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  Domingo, 5 de agosto de 2007 Actualizado a las 01:25
 

AHORA QUE ESTAMOS SOLOS
Hijos, nos vamos a Mallorca

AGUSTÍN PERY


Preparamos la estrategia con eficacia napoleónica. Hablaría mi mujer y yo aguardaría en retaguardia por si la cosa se ponía fea. Enfrente, dos niños a los que convencer de que el próximo curso no lo iniciarían en Madrid, sino en Palma. En fin, que los diez años de Guzmán y su lógica aplastante se revolvieron en el sillón. Fueron cinco minutos de gestos desabridos y golpeos espasmódicos al balón que lleva cosido al pie desde primera hora de la mañana. Y he aquí que en ese mocoso encontramos al Duque de Wellington de nuestro Waterloo doméstico: «Vale papá, nos vamos pero quiero un perro y hacer las pruebas para entrar en el Mallorca». Ejército en desbandada, rendición absoluta. Años de preparación, talleres sobre cómo ser padres hoy y llega un criajo y da toda una lección de estrategia empresarial: cómo lograr los objetivos previstos en el menor tiempo posible.

Y a su lado el pequeño de siete años, sin abrir la boca, tranquilo jugando con sus muñecos, como si la decisión de cambiar de colegio, de casa y de ciudad no fuera con él. Hasta que el pasota de Bosco decidió hacer una sola pregunta: «Papá, y en Mallorca en qué idioma hablan». Me quedé de piedra y hoy, pasado apenas un mes desde que rendí mis armas en tierras madrileñas ante una tropas inferiores en número pero perfectamente preparadas para la batalla, he decidido que esta primera carta no vaya dirigida a ustedes, receptores naturales, sino a los políticos. Espero que puedan disculparme.

Porque sepan que tenemos una clase política de corto recorrido, especialista en demoliciones y cortoplacista. Porque si miraran más allá de una legislatura, si pensaran en que la lengua es un vehículo de convivencia y no un arma arrojadiza, bien podrían contestar ellos a Bosco que no se preocupara, que no iba a tener problemas en los estudios y que con sus amigos mallorquines el único disgusto es que el nuevo siempre acaba jugando de portero en el recreo.

¿Por qué es así señores del Govern? Mis hijos y los de muchos españoles llegados de la Península no van a tener problemas ¿verdad? Porque leo que Baleares, una de las autonomías con mayor nivel de vida, es de las primeras en fracaso escolar: el 38%. Y me comentan que los hijos de castellanoparlantes son los que engordan esa estadística. Y entonces escucho a Biel Barceló, flamante líder del PSM, hablar durante el debate de investidura de que este Pacte debe apostar por el interés general de los ciudadanos por encima de los intereses partidistas.

¿Cuál es entonces el interés de esos ciudadanos de apenas metro y medio de estatura? Pues que de Inca a Mataró no se levanten fortines idiomáticos, bastiones erigidos en nombre de la normalización lingüística. Sepan que la normalidad no gasta coche oficial, no pisa moquetas señoriales ni ocupa escaño. La normalidad viaja en taxi o en autobús, busca entenderse y hasta comprenderse, y no tuerce el gesto ante el foraster. Porque la cultura es fruto del enriquecimiento mutuo y lo que sirve en la pintura o la música no puede ser denostado ni arrumbado en la lengua. En definitiva, el idioma debe sumar y no restar.

A lo que parece, hasta estas hermosas costas llegan mercancías muy peligrosas. Importar desde la otra orilla productos en tan mal estado como el de la supuesta persecución del catalán puede producir réditos políticos a corto plazo -ahí están los chicos de ERC para corroborarlo- pero las consecuencias a la larga son desastrosas para la sociedad.

Decía Ambrose Bierce que «la guerra es un método de desatar con los dientes un nudo político que no se puede deshacer con la lengua». Maestro de la ironía, célebre por sus cuentos de terror, al escritor estadounidense le faltó añadir que a la guerra también se puede llegar por el idioma. No se trata de aventar demonios y jugar al tremendismo, pero sí que es destacable ver cómo sociedades que lograron el carné de demócratas antes que la nuestra, decanas en la lucha por las libertades, no tocan su patrimonio común, no provocan guerras por la bandera ni eliminan premios en castellano con la peregrina excusa de proteger el catalán.

Apliquemos la lógica del pueblo, ¿conoce usted algún nobel de literatura sueco? Pues el último, si Google no me traiciona fue hace la eternidad de 46 años y tal honor cayó en el célebre Pär Fabien Lagerkvist, tan conocido en todo el mundo como nuestro Cela. A don Camilo, gallego él, lo han devuelto a su paraíso de la Alcarria porque hizo grande la cultura española en la muy lejana y fría Estocolmo. Memorable sería escuchar ahora al genio de Padrón. A buen seguro que hubiera incorporado a muchos de nuestros políticos autóctonos como personajes de su descacharrante colmena. Qué juego no le darían la visonada Munar y su fiel vocero Martorell, empeñados en reinar de manera absolutista en una televisión pública.

Y extrañados cuando no perplejos deben andar los otros vecinos de Mallorca, los que hablan en inglés o en alemán y poco o nada saben ni quieren saber de las cuitas lingüísticas de los aborígenes. Ellos han venido atraídos por el sol, la paz, la tranquilidad y la belleza de unas islas privilegiadas en las que algunos quieren inocular el virus del separatismo por la vía de la palabra.

Nada me haría más ilusión que Guzmán y Bosco aprendieran mallorquín. Seguro que lo harán, pero por favor, no les cuenten historias de miedo ni politicen un lugar sagrado, las aulas. Si lo hacen, serán responsables ante la historia de haber dañado irreparablemente el futuro de los que vengan detrás. Pongamos freno al filibusterismo idiomático, que los sinónimos no muden en antónimos, que el Progrés haga honor a la definición que le da el DRAE: «Avance, adelanto, perfeccionamiento».

Ahora que estamos solos, entre nosotros, ¿de verdad cree alguno de ustedes, como Grosske, que el mallorquín es un idioma en peligro de extinción? Va vinga, una mica de seny.

agustin.pery@elmundo.es

 
   
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