Cuando hemos asistido resignadamente al
espectáculo estúpido del PP balear
empeñado, en los cuatro últimos años de
gobierno, en imponer, desde la ignorancia
activa, una política familiar con el ojo
puesto en los planteamientos de la
izquierda, no nos extraña nada que las
cosas vayan de mal en peor. Si la gran
aportación -prepárense para lo que se
avecina- que, en materia tan sensible, nos
ofrece la clase política balear es la
recepción acrítica del prejuicio de la
ideología de género, me parece imbécil
pedir peras al olmo: la violencia doméstica
y la ruptura familiar irán en aumento.
Baleares, en ambos índices, no debería
sentirse orgullosa del puesto privilegiado
que ocupa.
Con ser todo lo anterior
muy descorazonador, me preocupa aún más que
la sociedad balear acepte de buen grado
semejante prejuicio como alma inspiradora
de la familia del futuro y de la inacabada
conquista de la identidad femenina. ¡Qué
inmenso error! Se ha cumplido, una vez más,
la reflexión de J.A. Marina según la cual
«…el ser humano … puede acabar aceptando
como normal cualquier disparate que se
repita muchas veces».
Uno de los
aspectos de las relaciones de familia que
ponen a prueba la validez del régimen
legal, la responsabilidad de la pareja y
los anversos obscenos de la realidad es el
referido a la guarda y custodia de los
hijos. Se afirman principios básicos, como
la corresponsabilidad de ambos
progenitores, y, después, se fija, en el
propio Código Civil recién reformado, un
criterio claramente restrictivo a la hora
de otorgar la guarda y custodia compartida.
Se vende esta novedad, como el no va más
allá, y luego, por una vergonzosa cesión a
las exigencias del feminismo de género en
busca del voto, sólo se admite
excepcionalmente. Se anunció la llegada,
por fin, de una reforma progresista y,
contradictoriamente, se dejaron
subsistentes criterios tales como que la
madre es la mejor guardadora de los hijos o
como que los hijos son de sus
madres.
Mis muchos años de vida
profesional, centrados en los problemas de
la familia, me dicen que las últimas
reformas socialistas han privilegiado a la
mujer y madre de un modo indiscriminado,
han tomado partido por lo femenino, han
criminalizado la mala educación y han
propiciado que el varón y padre quede, en
muchos casos, a los pies de los caballos.
¡Y, después, nos extrañamos del gatuperio
que se monta a la hora de organizar la
familia en el marco de la ruptura de la
pareja y de la violencia generada!
Lo
he dicho multitud de veces. Tantas que no
quiero reiterarme. Lo diré, en esta
ocasión, con palabras de María Bacigalupo,
a saber: «Lo que ha ocurrido es que se ha
perdido el norte, se le ha quitado al padre
toda posibilidad de decisión en el destino
de sus hijos y esto ha ido socavando la
relación, desvinculando al hijo de una de
las figuras parentales, el padre, con lo
cual se lesiona su procedimiento de
crecimiento y humanización. El hombre
convertido en un padre intermitente,
marginado de la familia, poco a poco se
distancia de sus hijos, le cuesta recuperar
el lugar que tuvo como padre y deja de lado
paulatinamente su responsabilidad
alimentaria. De modo simétrico, el hijo
tiene dificultades en mantener una relación
estrecha con ese hombre que ve de manera
esporádica, a la vez que percibe el
abandono paterno» ¡Impecable y sin
comentarios!
Esto es, en el mejor de
los casos, todo lo que se nos ha ocurrido
realizar: marginar al padre del proceso de
maduración y crecimiento de sus propios
hijos. Todo un despropósito, elevado a la
categoría de normalidad y de realización,
poco menos que óptima, de la tutela del
interés del menor. Instalamos en la
corrección la negación misma de la
corresponsabilidad de los progenitores, que
ha de continuar a pesar del divorcio. Y,
todo, por un plato de lentejas. ¿Es posible
una obscenidad mayor? Quizás, sí: que «no
se quiera ver», que diría Julián
Marías.
Al margen de tanta medida
hipócrita como se pone en marcha y tantas
energías mal gastadas, creo que el inicio
de la solución -si es que existe alguna-
radica en algo que no se quiere ni oír. En
mi opinión ante el desastre familiar que
propiciamos, no se puede evitar el examen
de conciencia personal. Fruto del mismo, es
muy posible que tengamos que reconocer que
nos vemos obligados buscar la culpa de
nuestros males, individuales, familiares y
sociales, «no fuera sino dentro» de
nosotros mismos.