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  Lunes, 25 de junio de 2007 Actualizado a las 01:34
 

EL TELESCOPIO
Carlos Gutiérrez, recordado en la UIB

ROMÁN PIÑA HOMS


El pasado jueves, un buen número de profesores, parientes y amigos, honramos la memoria de nuestro compañero recientemente fallecido Carlos Gutiérrez en el rectorado de la Universidad. Era un profesor joven -había nacido en Pontevedra en 1956- que nos dejaba a sus apenas cincuenta años de edad. Se integró en la recién nacida Universidad de las Islas Baleares en 1980. Leyó su tesis en 1982 y sería profesor titular desde 1985, mostrando desde entonces sus excelentes cualidades de profesor e investigador en el ámbito del Derecho Procesal, una disciplina jurídica árida que sin embargo ha dejado grandes maestros.

Bueno es recordar, para estímulo de muchos, el ejemplo del maestro, compañero, esposo y padre que fue Carlos, además teniendo en cuenta sus específicas circunstancias como personalidad también de la vida política. Fue secretario general técnico del Gobierno de la Comunidad Autónoma presidido por Cristòfol Soler. Se reintegraría a la Universidad en 1999, al perder el PP las elecciones autonómicas, pero a partir del 2003 regresaría de nuevo a la política al ser elegido senador del reino, cargo que ha ostentado hasta su reciente fallecimiento.

Hoy, en que el ejercicio de la política anda harto devaluado; en que muchos piensan que dedicarse a tales menesteres es sólo cosa de mediocres o de trepadores, contemplar la imagen de Carlos Gutiérrez metido en harina, en el día a día de la vida política, dejando un reguero de honestidad y de buen hacer, no debería pasarnos por alto. Y así ha sucedido. Los historiadores del Derecho recordamos el conocido enfrentamiento entre el librepensador y progresista Giner de los Ríos y el católico y conservador Eduardo de Hinojosa, cuando éste le comunicó al insigne forjador de la Institución Libre de Enseñanza, que dejaba su brillante vida académica para asumir el comprometido cargo de gobernador de Barcelona. El respeto mutuo y el afecto estaban por encima de sus ideas enfrentadas. Y en una misiva memorable, le escribiría Giner el 3 de noviembre de 1900: «Amigo mío, no puede usted tener idea, ni remotamente, de la cruel impresión que me hizo ver la noticia de su nombramiento… se va a hacer una cosa que puede hacer el primero que pase por la calle, con tal de que no robe».

Está claro que esto de la intervención en la política siempre ha tenido su mala imagen; que estemos en el 1900 o en el 2007, ésta puede ser rentable para quienes en la búsqueda del medro personal o de la supervivencia no tienen otros asideros, pero que es absolutamente rechazable para la gente que no quiere jugar a la ruleta rusa -pregunten sino a Jaume Matas- y desea una vida sin sobresaltos, ganándose el pan de cada día al margen de unas elecciones o gansteriles ajustes de cuentas, máxime cuando la hora de la ideologías parece haber pasado a la historia. Esta es la realidad. Pero de cuando en cuando nos topamos con los Carlos Gutiérrez o los Hinojosa, que abandonan su poltrona o su torre de marfil y se lanzan al ruedo. ¿Ambición? ¿Compromisos consigo mismos? En cualquier caso este tipo de gentes son más que necesarias. Aportan credibilidad; auténtico aire fresco que no es lo mismo que la frescura de la ventolera del trepa o la trepa de turno. Y disponen de la gran ventaja de no permanecer sometidos al engranaje, de no tener por qué permanecer quietos en la foto, ya que al primer encontronazo con el aparato pueden regresar a su vida profesional anterior.

Que Carlos fue un maestro y un político singular, cuyo ejemplo debería ser imitado, no cabe duda alguna. Creo que la rectora Montserrat Casas, al abrir el acto que presidía, dio con las palabras adecuadas. Recordó sus contactos en el seno de la vida académica, siendo defensora del estudiante y los consejos de él recibidos, y cómo sus intervenciones parlamentarias muchas de ellas en temas clave de la vida social, siempre las había pergeñado utilizando la racionalidad, en un tono didáctico, buscando el convencimiento del otro, más allá de la dialéctica de partido. Una actitud que a Casas no le resultaba extraña, puesto que, diría expresamente, «vaig veure sempre en ell un home convençut de les seves idees, de la seva feina i de tracte exquisit».

Sentimientos semejantes expresaron sobre su persona, políticos como Joan Huguet y figuras destacadas de la vida parlamentaria como Pío García Escudero, portavoz del PP en el Senado, y naturalmente compañeros de Facultad, como el decano Pedro Munar, las profesoras Pilar Ferrer, Irene Nadal, con la que compartía disciplina, y Margarita Tarabini, cuyas palabras, cogidas al vuelo, al destacar su carácter, no puedo dejar de transcribir: «La verdad es que era un placer hablar con él. Era tal cual, sin artificios, algo a veces tan difícil en el ámbito universitario. Me llamó la atención lo familiar que era, en el doble sentido de cercanía y de vida familiar. Hablar con Carlos era saber de su mujer y de sus hijos, como si todos fueran uno, como si careciera de sentido hablar sólo de él o excluir del diálogo a los suyos». Percibir todo esto del compañero que nos ha dejado, muestra la coherencia de vida, la autenticidad y el compromiso de toda su persona con aquellos valores que de verdad valen la pena. Y sus colegas y alumnos no podíamos dejar de notarlo.

Carlos provoca un gran vacío. Me lo ratificaba pocas horas después, Irene Nadal, al precisar cómo a poco de conocer su fallecimiento, al desplazarse a clase, se topó entre el manual y la bibliografía a utilizar uno de los trabajos científicos del compañero. ¿Casualidad? ¿Despedida peculiar de aquel con el que había compartido disciplina? Se trataba nada menos que de «Prueba ilícita. Entrada y registro sin previa autorización judicial». Nuestro Carlos, siempre con grandes temas. La gran suerte del profesor universitario reside en su capacidad de dejar huella, de permanecer, que a veces olvida al venderse al oropel de ciertas glorias efímeras. Carlos permanecerá. Muchos lo sabemos y en ello nos gratificamos, porque el día que no fuese vivencia ni tan siquiera el recuerdo de su existencia, este mundo sería más irrespirable que el engendrado por el cambio climático.

 
   
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