La escena es por todos conocida:
amuebló, a través de la televisión, muchas
horas felices de nuestra infancia. Un
hombre trabaja en la construcción; suena la
sirena que anuncia el fin de la jornada;
grita yabadabadú; baja deslizándose
por el cuello de un triceratops; se
introduce en un automóvil hecho de troncos
y piedras y que funciona a pie; llega hasta
su casa; prepara el plato de leche que deja
en la puerta de la calle; saca al
dinosaurio y lo deja a la intemperie; el
dinosaurio se cuela por una ventana y lo
deja fuera a él. En el último plano, el
hombre aporrea la puerta, cabreado,
mientras grita a pleno pulmón:
«¡Vilmaaaaaaaaaa!».
Siempre había un
episodio más entre Vilma y Pedro Picapiedra
pero esta vez no podrá ser, esta vez
Matas ha cogido la cesta de las
chufas y se ha ido para siempre. A Vilma
Picapiedra le da igual que a casa los
filetes de brontosaurio los traiga un
marido troglodita o un dinosaurio
amaestrado. A ella lo que le importa es que
no le falte su provisión de perlas del
Mesozoico y abrigos de mamut a manta. Nadie
esperaba que este matrimonio de
cavernícolas, unidos por su común pasión
por el ladrillo y la construcción, acabara
algún día y menos aún de esta
manera.
En Baleares nos habíamos
acostumbrado (mejor sería decir
resignado) a los Picapiedra, es
decir, a la ubicuidad del cemento, los
árboles desgajados, las nubes de polvo, las
rotondas erigidas de la noche a la mañana y
un horizonte de grúas levantiscas como
cuellos de dinosaurio. Nos gustaban sus
extrañas costumbres prehistóricas, sus
garrotazos paleolíticos, sus gruñidos
apenas articulados que lo mismo podían
expresar hambre que amor que dos kilos más
de pieles, urgh. La dimisión irrevocable de
Pedro Picapiedra ha dejado a los
televidentes huérfanos, porque, con el 47%
de audiencia, era con mucho el dibujo
animado más visto de las Islas.
Está
muy feo eso de irse así y dejar a todos los
colegas de diplodocus en la estacada.
Cuánto desmerece la estampida de Matas al
lado de la retirada de Morante de la
Puebla, que se va otra vez de los
ruedos tras una tarde de gloria en Las
Ventas. Yo estaba allí, cuando el quinto
toro le mandó a la enfermería de un
empellón y Morante regresó media hora
después para rematar al sexto de la tarde
en una faena que más bien fue un western
cuajado de verónicas, delantales, naturales
y banderillas espeluznantes.
Nadie
sabe por qué se despide Morante ahora, tras
esa exhibición de facultades, pero al menos
nos queda el consuelo del retorno de
José Tomás que ha vuelto como salió:
por la puerta grande. En cambio, a nadie le
queda la menor duda de por qué se va Matas,
enfadado como un niño al que no le han
traído todos los juguetes. Es la diferencia
entre los toreros del siglo XXI y los
políticos de la Edad de Piedra.