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  Lunes, 25 de junio de 2007 Actualizado a las 01:34
 

A CAPÓN
Divorcios Picapiedra

DAVID TORRES


La escena es por todos conocida: amuebló, a través de la televisión, muchas horas felices de nuestra infancia. Un hombre trabaja en la construcción; suena la sirena que anuncia el fin de la jornada; grita yabadabadú; baja deslizándose por el cuello de un triceratops; se introduce en un automóvil hecho de troncos y piedras y que funciona a pie; llega hasta su casa; prepara el plato de leche que deja en la puerta de la calle; saca al dinosaurio y lo deja a la intemperie; el dinosaurio se cuela por una ventana y lo deja fuera a él. En el último plano, el hombre aporrea la puerta, cabreado, mientras grita a pleno pulmón: «¡Vilmaaaaaaaaaa!».

Siempre había un episodio más entre Vilma y Pedro Picapiedra pero esta vez no podrá ser, esta vez Matas ha cogido la cesta de las chufas y se ha ido para siempre. A Vilma Picapiedra le da igual que a casa los filetes de brontosaurio los traiga un marido troglodita o un dinosaurio amaestrado. A ella lo que le importa es que no le falte su provisión de perlas del Mesozoico y abrigos de mamut a manta. Nadie esperaba que este matrimonio de cavernícolas, unidos por su común pasión por el ladrillo y la construcción, acabara algún día y menos aún de esta manera.

En Baleares nos habíamos acostumbrado (mejor sería decir resignado) a los Picapiedra, es decir, a la ubicuidad del cemento, los árboles desgajados, las nubes de polvo, las rotondas erigidas de la noche a la mañana y un horizonte de grúas levantiscas como cuellos de dinosaurio. Nos gustaban sus extrañas costumbres prehistóricas, sus garrotazos paleolíticos, sus gruñidos apenas articulados que lo mismo podían expresar hambre que amor que dos kilos más de pieles, urgh. La dimisión irrevocable de Pedro Picapiedra ha dejado a los televidentes huérfanos, porque, con el 47% de audiencia, era con mucho el dibujo animado más visto de las Islas.

Está muy feo eso de irse así y dejar a todos los colegas de diplodocus en la estacada. Cuánto desmerece la estampida de Matas al lado de la retirada de Morante de la Puebla, que se va otra vez de los ruedos tras una tarde de gloria en Las Ventas. Yo estaba allí, cuando el quinto toro le mandó a la enfermería de un empellón y Morante regresó media hora después para rematar al sexto de la tarde en una faena que más bien fue un western cuajado de verónicas, delantales, naturales y banderillas espeluznantes.

Nadie sabe por qué se despide Morante ahora, tras esa exhibición de facultades, pero al menos nos queda el consuelo del retorno de José Tomás que ha vuelto como salió: por la puerta grande. En cambio, a nadie le queda la menor duda de por qué se va Matas, enfadado como un niño al que no le han traído todos los juguetes. Es la diferencia entre los toreros del siglo XXI y los políticos de la Edad de Piedra.

 
   
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