Hay hombres que originan un movimiento a
su alrededor, como lo hacen los
catalizadores o las enzimas en las
reacciones bioquímicas, y son la causa de
que ocurran ciertos sucesos que luego
recoge la Historia. Ése el es caso de Coll
Bardolet, pintor catalán adoptado por la
villa de Valldemossa, y sin cuya
intervención no podrían entenderse muchos
acontecimientos que en la isla han ocurrido
a lo largo de la segunda mitad del siglo
XX. Nació el artista en Campdevánol,
provincia de Girona, en 1912, pero tras el
exilio de la Guerra Civil llegó a Mallorca,
exponiendo por primera vez aquí en la
célebres Galeries Costa en 1941. No fue
sino tres años más tarde, en 1944, cuando
se instaló definitivamente en Valldemossa,
donde al principio pasaba sólo los veranos,
hospedado en el famoso Hotel del Artista,
tal y como cuenta Felio Bauzá en el libro
dedicado a este insigne establecimiento. El
círculo de ambiente culto y refinado que se
congregaba en dicho hotel debía a Coll
Bardolet su espíritu profundo, al que fue
fiel hasta el cierre en mayo de
1966.
Coll Bardolet representa el
apogeo, en pintura, de lo que en literatura
pudo representar el movimiento de la
Nova Renaixença, en el que el
realismo mediterráneo, de culto al color,
la sensibilidad y las emociones de la vida
en general, no ignora los movimientos
intelectuales de la primera mitad del
siglo, provocando una renovación de los
planteamientos estéticos de la pintura
entendida como la forma plástica más
académica, pintura de caballete, esfuerzo
de escuela y reglas de proporción y armonía
celeste.
Hombre de gran corazón e
infatigable aliento, fue el promotor de los
famosos conciertos en el Torrent de Pareis,
lugar emblemático que él convirtió, desde
1964, en un centro espiritual de alto
voltaje. En 1980 se exhibió una muestra
antológica de su obra en La Lonja, y en
2004 el Govern le nombró, en su primera
edición, Balear del Mundo en la modalidad
de artes plásticas. Fue a principios de
este mismo año cuando por fin se inauguró
el museo Coll Bardolet de Valldemossa, pues
hasta entonces sólo existían espacios
dedicados a su obra en exclusiva en su
pueblo natal y en el monasterio de
Lluc.
Su obra, de estilo
inconfundible, estará siempre relacionada
con la costa norte de Mallorca, con
Valldemossa, La Calobra, y todos los mitos
y leyendas de este mágico rincón del
mediterráneo, el Archiduque, Chopin, y las
jóvenes payesas bailando al son de los
tamboriles de piel de cerdo y corazón
desgarrado. Aunque hace tiempo que su
nombre ya integraba la mitología de esta
costa, es ahora cuando por fin se esculpirá
con toda su prestancia su nombre en el
libro de leyendas. Descanse en paz, pues,
quien acaba de entrar en el mito.