El otro día murió El Fary,
inmenso donde los haya, jefe de las casetes
de giratorio de bar y gasolinera, muñequito
de espejo retrovisor vestido de Elvis,
protagonista indiscutible de Torrente,
el brazo tonto de la ley. El
Fary era pequeño, llevaba tacones y
mariconera, un caso de pelo y anillos en
los dedos. Si te fijabas bien, de medio
perfil, se parecía a Julio Cortazar.
Su París fue el madrileño barrio Bilbao; su
Maga fue su madre, a la que le dedicó más
de un tema; su Rayuela sus más de
300 canciones, que puedes escuchar en
cualquier orden y el resultado siempre es
el mismo, inmejorable; sus cronopios y sus
famas, los colegas del rastro de Madrid,
que tan bien conocía, donde comenzó
vendiendo sus propias grabaciones en el
suelo antes de pasar a la vertical de las
gasolineras. Participó en alguna serie de
televisión, Menudo es mi padre, pero
fue a las órdenes de Santiago Segura
en Torrente donde llegó a todos los
públicos con el hit Apatrullando la
ciudad.
A él se le deben frases
memorables como La calle ha sido mi
Cambridge -esta frase se la copió la
Munar el día que entró a negociar en
el despacho de Matas-. O, «soy
recortadito y no muy agraciado de morros»
-que fue lo que le contestó Matas para
hacerse el pobrecito y darle pena-. O, «No
soy feo, soy abstracto» -impagable
sentencia que llevaba Munar escrita a boli
en la ropa interior aquel día, respondiendo
a la exigencia de las bases de su partido
de hacer un eslogan que bien los definiera.
Por no hablar del clásico, «Luego encontré
mi estímulo en los fandanguitos, pero como
el flamenco da poco dinero, y yo necesitaba
una casa, me di a la cosa coplera, sin
dejar mis pellizquitos, eso sí» -excusa que
le esgrimió ella a él, ya subida a la mesa,
para justificar su ascenso de defensora del
pequeño agricultor a defensora de las
gravas.
También la parejita se
agenció canciones como, Paloma que
pierde el vuelo -cuando ya las cosas
entre ambos comenzaban a ir mal, y él se
arrepentía de haberse quemado en tantos
reproches. O El bichito del amor -un
día que ella regresó haciendo eses de un
dijous bo, y así se lo espetó. O aquella
otra célebre, «toro, torito, torito bravo,
lleva botines, no va descalzo», -canción
que, según dijeron, ella le cantó en un
conocido karaoke de la parte izquierda del
Nervión, con esos ojos tristes y bovinos
que sabe poner a lo
Pantoja.
Cuando llegó el
final, a él, abatido como un pájaro en
vuelo, solo ante un peligro que siempre
había sido más ficticio que real, pero a la
postre igualmente mortífero, no le quedó
más remedio que arrodillarse, y con la Mont
Blanc por micro dedicarle con los ojitos
cerrados Apatrullando la ciudad: «Lo mismo
rescata a un perro de morir atropellao/,
que evita que den un golpe/ en el
Vizcaya-Bilbao». Después, en un doloroso
gesto de adiós, le regaló la Mont Blanc.