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  Lunes, 25 de junio de 2007 Actualizado a las 01:26
 

Impresiones de Art Basel

El vídeo retrocede, la pintura se recupera y la fotografía se afianza en la feria



CARLOS JOVER/ ASUN CLAR

PALMA.- La coincidencia especial -que sólo se da cada diez años- de la celebración de la Feria de Basel junto a otras citas artísticas de gran relevancia, como es el caso de la Documenta de Kassel (cada cinco años), la Bienal de Venecia (obviamente cada dos) y el Proyecto de Exposición de Escultura Pública de Münster (cada diez años) sitúa a esta cita en una geografía del suceso artístico inmejorable, y como atalaya de vasta y total perspectiva para sondear los vientos del mercado y las brisas que mecen los amaneceres de los días todavía por venir.

Es interesante destacar que frente a las proposiciones más enfocadas a la presentación de discursos de tesis que analizan el devenir del arte contemporáneo, que se presentan usualmente en las muestras no anuales citadas, Basilea es el único punto donde el que habla es la cuestión económica y, por tanto, el lugar donde el coleccionista, tras ilustrarse en las otras ciudades, puede saciarse.

La 38ª edición de esta feria sigue demostrando su capacidad de atracción generando otras ferias alternativas que se suman al tirón que ésta produce; así, la independiente VOLTAshow celebra su tercera edición, y la balêLatina continúa por segundo año como espacio donde presentar el arte realizado en el ámbito de América Latina al que se suman propuestas españolas.

A todo ello hay que sumar la oferta en otros espacios de la ciudad, como la magnífica exposición antológica de Jasper Johns en el Kunstmuseum Basel, o la amplísima retrospectiva sobre Edvard Munich en la Fundación Beyeler.

La organización de la feria en dos pabellones del complejo construido en los años cincuenta por Hans Hoffmann distingue entre las instalaciones ubicadas en el Hall 1, presentadas como Art Unlimited, y las dos plantas del Hall 2, en el que la planta baja alberga las firmas más consagradas frente a las propuestas más actuales de la planta primera.

El recorrido por Art Unlimited siempre resulta gratificante; en esta ocasión la intervención de la escaleras mecánicas con las célebres franjas de Daniel Buren (obra que ha adquirido la Feria) comparten el espacio con los neones en movimiento de Guillaume Leblon que iluminan la antesala del pabellón donde se despliegan las intervenciones, muchas de ellas «site specific». El vídeo sí tiene aquí presencia (al contrario de la escasez de obras en este medio que se proyectan en el pabellón vecino), y piezas como la de Marijke Warmerdam (sumamente poética en lo visual); el innovador Cristal World (after J.G. Ballard), de Ann Lislegaard, con imágenes procesadas que hacen del espacio el elemento primordial a la hora de realizar una propuesta de ciencia-ficción; o el magnífico y dramático Ring, de Sebastián Díaz Morales, donde la violencia es sujeto cautivo de la imagen.

En el terreno puro de la intervención, llamó la atención la impresionante instalación de Allan McCollum, con unos cuantos centenares de siluetas sobre pequeños expositores, todos ellos recorriendo larguísimas estanterías que se elevaban ocho metros y que deshacían el concepto burgués de decoración hogareña; y también la obra On Water, del argentino Tomás Sarraceno, una burbuja de agua iluminada y suspendida sobre nuestras cabezas que era poesía en su máxima expresión.

Del resto, lo previsible: el inasequible Anish Kapoor que sigue en los cielos, Damien Hirst a precio suizo, un Julian Opie que empieza a estar agotado, los hermanos Tobías en pleno rendimiento e inspiración, alguna muestra tóxica de Bjarne Melgaard, un incipiente Ryan McGuinnes que debería quedarse de este lado del kitsch, y todos los clásicos del mundo que uno pueda imaginar, desde Richard Prince y la pareja Bernd y Hilla Becher, pasando por los obvios Wharhol y Picasso y Bacon y de Kooning y Rothko y etc., hasta los más cercanos Spoerri o Kounellis o Richter o el eterno Pistoletto. Entre los escasísimos representantes hispanos, cabe destacar el éxito de ventas de Jaume Plensa, presente en cuatro expositores, y la maravillosa participación en seis galerías de Juan Uslé, tal vez el español más importante en esta edición. Como es natural, en el expositor de Bischofberger se podían ver los puntos rojos, quién sabe si formando parte de la muestra, al lado de los enormes lienzos, de trazo ultraconocido por lo repetido, de Miquel Barceló.

Así como el vídeo ha mostrado un claro retroceso, a favor de una recuperación de la pintura, hay que constatar también el afianzamiento de la fotografía. Las ventas de Candida Höfer o los dos Thomas, Ruff y Struth, no hacían desmerecer al más impagable de los artistas en este medio, Jeff Wall, una de cuyas piezas vendidas, pretendida infructuosamente por un coleccionista mallorquín, de dos por dos metros, en caja de luz y edición de seis unidades, valía (y ya estaba vendida) la electrizante cantidad de trescientos mil dólares: toda una evidencia del hecho indiscutible de que la fotografía ha entrado ya de manera definitiva en el olimpo académico de las artes.

En definitiva, una gran feria, tal vez la más importante, la que materializa más transacciones, pero no la que recoge la última voz del circuito. Art Basel está a medio camino entre la Academia y el límite de lo último, justo ese punto que gusta transitar a algunos ricos coleccionistas, que no gustan de peligros innecesarios.

 
   
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