El pasado jueves, un buen número de
profesores, parientes y amigos, honramos la
memoria de nuestro compañero recientemente
fallecido Carlos Gutiérrez en el
rectorado de la Universidad. Era un
profesor joven -había nacido en Pontevedra
en 1956- que nos dejaba a sus apenas
cincuenta años de edad. Se integró en la
recién nacida Universidad de las Islas
Baleares en 1980. Leyó su tesis en 1982 y
sería profesor titular desde 1985,
mostrando desde entonces sus excelentes
cualidades de profesor e investigador en el
ámbito del Derecho Procesal, una disciplina
jurídica árida que sin embargo ha dejado
grandes maestros.
Bueno es recordar,
para estímulo de muchos, el ejemplo del
maestro, compañero, esposo y padre que fue
Carlos, además teniendo en cuenta sus
específicas circunstancias como
personalidad también de la vida política.
Fue secretario general técnico del Gobierno
de la Comunidad Autónoma presidido por
Cristòfol Soler. Se reintegraría a
la Universidad en 1999, al perder el PP las
elecciones autonómicas, pero a partir del
2003 regresaría de nuevo a la política al
ser elegido senador del reino, cargo que ha
ostentado hasta su reciente
fallecimiento.
Hoy, en que el
ejercicio de la política anda harto
devaluado; en que muchos piensan que
dedicarse a tales menesteres es sólo cosa
de mediocres o de trepadores, contemplar la
imagen de Carlos Gutiérrez metido en
harina, en el día a día de la vida
política, dejando un reguero de honestidad
y de buen hacer, no debería pasarnos por
alto. Y así ha sucedido. Los historiadores
del Derecho recordamos el conocido
enfrentamiento entre el librepensador y
progresista Giner de los Ríos y el
católico y conservador Eduardo de
Hinojosa, cuando éste le comunicó al
insigne forjador de la Institución Libre de
Enseñanza, que dejaba su brillante vida
académica para asumir el comprometido cargo
de gobernador de Barcelona. El respeto
mutuo y el afecto estaban por encima de sus
ideas enfrentadas. Y en una misiva
memorable, le escribiría Giner el 3 de
noviembre de 1900: «Amigo mío, no puede
usted tener idea, ni remotamente, de la
cruel impresión que me hizo ver la noticia
de su nombramiento… se va a hacer una cosa
que puede hacer el primero que pase por la
calle, con tal de que no robe».
Está
claro que esto de la intervención en la
política siempre ha tenido su mala imagen;
que estemos en el 1900 o en el 2007, ésta
puede ser rentable para quienes en la
búsqueda del medro personal o de la
supervivencia no tienen otros asideros,
pero que es absolutamente rechazable para
la gente que no quiere jugar a la ruleta
rusa -pregunten sino a Jaume Matas-
y desea una vida sin sobresaltos, ganándose
el pan de cada día al margen de unas
elecciones o gansteriles ajustes de
cuentas, máxime cuando la hora de la
ideologías parece haber pasado a la
historia. Esta es la realidad. Pero de
cuando en cuando nos topamos con los Carlos
Gutiérrez o los Hinojosa, que abandonan su
poltrona o su torre de marfil y se lanzan
al ruedo. ¿Ambición? ¿Compromisos consigo
mismos? En cualquier caso este tipo de
gentes son más que necesarias. Aportan
credibilidad; auténtico aire fresco
que no es lo mismo que la frescura de la
ventolera del trepa o la trepa de turno. Y
disponen de la gran ventaja de no
permanecer sometidos al engranaje, de no
tener por qué permanecer quietos en la
foto, ya que al primer encontronazo con el
aparato pueden regresar a su vida
profesional anterior.
Que Carlos fue
un maestro y un político singular, cuyo
ejemplo debería ser imitado, no cabe duda
alguna. Creo que la rectora Montserrat
Casas, al abrir el acto que presidía,
dio con las palabras adecuadas. Recordó sus
contactos en el seno de la vida académica,
siendo defensora del estudiante y los
consejos de él recibidos, y cómo sus
intervenciones parlamentarias muchas de
ellas en temas clave de la vida social,
siempre las había pergeñado utilizando la
racionalidad, en un tono didáctico,
buscando el convencimiento del otro, más
allá de la dialéctica de partido. Una
actitud que a Casas no le resultaba
extraña, puesto que, diría expresamente,
«vaig veure sempre en ell un home convençut
de les seves idees, de la seva feina i de
tracte exquisit».
Sentimientos
semejantes expresaron sobre su persona,
políticos como Joan Huguet y figuras
destacadas de la vida parlamentaria como
Pío García Escudero, portavoz del PP
en el Senado, y naturalmente compañeros de
Facultad, como el decano Pedro
Munar, las profesoras Pilar
Ferrer, Irene Nadal, con la que
compartía disciplina, y Margarita
Tarabini, cuyas palabras, cogidas al
vuelo, al destacar su carácter, no puedo
dejar de transcribir: «La verdad es que era
un placer hablar con él. Era tal cual, sin
artificios, algo a veces tan difícil en el
ámbito universitario. Me llamó la atención
lo familiar que era, en el doble sentido de
cercanía y de vida familiar. Hablar con
Carlos era saber de su mujer y de sus
hijos, como si todos fueran uno, como si
careciera de sentido hablar sólo de él o
excluir del diálogo a los suyos». Percibir
todo esto del compañero que nos ha dejado,
muestra la coherencia de vida, la
autenticidad y el compromiso de toda su
persona con aquellos valores que de verdad
valen la pena. Y sus colegas y alumnos no
podíamos dejar de notarlo.
Carlos
provoca un gran vacío. Me lo ratificaba
pocas horas después, Irene Nadal, al
precisar cómo a poco de conocer su
fallecimiento, al desplazarse a clase, se
topó entre el manual y la bibliografía a
utilizar uno de los trabajos científicos
del compañero. ¿Casualidad? ¿Despedida
peculiar de aquel con el que había
compartido disciplina? Se trataba nada
menos que de «Prueba ilícita. Entrada y
registro sin previa autorización judicial».
Nuestro Carlos, siempre con grandes temas.
La gran suerte del profesor universitario
reside en su capacidad de dejar huella, de
permanecer, que a veces olvida al venderse
al oropel de ciertas glorias efímeras.
Carlos permanecerá. Muchos lo sabemos y en
ello nos gratificamos, porque el día que no
fuese vivencia ni tan siquiera el recuerdo
de su existencia, este mundo sería más
irrespirable que el engendrado por el
cambio climático.