Ocupados como estábamos en atisbar los
posibles pactos que se cuecen en la marmita
del poder y perplejos ante la iconografía
sicalíptica que nos ofrece el Institut
d'Estudis Baleàrics, descuidamos las
peripecias de la funeraria alemana de
Porreres. Nunca tendrá encomio suficiente
la labor de los cronistas que rescatan para
los lectores esta realidad desconocida que
al ser mostrada, tanto nos dice de nuestros
sueños, miedos y anhelos, de nosotros
mismos.
Desconozco la situación legal
de Die weisse Taube, salvo la
carencia de licencia municipal. Sé de la
competencia que siempre hubo entre las
empresas de pompas fúnebres para hacerse
con los difuntos. Sé que en muchos
municipios el servicio está municipalizado
en régimen de monopolio y que los
fallecimientos y enterramientos fuera del
término municipal conllevan problemas de
permisos sanitarios y roces comerciales
entre empresas que se disputan el
beneficio. Novedosa es la situación en que
en el negocio de la muerte con fronteras
vigiladas entre términos municipales
aparezcan intrusos, merced a las
expectativas de negocio creadas por los
residentes alemanes de edad provecta. No
existen nichos sin explotar en la lógica
del capital.
Además de la enrevesada
trayectoria de unos restos incinerados de
forma presuntamente irregular en Barcelona,
la empresa debe afrontar un expediente
administrativo por la custodia del cadáver
de una señora alemana en sus dependencias
de Porreres. El aire acondicionado a la
máxima potencia atemperaba el ardor
guerrero de los gérmenes de la
putrefacción, pero no alcanzaba la
temperatura requerida para satisfacer los
estándares de una cámara de conservación.
No sé cuál debe ser el protocolo de
identificación de un cadáver, ni los
requisitos para disponer de autorización
administrativa para el ejercicio de la
actividad fúnebre, pero tranquiliza la
actuación de los inspectores haciendo luz
donde había tinieblas, enfriando este
material delicado, de humores atravesado,
la carne.
El propio nombre de la
empresa denota la preocupación del sector
por el léxico apaciguador y en general por
las formas. Se trata de maquillar y no sólo
metafóricamente, la condición de mercancía
de los restos de alguien que amó y fue
amado, la condición que nos espera a todos,
que vivimos como si no fuéramos materia
prima del negocio. La exposición en
escaparate de los elementos materiales
configuradores del espacio del tránsito,
ataúdes simples, con acolchados, mirillas,
de madera de pino, de arce, de nogal, de
caobas, afectó emocionalmente a los
habitantes del pueblo hasta el extremo de
que del ayuntamiento había llegado la
recomendación de que se corrieran las
cortinas, argumentando la diferencia de
costumbres. Desconocía que en Alemania se
estile el escaparatismo funerario, pero la
queja del propietario: «es un negocio como
otro cualquiera», sugiere que las
costumbres deben convertirse en normas
administrativas para poder imponerse,
evitando este nuevo ¡memento mori!
comercial, sustituto del que le gritaba el
esclavo al tribuno vencedor, que nos llega
de La Paloma Blanca.
Como en
todo, las costumbres varían con el
personal. La gente con sentido de la
tradición escogía para los acontecimientos
cruciales de la vida, por ejemplo para la
primera comunión, el traje blanco de
marinero con lazo azul y como ataúd, el
sencillo de tabla de pino forrado de tela
negra. Por el contrario los más horteras y
adinerados escogían para el último tránsito
las maderas barnizadas, herrajes de latón y
acolchados de raso, y para la primera
comunión, los uniformes de almirante de la
flota rusa en el Báltico con cordón de
herretes, gorra de plato y misal nacarado
con rosario, todo a juego.
Es la
globalización. Somos la comunidad autónoma
con mayor porcentaje de inmigrantes,
provenientes de más de un centenar de
países. Se impregnarán de nuestras
costumbres, pero el paisaje de las nuestras
también va a cambiar, están cambiando.
La Paloma Blanca, con la torpeza del
recién llegado nos lo está anunciando.
Nuestros pueblos y ciudades, nuestros
barrios, los de siempre, ya no son los
mismos. El tiempo dejó de ser inmóvil y el
futuro se vislumbra incierto pero dinámico.
Otros inmigrantes llegaron tiempo ha y nos
obsequiaron con sus dones, como las
jacarandas, que nos regalan el palisandro y
la belleza de sus flores, que tiñen de
violeta mañanas y atardeceres de junio.