Preparamos la estrategia con eficacia
napoleónica. Hablaría mi mujer y yo
aguardaría en retaguardia por si la cosa se
ponía fea. Enfrente, dos niños a los que
convencer de que el próximo curso no lo
iniciarían en Madrid, sino en Palma. En
fin, que los diez años de Guzmán y su
lógica aplastante se revolvieron en el
sillón. Fueron cinco minutos de gestos
desabridos y golpeos espasmódicos al balón
que lleva cosido al pie desde primera hora
de la mañana. Y he aquí que en ese mocoso
encontramos al Duque de Wellington de
nuestro Waterloo doméstico: «Vale papá, nos
vamos pero quiero un perro y hacer las
pruebas para entrar en el Mallorca».
Ejército en desbandada, rendición absoluta.
Años de preparación, talleres sobre cómo
ser padres hoy y llega un criajo y da toda
una lección de estrategia empresarial: cómo
lograr los objetivos previstos en el menor
tiempo posible.
Y a su lado el
pequeño de siete años, sin abrir la boca,
tranquilo jugando con sus muñecos, como si
la decisión de cambiar de colegio, de casa
y de ciudad no fuera con él. Hasta que el
pasota de Bosco decidió hacer una sola
pregunta: «Papá, y en Mallorca en qué
idioma hablan». Me quedé de piedra y hoy,
pasado apenas un mes desde que rendí mis
armas en tierras madrileñas ante una tropas
inferiores en número pero perfectamente
preparadas para la batalla, he decidido que
esta primera carta no vaya dirigida a
ustedes, receptores naturales, sino a los
políticos. Espero que puedan
disculparme.
Porque sepan que tenemos
una clase política de corto recorrido,
especialista en demoliciones y
cortoplacista. Porque si miraran más allá
de una legislatura, si pensaran en que la
lengua es un vehículo de convivencia y no
un arma arrojadiza, bien podrían contestar
ellos a Bosco que no se preocupara, que no
iba a tener problemas en los estudios y que
con sus amigos mallorquines el único
disgusto es que el nuevo siempre acaba
jugando de portero en el recreo.
¿Por
qué es así señores del Govern? Mis hijos y
los de muchos españoles llegados de la
Península no van a tener problemas ¿verdad?
Porque leo que Baleares, una de las
autonomías con mayor nivel de vida, es de
las primeras en fracaso escolar: el 38%. Y
me comentan que los hijos de
castellanoparlantes son los que engordan
esa estadística. Y entonces escucho a Biel
Barceló, flamante líder del PSM, hablar
durante el debate de investidura de que
este Pacte debe apostar por el interés
general de los ciudadanos por encima de los
intereses partidistas.
¿Cuál es
entonces el interés de esos ciudadanos de
apenas metro y medio de estatura? Pues que
de Inca a Mataró no se levanten fortines
idiomáticos, bastiones erigidos en nombre
de la normalización lingüística. Sepan que
la normalidad no gasta coche oficial, no
pisa moquetas señoriales ni ocupa escaño.
La normalidad viaja en taxi o en autobús,
busca entenderse y hasta comprenderse, y no
tuerce el gesto ante el foraster.
Porque la cultura es fruto del
enriquecimiento mutuo y lo que sirve en la
pintura o la música no puede ser denostado
ni arrumbado en la lengua. En definitiva,
el idioma debe sumar y no restar.
A
lo que parece, hasta estas hermosas costas
llegan mercancías muy peligrosas. Importar
desde la otra orilla productos en tan mal
estado como el de la supuesta persecución
del catalán puede producir réditos
políticos a corto plazo -ahí están los
chicos de ERC para corroborarlo- pero las
consecuencias a la larga son desastrosas
para la sociedad.
Decía Ambrose
Bierce que «la guerra es un método de
desatar con los dientes un nudo político
que no se puede deshacer con la lengua».
Maestro de la ironía, célebre por sus
cuentos de terror, al escritor
estadounidense le faltó añadir que a la
guerra también se puede llegar por el
idioma. No se trata de aventar demonios y
jugar al tremendismo, pero sí que es
destacable ver cómo sociedades que lograron
el carné de demócratas antes que la
nuestra, decanas en la lucha por las
libertades, no tocan su patrimonio común,
no provocan guerras por la bandera ni
eliminan premios en castellano con la
peregrina excusa de proteger el
catalán.
Apliquemos la lógica del
pueblo, ¿conoce usted algún nobel de
literatura sueco? Pues el último, si Google
no me traiciona fue hace la eternidad de 46
años y tal honor cayó en el célebre
Pär Fabien Lagerkvist, tan conocido en todo
el mundo como nuestro Cela. A don Camilo,
gallego él, lo han devuelto a su paraíso de
la Alcarria porque hizo grande la cultura
española en la muy lejana y fría Estocolmo.
Memorable sería escuchar ahora al genio de
Padrón. A buen seguro que hubiera
incorporado a muchos de nuestros políticos
autóctonos como personajes de su
descacharrante colmena. Qué juego no le
darían la visonada Munar y su fiel vocero
Martorell, empeñados en reinar de manera
absolutista en una televisión pública.
Y extrañados cuando no perplejos
deben andar los otros vecinos de Mallorca,
los que hablan en inglés o en alemán y poco
o nada saben ni quieren saber de las cuitas
lingüísticas de los aborígenes. Ellos han
venido atraídos por el sol, la paz, la
tranquilidad y la belleza de unas islas
privilegiadas en las que algunos quieren
inocular el virus del separatismo por la
vía de la palabra.
Nada me haría más
ilusión que Guzmán y Bosco aprendieran
mallorquín. Seguro que lo harán, pero por
favor, no les cuenten historias de miedo ni
politicen un lugar sagrado, las aulas. Si
lo hacen, serán responsables ante la
historia de haber dañado irreparablemente
el futuro de los que vengan detrás.
Pongamos freno al filibusterismo
idiomático, que los sinónimos no muden en
antónimos, que el Progrés haga honor a la
definición que le da el DRAE: «Avance,
adelanto, perfeccionamiento».
Ahora
que estamos solos, entre nosotros, ¿de
verdad cree alguno de ustedes, como
Grosske, que el mallorquín es un idioma en
peligro de extinción? Va vinga, una mica de
seny.
agustin.pery@elmundo.es