente. En total, los
cuatro partidos logran sólo 51.681 votos lo
que, unido a una mayor participación que en
1999, representa únicamente el 15% de los
votos.
El batacazo definitivo está
por llegar. Ante la monótona tendencia
declinante, en 2007 se crea el Bloc con la
intención de salvar los muebles. El Bloc se
presenta agrupando a las cuatro opciones
que en 1995 por separado habían logrado
72.086 votos. Esta vez apenas obtendrá la
mitad, 37.572 votos y un escaso 11,16%. Si
en 1995 un mallorquín de cada cuatro se
decantaba por el PSM, EU, EV ó ERC, doce
años después, uno de cada nueve opta por el
Bloc.
La serie de los porcentajes de
votos no deja lugar a dudas sobre la
tendencia declinante del nacionalismo de
izquierdas: 23,5% en 1995, 19,7% en 1999,
15% en 2003 y 11,2% en 2007. Estos
guarismos, siendo graves, son más graves
todavía en términos de apoyo electoral
entre toda la ciudadanía. En doce años el
nacionalismo de izquierdas no sólo ha
perdido la mitad de los votos absolutos,
sino que lo ha hecho habiendo aumentado
significativamente el censo, un 15,68% con
respecto al de 1995. El censo electoral en
Mallorca en 1995 era de 479.508 (votantes +
no votantes) y los 72.086 votantes de PSM,
EU, EV y ERC representaban el 15% del censo
electoral. Es decir, en 1995 tres de cada
veinte mallorquines con derecho a votar
apostaban por alguna opción enmarcada en el
nacionalismo de izquierdas. En 1999, el
censo ya era 516.360 votantes y los
votantes de PSM, EU-EV y ERC representaban
únicamente el 11,23% del censo electoral,
algo más de uno cada diez mallorquines. En
2003, los 51.681 de las cuatro fuerzas
representaban apenas el 9,46% respecto del
censo total (545.809 posibles votantes). En
2007, los 37.572 votantes del Bloc sólo
representan el 6,77% del total del censo
electoral (554.697). Poco más de un
mallorquín de cada veinte con derecho a
voto ha optado por el Bloc.
Si al
análisis sumamos a Unió Mallorquina que
progresivamente se ha ido
pesemizando también percibimos un
bajón significativo en la confianza de la
ciudadanía hacia el conjunto de opciones
nacionalistas. En 1995 los cuatro partidos
nacionalistas de izquierda reseñados más UM
representaban al 30,1% del electorado
mallorquín, nada menos que 92.052 votos. En
2007, este porcentaje se ha reducido al
19,53% y sólo 65.750 votos con un censo
mayor. Aun contando que el pasado 27 de
mayo una porción de desencantados ex
pesemeros optó por UM, la formación de
Munar no ha engordado, sino que
incluso ha disminuido 3.603 votos con
respecto a 2003, cuando obtuvo sus mejores
resultados.
El nacionalismo en
Mallorca ha entrado en barrena. Nunca fue
un movimiento del pueblo, ciertamente. Sin
embargo, los excelentes resultados
electorales de 1995 parecían haber cambiado
su destino. Fue un espejismo. Desde
entonces, elección tras elección, su apoyo
ciudadano declina sin parar con el
agravante de que el censo electoral no ha
dejado de aumentar. El nacionalismo pierde
votos cada día que pasa mientras la
población en Mallorca aumenta sin
cesar.
La tentativa del nacionalismo
mallorquín de convertirse en un movimiento
de masas ha fracasado estrepitosamente. Y
ello a pesar de que ninguna otra ideología
rival -la conservadora, la liberal, la
socialista- ha contado con los recursos y
los dineros con que ha contado el
nacionalismo para extenderse entre la
ciudadanía y persuadirla de sus bondades.
Hay que recordar un dato que a menudo se
olvida. Las tesis nacionalistas son las que
legitiman in nuce a nuestra
autonomía como tal: el consenso lingüístico
en torno al catalán y la
normalización lingüística, los derechos
históricos de nuestro pueblo, la
consideración de nacionalidad
histórica o la descentralización
competencial como principio de acción no
son sino invenciones del nacionalismo
asumidas por nuestras instituciones y
nuestro estatuto como principios fundantes
de nuestra razón de ser como autonomía. Sin
embargo, a pesar de la respetabilidad que
desde las altas esferas se ha otorgado a
este imaginario colectivo fraguado por el
nacionalismo, convirtiéndolo en la verdad
oficial que aparece en la exposición de
motivos del estatuto, asignando un
presupuesto público al cultivo y al fomento
de este imaginario, los mallorquines en su
inmensa mayoría lo siguen rechazando porque
sencillamente no se reconocen en él. Que
hoy ni siquiera la denominación de
catalán sea aceptada por la inmensa
mayoría de mallorquines pone de manifiesto
el fracaso rotundo de nuestra clase
política y de un movimiento, el
nacionalista, que más que suscitar
adhesiones en torno a una identidad que se
percibe como impostada, provoca un rechazo
mayoritario y cada vez mayor entre los
mallorquines, como expresan una y otra vez
las urnas.