CARLOS JOVER/ ASUN CLAR
PALMA.- La
coincidencia especial -que sólo se da cada
diez años- de la celebración de la Feria de
Basel junto a otras citas artísticas de
gran relevancia, como es el caso de la
Documenta de Kassel (cada cinco años), la
Bienal de Venecia (obviamente cada dos) y
el Proyecto de Exposición de Escultura
Pública de Münster (cada diez años) sitúa a
esta cita en una geografía del suceso
artístico inmejorable, y como atalaya de
vasta y total perspectiva para sondear los
vientos del mercado y las brisas que mecen
los amaneceres de los días todavía por
venir.
Es interesante destacar que
frente a las proposiciones más enfocadas a
la presentación de discursos de tesis que
analizan el devenir del arte contemporáneo,
que se presentan usualmente en las muestras
no anuales citadas, Basilea es el único
punto donde el que habla es la cuestión
económica y, por tanto, el lugar donde el
coleccionista, tras ilustrarse en las otras
ciudades, puede saciarse.
La 38ª
edición de esta feria sigue demostrando su
capacidad de atracción generando otras
ferias alternativas que se suman al tirón
que ésta produce; así, la independiente
VOLTAshow celebra su tercera edición, y la
balêLatina continúa por segundo año como
espacio donde presentar el arte realizado
en el ámbito de América Latina al que se
suman propuestas españolas.
A todo
ello hay que sumar la oferta en otros
espacios de la ciudad, como la magnífica
exposición antológica de Jasper Johns en el
Kunstmuseum Basel, o la amplísima
retrospectiva sobre Edvard Munich en la
Fundación Beyeler.
La organización de
la feria en dos pabellones del complejo
construido en los años cincuenta por Hans
Hoffmann distingue entre las instalaciones
ubicadas en el Hall 1, presentadas como Art
Unlimited, y las dos plantas del Hall 2, en
el que la planta baja alberga las firmas
más consagradas frente a las propuestas más
actuales de la planta primera.
El
recorrido por Art Unlimited siempre resulta
gratificante; en esta ocasión la
intervención de la escaleras mecánicas con
las célebres franjas de Daniel Buren (obra
que ha adquirido la Feria) comparten el
espacio con los neones en movimiento de
Guillaume Leblon que iluminan la antesala
del pabellón donde se despliegan las
intervenciones, muchas de ellas «site
specific». El vídeo sí tiene aquí presencia
(al contrario de la escasez de obras en
este medio que se proyectan en el pabellón
vecino), y piezas como la de Marijke
Warmerdam (sumamente poética en lo visual);
el innovador Cristal World (after J.G.
Ballard), de Ann Lislegaard, con
imágenes procesadas que hacen del espacio
el elemento primordial a la hora de
realizar una propuesta de ciencia-ficción;
o el magnífico y dramático Ring, de
Sebastián Díaz Morales, donde la violencia
es sujeto cautivo de la imagen.
En el
terreno puro de la intervención, llamó la
atención la impresionante instalación de
Allan McCollum, con unos cuantos centenares
de siluetas sobre pequeños expositores,
todos ellos recorriendo larguísimas
estanterías que se elevaban ocho metros y
que deshacían el concepto burgués de
decoración hogareña; y también la obra
On Water, del argentino Tomás
Sarraceno, una burbuja de agua iluminada y
suspendida sobre nuestras cabezas que era
poesía en su máxima expresión.
Del
resto, lo previsible: el inasequible Anish
Kapoor que sigue en los cielos, Damien
Hirst a precio suizo, un Julian Opie que
empieza a estar agotado, los hermanos
Tobías en pleno rendimiento e inspiración,
alguna muestra tóxica de Bjarne Melgaard,
un incipiente Ryan McGuinnes que debería
quedarse de este lado del kitsch, y todos
los clásicos del mundo que uno pueda
imaginar, desde Richard Prince y la pareja
Bernd y Hilla Becher, pasando por los
obvios Wharhol y Picasso y Bacon y de
Kooning y Rothko y etc., hasta los más
cercanos Spoerri o Kounellis o Richter o el
eterno Pistoletto. Entre los escasísimos
representantes hispanos, cabe destacar el
éxito de ventas de Jaume Plensa, presente
en cuatro expositores, y la maravillosa
participación en seis galerías de Juan
Uslé, tal vez el español más importante en
esta edición. Como es natural, en el
expositor de Bischofberger se podían ver
los puntos rojos, quién sabe si formando
parte de la muestra, al lado de los enormes
lienzos, de trazo ultraconocido por lo
repetido, de Miquel Barceló.
Así como
el vídeo ha mostrado un claro retroceso, a
favor de una recuperación de la pintura,
hay que constatar también el afianzamiento
de la fotografía. Las ventas de Candida
Höfer o los dos Thomas, Ruff y Struth, no
hacían desmerecer al más impagable de los
artistas en este medio, Jeff Wall, una de
cuyas piezas vendidas, pretendida
infructuosamente por un coleccionista
mallorquín, de dos por dos metros, en caja
de luz y edición de seis unidades, valía (y
ya estaba vendida) la electrizante cantidad
de trescientos mil dólares: toda una
evidencia del hecho indiscutible de que la
fotografía ha entrado ya de manera
definitiva en el olimpo académico de las
artes.
En definitiva, una gran feria,
tal vez la más importante, la que
materializa más transacciones, pero no la
que recoge la última voz del circuito. Art
Basel está a medio camino entre la Academia
y el límite de lo último, justo ese punto
que gusta transitar a algunos ricos
coleccionistas, que no gustan de peligros
innecesarios.