El jueves pasado en Palma coincidieron
dos actos de mucho tirón a las ocho de la
tarde. Lo típico, ya sabemos que Palma está
que revienta de vida social y concretamente
cultural. Este mes la librería Literanta
saca humo de tanta actividad. Allí, hace
diez días, Ramón Aguiló aprovechó la
celebración de Entre la carne y la
rosa, poemario de Emilio Arnao, para
recitar a Dámaso Alonso y Rubén Darío, con
la pasión que le caracteriza y consiguiendo
lo imposible: que nadie estallase en
carcajadas cuando aparecían, entre los
versos de Arnao, metáforas insólitas del
estilo «el fornicio de los melones» o «la
vida real como ano de camello». Allí, el
miércoles presentaba Inés Matute su novela
Autorretrato con isla, con éxito de
público y solemnes discursos de Juan Luis
Calbarro y Miquel Àngel Lladó, un poeta que
está de suerte porque a él no le quitan la
lengua en la que escribe de los premios
Ciutat de Palma, por gentileza de UM y el
PSM. Matute se descolgó con una explicación
brillante, arrolladora como su cabellera
negra, acerca de esta historia de una
ex-etarra exiliada en Canarias que medita
sobre la culpa, la guerra de los Balcanes y
el amor.
Matute no es ex-etarra sino
todo lo contrario, una entre miles de
vascos que decidieron apostar por la
felicidad y escapar del infierno
abandonando aquella Euskadi de hace veinte
años. Tampoco ha estado nunca en Canarias,
y se ha marcado un tanto de buena
ficcionadora al engañar a su propio
editor.
El jueves Literanta volvió a
ponerse de largo para presentar el libro de
Falko Haase, el niño más veterano de
nuestro panorama literario. Su libro
Surreal fue presentado por dos
magistrales cómicos, Antonio Rigo y
Salvador Bonet, que montaron un número
circernse perfectamente adaptado al
espíritu del escultor alemán y su propuesta
artística. El texto de Haase es una fiesta
de humor e ingenio, un juego de absurdo y
borrosas fronteras entre sueño y realidad,
o sea hiperrealidad, súper-realidad,
surrealismo. Salvador Bonet, que deberían
fichar en la nueva IB3 para deleite de los
telespectadores, homenajeó a Haase y su
dedicación a las esculturas aeronáuticas
convirtiéndose en un espantapájaros que
luego se transformó en cometa. Rigo tiraba
de una cuerda y Bonet volaba en Literanta.
Fue lo más divertido que nunca se le ha
visto hacer a este gran cómico, famoso por
contar el cuento de Caperucita al revés
(sílaba a sílaba) y por no tener teléfono
móvil.
Pero a esa misma hora actuaban
en el salón de actos de Caixafórum
Guillamino y Pedrals, un músico y un poeta
que han fundido sus artes en un disco
titulado En/doll. Josep Pedrals es
un poeta muy conocido ya, cuya fama de
audaz rapsoda le precede hace años. Me lo
perdí en su actuación en la segunda y
última Tertùlia@Deià, y el jueves no quería
reincidir. Así que dejé a Bonet volando y
me teletransporté al Gran Hotel, a un
recital con música electrónica. Bueno, me
dije, tratándose de Pedrals nada es
imposible. El estruendo me indicó el
camino. Entré en la sala y me quedé
patidifuso. Me senté en la primera butaca
que vi, en la última fila, como para
asimilar la impresión.
Tres tipos
cantaban hip hop en catalán en un
escenario. Ahí estaba Josep Pedrals, el
autor de Furgatori y Escola
italiana, micro en mano, demostrando un
dominio indudable del lenguaje corporal y
musical. Puro espectáculo, y extasiante
cuando salieron las dos chicas a hacer
coros añadiendo una corografía de caderas.
Poesía es ritmo, y el maestro de los
recursos fonéticos, del juego verbal que es
Pedrals, tiene mucho ganado a quienes
intentan hacer hip hop sin más bagaje que
su ilusión. Las canciones de En/doll
tienen muchísima gracia, desde la propuesta
para convertirnos en ranas en el retrete a
la descripción de un Arca de Noé como una
Babel intemporal. En la actuación Pedrals
hizo un «solo» a base de nombres de
dictadores del planeta realmente
desternillante y técnicamente
chapeau. Ya lo dijo hace no mucho
Nadal Suau: el hip hop es la poesía de hoy.
Si es un estilo musical que deja el
protagonismo a los textos, al menos que los
textos sean obra de buenos poetas. Pedrals
abre un camino lógico en la poesía que
cultiva: acerca este arte a nuestro siglo.
Fernández Mallo puede brindar por ello.