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  Domingo, 29 de julio de 2007 Actualizado a las 01:54
 

EL ÁGORA
No fuera sino dentro

GREGORIO DELGADO DEL RÍO



Cuando hemos asistido resignadamente al espectáculo estúpido del PP balear empeñado, en los cuatro últimos años de gobierno, en imponer, desde la ignorancia activa, una política familiar con el ojo puesto en los planteamientos de la izquierda, no nos extraña nada que las cosas vayan de mal en peor. Si la gran aportación -prepárense para lo que se avecina- que, en materia tan sensible, nos ofrece la clase política balear es la recepción acrítica del prejuicio de la ideología de género, me parece imbécil pedir peras al olmo: la violencia doméstica y la ruptura familiar irán en aumento. Baleares, en ambos índices, no debería sentirse orgullosa del puesto privilegiado que ocupa.

Con ser todo lo anterior muy descorazonador, me preocupa aún más que la sociedad balear acepte de buen grado semejante prejuicio como alma inspiradora de la familia del futuro y de la inacabada conquista de la identidad femenina. ¡Qué inmenso error! Se ha cumplido, una vez más, la reflexión de J.A. Marina según la cual «…el ser humano … puede acabar aceptando como normal cualquier disparate que se repita muchas veces».

Uno de los aspectos de las relaciones de familia que ponen a prueba la validez del régimen legal, la responsabilidad de la pareja y los anversos obscenos de la realidad es el referido a la guarda y custodia de los hijos. Se afirman principios básicos, como la corresponsabilidad de ambos progenitores, y, después, se fija, en el propio Código Civil recién reformado, un criterio claramente restrictivo a la hora de otorgar la guarda y custodia compartida. Se vende esta novedad, como el no va más allá, y luego, por una vergonzosa cesión a las exigencias del feminismo de género en busca del voto, sólo se admite excepcionalmente. Se anunció la llegada, por fin, de una reforma progresista y, contradictoriamente, se dejaron subsistentes criterios tales como que la madre es la mejor guardadora de los hijos o como que los hijos son de sus madres.

Mis muchos años de vida profesional, centrados en los problemas de la familia, me dicen que las últimas reformas socialistas han privilegiado a la mujer y madre de un modo indiscriminado, han tomado partido por lo femenino, han criminalizado la mala educación y han propiciado que el varón y padre quede, en muchos casos, a los pies de los caballos. ¡Y, después, nos extrañamos del gatuperio que se monta a la hora de organizar la familia en el marco de la ruptura de la pareja y de la violencia generada!

Lo he dicho multitud de veces. Tantas que no quiero reiterarme. Lo diré, en esta ocasión, con palabras de María Bacigalupo, a saber: «Lo que ha ocurrido es que se ha perdido el norte, se le ha quitado al padre toda posibilidad de decisión en el destino de sus hijos y esto ha ido socavando la relación, desvinculando al hijo de una de las figuras parentales, el padre, con lo cual se lesiona su procedimiento de crecimiento y humanización. El hombre convertido en un padre intermitente, marginado de la familia, poco a poco se distancia de sus hijos, le cuesta recuperar el lugar que tuvo como padre y deja de lado paulatinamente su responsabilidad alimentaria. De modo simétrico, el hijo tiene dificultades en mantener una relación estrecha con ese hombre que ve de manera esporádica, a la vez que percibe el abandono paterno» ¡Impecable y sin comentarios!

Esto es, en el mejor de los casos, todo lo que se nos ha ocurrido realizar: marginar al padre del proceso de maduración y crecimiento de sus propios hijos. Todo un despropósito, elevado a la categoría de normalidad y de realización, poco menos que óptima, de la tutela del interés del menor. Instalamos en la corrección la negación misma de la corresponsabilidad de los progenitores, que ha de continuar a pesar del divorcio. Y, todo, por un plato de lentejas. ¿Es posible una obscenidad mayor? Quizás, sí: que «no se quiera ver», que diría Julián Marías.

Al margen de tanta medida hipócrita como se pone en marcha y tantas energías mal gastadas, creo que el inicio de la solución -si es que existe alguna- radica en algo que no se quiere ni oír. En mi opinión ante el desastre familiar que propiciamos, no se puede evitar el examen de conciencia personal. Fruto del mismo, es muy posible que tengamos que reconocer que nos vemos obligados buscar la culpa de nuestros males, individuales, familiares y sociales, «no fuera sino dentro» de nosotros mismos.

 
   
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