El título es El manifiesto de las
clases medias, el nuevo libro de
Enrique de Diego que a buen seguro
marcará un antes y un después en la
rebelión cívica que se está incubando en
España. Por primera vez, alguien de la
derecha pasa a la ofensiva después de
treinta años de sesteo intelectual. Enrique
de Diego no se defiende, no resiste, no se
disculpa, no pide perdón. Deja de lado la
cobardía y la pusilanimidad que distingue a
nuestra derecha acomplejada y ataca sin
más, sin pedir permiso, invocando a la
rebelión cívica contra esta farsa de Estado
de Derecho convertida en botín a saquear
por parte de los partidos políticos, sus
clientes parasitarios y las minorías
radicales que nos imponen sus
obsesiones.
El mejor ejemplo lo
tenemos estos días con la deuda que ha
legado Munar en el Consell (138
millones de euros) o Matas (2.742
millones de euros) en el Govern,
endeudamiento este último -no les lleven a
engaño- que sólo se justifica en una
pequeña parte por la negativa de
Zapatero a pagarnos las carreteras o
las residencias a las que teníamos derecho.
Más escandaloso que estas deudas en sí
mismas es la normalidad con que los
políticos gastan muchísimo más de lo que
tienen sin que nadie les pida
responsabilidades por ello.
El
manifiesto de las clases medias, no
apto para progres, explica breve y
sintéticamente por qué el proyecto liberal
es superior a esta socialdemocracia que
suscita tantos entusiasmos entre los
socialistas de todos los partidos. El
objetivo del libro es abrir los ojos a unas
clases medias que no llegan a fin de mes
porque están siendo expoliadas por el
Sistema, este Estado del Bienestar del que
todos hablan maravillas y que en media le
cuesta en impuestos -si sumamos los
directos y los indirectos- a cada español
la friolera de 65 euros por cada 100 que
gana.
Enrique de Diego resquebraja
una vez más la conspiración del silencio
gracias a la cual el establishment o
actual casta dirigente -políticos,
periodistas, burócratas, minorías
radicales- depreda a las clases medias, las
adoctrina en el culto al paternalismo
estatal y a las bondades de la
estatalización, no les deja elegir los
servicios gratuitos -¡qué cinismo!-
que pagan con su propio dinero como la
educación o la sanidad, les hace pagar las
pensiones de los demás que muy
probablemente nunca van a disfrutar -el
actual sistema de pensiones es inviable a
largo plazo y todos los partidos,
entretanto, prefieren mirar hacia otro
lado- o les regula todos y cada uno de los
ámbitos de su vida, incluso la moral, como
pretenden los socialistas con la asignatura
de Educación a la ciudadanía.
Eso
sí, como carteristas de cuello blanco,
consagran el despojo legal -como lo definió
el gran Bastiat- en nombre de nobles
principios y todavía más nobles objetivos:
la igualdad de la mujer, la conservación
del medio ambiente, el apoyo a las lenguas
minoritarias, la justicia social, el
fomento de la cultura, la protección del
patrimonio, la calidad de vida, el fomento
del deporte, o cualquier otro objetivo
mundano de tres al cuarto -la vana
esperanza siempre es materializar el sueño
del Paraíso en la tierra confiándolo todo
al Estado- que sirve de coartada para
sacarnos los cuartos y adoctrinarnos con
nuestro dinero. Porque aquí no se trata
tanto de renunciar a la
redistribución como principio
-quitar a los ricos para dar a los
pobres-, sino de denunciar cómo ha
degenerado en la práctica la aplicación del
principio redistributivo. La cacareada
redistribución a día de hoy no es
tanto una transferencia de los ricos
hacia los pobres tal como se
concibió en principio, sino que, como muy
bien ha apuntado Philippe Nemo
(Cuadernos FAES, Vol. 5 y 6, 2005)
estudiando el caso francés, ha terminado
convirtiéndose en una transferencia de las
clases medias, las únicas que trabajan y
aportan riqueza al conjunto del país, hacia
las clases parasitarias vinculadas al
Estado que viven de ellas. En segundo
lugar, ¿quiénes son los que finalmente se
terminan beneficiando de los programas
sociales, culturales o de discriminación
positiva que pone en marcha el Estado? A
menudo no son tanto los desposeídos o los
niños con dificultades especiales sino los
abogados que hablan por ellos, toda esta
red clientelar de sindicatos y asociaciones
organizadas que, al socaire de la
Administración, terminan quedándose buena
parte del pastel que nunca llega a sus
destinatarios.
Sólo la ignorancia y
la oscuridad en las que los partidos y los
medios de comunicación mantienen a los
ciudadanos les permite mantener un statu
quo en el que todos los partidos están
de acuerdo en lo esencial. Los medios se
suman a la ola, magnificando lo que separa
a los partidos, que son sutilezas, y
obviando todo lo que les hermana, que es
casi todo. La percepción que tiene el
ciudadano corriente de la política es por
tanto irreal, ficticia. Detrás de la
confrontación artificiosa se cobija una
mismidad esencial desoladora. La
dictadura -y no es un eufemismo- de lo
políticamente correcto que capitanea el
establishment (medios, políticos,
burócratas, artistas) dicta qué problemas
abordar y cómo hacerlo, prohibiendo
plantear problemas nuevos que afecten a sus
privilegios especiales. Imbuidos de este
espíritu castrador, todos los partidos
aplican soluciones similares a los mismos
problemas. Encefalograma plano. Los
objetivos programáticos son los mismos y
apenas se disputan cómo materializarlos.
Paradójicamente cuanto más se parecen los
partidos más se pelean entre ellos, muestra
de este «narcisismo de las pequeñas
diferencias» que señalaba Freud.
Segunda edición. No ha sido
fácil. A pesar de los numerosos obstáculos
acaba de salir la segunda edición de El
manifiesto de las clases medias tras
venderse en la primera oleada más de 6.000
ejemplares, un importante hito tratándose
de un libro de ensayo político y no de
novela. Tanto más cuanto que desde la
primera palabra hasta la última a lo largo
de su escaso centenar de páginas no hace
otra cosa que disparar contra el sistema y
plantear un cambio de raíz, nada
condescendiente. De ahí las dificultades
para publicarlo, incluso en editoriales
amigas. De ahí la resistencia de las
grandes librerías a tenerlo en sus
anaqueles, una resistencia que al final se
ha vencido porque los propios lectores lo
pedían insistentemente en los puntos de
venta. Permítanme que les anime a leerlo.
No se arrepentirán.