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  Martes, 31 de julio de 2007 Actualizado a las 00:44
 

AL MARGEN
El manifiesto de las clases medias

JOAN FONT ROSSELLÓ


El título es El manifiesto de las clases medias, el nuevo libro de Enrique de Diego que a buen seguro marcará un antes y un después en la rebelión cívica que se está incubando en España. Por primera vez, alguien de la derecha pasa a la ofensiva después de treinta años de sesteo intelectual. Enrique de Diego no se defiende, no resiste, no se disculpa, no pide perdón. Deja de lado la cobardía y la pusilanimidad que distingue a nuestra derecha acomplejada y ataca sin más, sin pedir permiso, invocando a la rebelión cívica contra esta farsa de Estado de Derecho convertida en botín a saquear por parte de los partidos políticos, sus clientes parasitarios y las minorías radicales que nos imponen sus obsesiones.

El mejor ejemplo lo tenemos estos días con la deuda que ha legado Munar en el Consell (138 millones de euros) o Matas (2.742 millones de euros) en el Govern, endeudamiento este último -no les lleven a engaño- que sólo se justifica en una pequeña parte por la negativa de Zapatero a pagarnos las carreteras o las residencias a las que teníamos derecho. Más escandaloso que estas deudas en sí mismas es la normalidad con que los políticos gastan muchísimo más de lo que tienen sin que nadie les pida responsabilidades por ello.

El manifiesto de las clases medias, no apto para progres, explica breve y sintéticamente por qué el proyecto liberal es superior a esta socialdemocracia que suscita tantos entusiasmos entre los socialistas de todos los partidos. El objetivo del libro es abrir los ojos a unas clases medias que no llegan a fin de mes porque están siendo expoliadas por el Sistema, este Estado del Bienestar del que todos hablan maravillas y que en media le cuesta en impuestos -si sumamos los directos y los indirectos- a cada español la friolera de 65 euros por cada 100 que gana.

Enrique de Diego resquebraja una vez más la conspiración del silencio gracias a la cual el establishment o actual casta dirigente -políticos, periodistas, burócratas, minorías radicales- depreda a las clases medias, las adoctrina en el culto al paternalismo estatal y a las bondades de la estatalización, no les deja elegir los servicios gratuitos -¡qué cinismo!- que pagan con su propio dinero como la educación o la sanidad, les hace pagar las pensiones de los demás que muy probablemente nunca van a disfrutar -el actual sistema de pensiones es inviable a largo plazo y todos los partidos, entretanto, prefieren mirar hacia otro lado- o les regula todos y cada uno de los ámbitos de su vida, incluso la moral, como pretenden los socialistas con la asignatura de Educación a la ciudadanía.

Eso sí, como carteristas de cuello blanco, consagran el despojo legal -como lo definió el gran Bastiat- en nombre de nobles principios y todavía más nobles objetivos: la igualdad de la mujer, la conservación del medio ambiente, el apoyo a las lenguas minoritarias, la justicia social, el fomento de la cultura, la protección del patrimonio, la calidad de vida, el fomento del deporte, o cualquier otro objetivo mundano de tres al cuarto -la vana esperanza siempre es materializar el sueño del Paraíso en la tierra confiándolo todo al Estado- que sirve de coartada para sacarnos los cuartos y adoctrinarnos con nuestro dinero. Porque aquí no se trata tanto de renunciar a la redistribución como principio -quitar a los ricos para dar a los pobres-, sino de denunciar cómo ha degenerado en la práctica la aplicación del principio redistributivo. La cacareada redistribución a día de hoy no es tanto una transferencia de los ricos hacia los pobres tal como se concibió en principio, sino que, como muy bien ha apuntado Philippe Nemo (Cuadernos FAES, Vol. 5 y 6, 2005) estudiando el caso francés, ha terminado convirtiéndose en una transferencia de las clases medias, las únicas que trabajan y aportan riqueza al conjunto del país, hacia las clases parasitarias vinculadas al Estado que viven de ellas. En segundo lugar, ¿quiénes son los que finalmente se terminan beneficiando de los programas sociales, culturales o de discriminación positiva que pone en marcha el Estado? A menudo no son tanto los desposeídos o los niños con dificultades especiales sino los abogados que hablan por ellos, toda esta red clientelar de sindicatos y asociaciones organizadas que, al socaire de la Administración, terminan quedándose buena parte del pastel que nunca llega a sus destinatarios.

Sólo la ignorancia y la oscuridad en las que los partidos y los medios de comunicación mantienen a los ciudadanos les permite mantener un statu quo en el que todos los partidos están de acuerdo en lo esencial. Los medios se suman a la ola, magnificando lo que separa a los partidos, que son sutilezas, y obviando todo lo que les hermana, que es casi todo. La percepción que tiene el ciudadano corriente de la política es por tanto irreal, ficticia. Detrás de la confrontación artificiosa se cobija una mismidad esencial desoladora. La dictadura -y no es un eufemismo- de lo políticamente correcto que capitanea el establishment (medios, políticos, burócratas, artistas) dicta qué problemas abordar y cómo hacerlo, prohibiendo plantear problemas nuevos que afecten a sus privilegios especiales. Imbuidos de este espíritu castrador, todos los partidos aplican soluciones similares a los mismos problemas. Encefalograma plano. Los objetivos programáticos son los mismos y apenas se disputan cómo materializarlos. Paradójicamente cuanto más se parecen los partidos más se pelean entre ellos, muestra de este «narcisismo de las pequeñas diferencias» que señalaba Freud.

Segunda edición. No ha sido fácil. A pesar de los numerosos obstáculos acaba de salir la segunda edición de El manifiesto de las clases medias tras venderse en la primera oleada más de 6.000 ejemplares, un importante hito tratándose de un libro de ensayo político y no de novela. Tanto más cuanto que desde la primera palabra hasta la última a lo largo de su escaso centenar de páginas no hace otra cosa que disparar contra el sistema y plantear un cambio de raíz, nada condescendiente. De ahí las dificultades para publicarlo, incluso en editoriales amigas. De ahí la resistencia de las grandes librerías a tenerlo en sus anaqueles, una resistencia que al final se ha vencido porque los propios lectores lo pedían insistentemente en los puntos de venta. Permítanme que les anime a leerlo. No se arrepentirán.

 
   
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