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  Martes, 31 de julio de 2007 Actualizado a las 00:51
 

La bondad de los irrepetibles

FERNANDO MERINO


La pintura y Valldemossa fueron las pasiones de Coll Bardolet. Durante la Guerra Civil, pacifista como era, se autoexiló primero a Francia y después a Bélgica. Fue en Bruselas donde conoció a Philip Newman, encuentro providencial como veremos después. De regreso a España le tomaron por rojo y una mano blanca hizo lo conveniente para salvarle de las represalias. Entonces, decide viajar a Mallorca, corrían los años 40, y se enamora de su luz.

Coll Bardolet fue recorriendo la isla, los trastos de pintar a cuestas y alojándose en hotelitos de aquí y de allá. En esas estaba cuando a finales de los años 50 recalaba en el Hotel del Artista y se acabó seguir peregrinando. Fue un flechazo, convertido en animador por excelencia de las históricas veladas que se vivieron en aquel lugar regentado por los progenitores de la saga Estaràs, que no tardaría en dar lugar a Els Valldemossa formación familiar inicialmente en sintonía con el influyente existencialismo, para después llegar a ser una de les referencias sobresalientes de la noche mallorquina.

La pintura era para Coll Bardolet una opción tan arraigada que no dudó en dejar de fumar por ella. Me contaba que subiendo por las crestas de Soller cayó en cuentas de que el tabaco no estaba en sus bolsillos, así que regresó a hotel a su rescate, sólo que recorriendo el camino deshecho fue consciente de haberse privado de minutos de luz que no merecían tal despreció, y lo dejó de inmediato.

La pintura, Valldemossa y el canto para ser precisos fueron desde muy temprano sus pasiones. A él debemos los encuentros corales en el Torrent de Pareis. Le conocí cubriendo para esta casa una de las ediciones de los años 80. Después me llegó el encargo de dejar constancia en un libro editado también por esta casa, del recorrido del Festival de Pollença en los primeros cuarenta años de trayecto.

Era obligado llamar a su puerta porque no se entendería Pollença, el Festival, de no mediar su amistad con Newman, que viajó a la isla expresamente para visitarle, y aquí se quedó hasta su muerte en 1965. Recuerdo que mientras preparaba el libro (algunas de las fotos me las cedió él) me dijo que se habría enfadado muchísimo en el caso de no haber contactado con él. Debo reconocer que fue un encuentro providencial, porque de aquellas tardes compartidas surgió un afecto imborrable. Le visité después, comí varias veces en su casa, le visité en el estudio, al que acudía ocho horas diarias hasta hace muy poco. Le entrevisté, por última vez, hará cosa de varios meses, y allí estaba con la bata blanca y la paleta dispuesta.

El libro se publicó en julio, creo recordar que en 2001, y llegadas las navidades me llamó para decirme que en su árbol había regalo para mí. ¡Había encargado a su encuadernador de confianza, uno de los mejores de España, que hiciera unas tapas artesanales! Es un ejemplar único, y me gustaría legarlo al inexistente museo del Festival de Pollença. Escribo a vuela pluma, a galope, y lo hago ante el cuadro que me regaló, que pertenece a una etapa reciente en la que buscaba experimentar con el color. Lleva dedicatoria: «A Fernando Merino cordialment». Siempre le brillaban los ojos, las más de las veces destilando la bondad de los irrepetibles.

 
   
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