La pintura y Valldemossa fueron las
pasiones de Coll Bardolet. Durante la
Guerra Civil, pacifista como era, se
autoexiló primero a Francia y después a
Bélgica. Fue en Bruselas donde conoció a
Philip Newman, encuentro providencial como
veremos después. De regreso a España le
tomaron por rojo y una mano blanca hizo lo
conveniente para salvarle de las
represalias. Entonces, decide viajar a
Mallorca, corrían los años 40, y se enamora
de su luz.
Coll Bardolet fue
recorriendo la isla, los trastos de pintar
a cuestas y alojándose en hotelitos de aquí
y de allá. En esas estaba cuando a finales
de los años 50 recalaba en el Hotel del
Artista y se acabó seguir peregrinando. Fue
un flechazo, convertido en animador por
excelencia de las históricas veladas que se
vivieron en aquel lugar regentado por los
progenitores de la saga Estaràs, que no
tardaría en dar lugar a Els Valldemossa
formación familiar inicialmente en sintonía
con el influyente existencialismo, para
después llegar a ser una de les referencias
sobresalientes de la noche
mallorquina.
La pintura era para Coll
Bardolet una opción tan arraigada que no
dudó en dejar de fumar por ella. Me contaba
que subiendo por las crestas de Soller cayó
en cuentas de que el tabaco no estaba en
sus bolsillos, así que regresó a hotel a su
rescate, sólo que recorriendo el camino
deshecho fue consciente de haberse privado
de minutos de luz que no merecían tal
despreció, y lo dejó de inmediato.
La
pintura, Valldemossa y el canto para ser
precisos fueron desde muy temprano sus
pasiones. A él debemos los encuentros
corales en el Torrent de Pareis. Le conocí
cubriendo para esta casa una de las
ediciones de los años 80. Después me llegó
el encargo de dejar constancia en un libro
editado también por esta casa, del
recorrido del Festival de Pollença en los
primeros cuarenta años de
trayecto.
Era obligado llamar a su
puerta porque no se entendería Pollença, el
Festival, de no mediar su amistad con
Newman, que viajó a la isla expresamente
para visitarle, y aquí se quedó hasta su
muerte en 1965. Recuerdo que mientras
preparaba el libro (algunas de las fotos me
las cedió él) me dijo que se habría
enfadado muchísimo en el caso de no haber
contactado con él. Debo reconocer que fue
un encuentro providencial, porque de
aquellas tardes compartidas surgió un
afecto imborrable. Le visité después, comí
varias veces en su casa, le visité en el
estudio, al que acudía ocho horas diarias
hasta hace muy poco. Le entrevisté, por
última vez, hará cosa de varios meses, y
allí estaba con la bata blanca y la paleta
dispuesta.
El libro se publicó en
julio, creo recordar que en 2001, y
llegadas las navidades me llamó para
decirme que en su árbol había regalo para
mí. ¡Había encargado a su encuadernador de
confianza, uno de los mejores de España,
que hiciera unas tapas artesanales! Es un
ejemplar único, y me gustaría legarlo al
inexistente museo del Festival de Pollença.
Escribo a vuela pluma, a galope, y lo hago
ante el cuadro que me regaló, que pertenece
a una etapa reciente en la que buscaba
experimentar con el color. Lleva
dedicatoria: «A Fernando Merino
cordialment». Siempre le brillaban los
ojos, las más de las veces destilando la
bondad de los irrepetibles.