EDUARDO COLOM
MIREYA
ROURA
VALLDEMOSSA.- Josep Coll
Bardolet, emblemático pintor catalán e hijo
ilustre de Valldemossa, falleció pasadas
las doce del mediodía de ayer en su
casa-estudio de la localidad serrana. Con
sus admiradas fiestas patronales recién
celebradas y a escasos metros de su querida
Cartuja, en cuya Iglesia será oficiado su
funeral mañana a las ocho de la tarde.
Con 94 años de edad, la salud de
Coll se había deteriorado gravemente en las
últimas fechas, lo que no ha sido motivo
para que el artista haya querido abandonar
el que ha sido su pueblo durante más de
medio siglo. Un sobrino suyo le acompañaba
en el momento de su fallecimiento. Sus
1.400 vecinos lamentaban ayer su pérdida de
forma unánime y muchos de ellos
peregrinaron hasta su vivienda para dar el
pésame personalmente. «Ha sido un referente
para la cultura y para la vida del pueblo»,
declaraba ayer el recién nombrado alcalde
Jaume Vila.
El tanatorio municipal
abrirá hoy sus puertas de 5 a 7 de la tarde
y mañana de 10 a 12 de la mañana para que
todos aquellos que lo deseen acudan a
compartir su pesar. Las exequias tendrán
lugar a las doce del miércoles y el funeral
se celebrará en la Iglesia de la Cartuja
esa misma tarde a las ocho.
El
Ayuntamiento tiene previsto decretar mañana
día de luto oficial y ordenar que las
banderas ondeen a media asta. No en vano
Coll es, junto al canónigo Bruno Morey y el
pensador Sebatián Trías, uno de los tres
hijos ilustres que Valldemossa ha nombrado
hasta la fecha. El Pleno municipal le
otorgó esta distinción recientemente de
forma unánime. Un gesto de reconocimiento
al que hay que unir la apertura el pasado 4
de febrero del museo Coll Bardolet, en el
que se exponen permanentemente 45 de sus
creaciones así como 25 obras de su
colección particular de
pinturas.
Trayectoria
Co
ll Bardolet mantuvo la lucidez hasta sus
últimos días. Según relatan en la
localidad, mantenía su actividad normal
hasta poco después de la inauguración de su
museo la pasada primavera, época en la que
comenzó a decaer. Hasta hace poco se le
podía encontrar a primera hora de la mañana
frente a Can Francés, caminando hasta el
quiosco entre saludos siempre afectuosos
para luego retirarse a trabajar en sus
pinturas.
Nacido en la localidad
catalana de Campdevànol (Girona) el 7 de
noviembre de 1912, la trayectoria tanto
vital como artística de Coll ha
cristalizado en Mallorca, donde se
estableció en 1940 y donde ha cultivado el
icono pictórico que ha extendido su fama de
artista colorista, luminoso e identitario:
esa omnipresente serie de bailarines de
trazo volado, a camino entre el
impresionismo y la abstracción que ha
cultivado en los últimos tiempos. El
paisaje y el paisanaje mallorquín han sido
otras de sus luminosas fuentes de
inspiración.
El artista llegó a
Mallorca procedente de Tours (Francia),
ciudad a la que huyó de la Guerra Civil
tras atravesar junto a tres amigos la
frontera. Allí tuvo que trabajar para
subsistir a la vez que estudiaba de noche
en L'École des Beaux Arts. Allí también
tiene su museo. Después de un año en
Bruselas, el artista volvió a Cataluña. En
1940 viajó a Mallorca y allí se quedó. «Un
día fue a aprender bailes mallorquines a
Selva y quedó encantado con aquel folclore.
De allí vienen sus obras», recordaba
recientemente una de sus sobrinas, Olga
Coll. En el 44 se instaló en Valldemossa.
Era soltero.
Además de impulsar su
fundación, el mecenazgo desinteresado de
Coll ha tenido otras importantes
expresiones. Fundó la Obra Cultural Balear
e impulsó el ilustre concierto que cada año
se celebra en uno de sus rincones
favoritos, a los que solía acudir
acarreando mochila y paleta: el torrente de
Pareis. Este año su ausencia a la cita
había sido muy comentada.