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  Viernes, 15 de junio de 2007 Actualizado a las 01:47
 

EL ÁGORA
La Paloma Blanca

RAMON AGUILÓ


Ocupados como estábamos en atisbar los posibles pactos que se cuecen en la marmita del poder y perplejos ante la iconografía sicalíptica que nos ofrece el Institut d'Estudis Baleàrics, descuidamos las peripecias de la funeraria alemana de Porreres. Nunca tendrá encomio suficiente la labor de los cronistas que rescatan para los lectores esta realidad desconocida que al ser mostrada, tanto nos dice de nuestros sueños, miedos y anhelos, de nosotros mismos.

Desconozco la situación legal de Die weisse Taube, salvo la carencia de licencia municipal. Sé de la competencia que siempre hubo entre las empresas de pompas fúnebres para hacerse con los difuntos. Sé que en muchos municipios el servicio está municipalizado en régimen de monopolio y que los fallecimientos y enterramientos fuera del término municipal conllevan problemas de permisos sanitarios y roces comerciales entre empresas que se disputan el beneficio. Novedosa es la situación en que en el negocio de la muerte con fronteras vigiladas entre términos municipales aparezcan intrusos, merced a las expectativas de negocio creadas por los residentes alemanes de edad provecta. No existen nichos sin explotar en la lógica del capital.

Además de la enrevesada trayectoria de unos restos incinerados de forma presuntamente irregular en Barcelona, la empresa debe afrontar un expediente administrativo por la custodia del cadáver de una señora alemana en sus dependencias de Porreres. El aire acondicionado a la máxima potencia atemperaba el ardor guerrero de los gérmenes de la putrefacción, pero no alcanzaba la temperatura requerida para satisfacer los estándares de una cámara de conservación. No sé cuál debe ser el protocolo de identificación de un cadáver, ni los requisitos para disponer de autorización administrativa para el ejercicio de la actividad fúnebre, pero tranquiliza la actuación de los inspectores haciendo luz donde había tinieblas, enfriando este material delicado, de humores atravesado, la carne.

El propio nombre de la empresa denota la preocupación del sector por el léxico apaciguador y en general por las formas. Se trata de maquillar y no sólo metafóricamente, la condición de mercancía de los restos de alguien que amó y fue amado, la condición que nos espera a todos, que vivimos como si no fuéramos materia prima del negocio. La exposición en escaparate de los elementos materiales configuradores del espacio del tránsito, ataúdes simples, con acolchados, mirillas, de madera de pino, de arce, de nogal, de caobas, afectó emocionalmente a los habitantes del pueblo hasta el extremo de que del ayuntamiento había llegado la recomendación de que se corrieran las cortinas, argumentando la diferencia de costumbres. Desconocía que en Alemania se estile el escaparatismo funerario, pero la queja del propietario: «es un negocio como otro cualquiera», sugiere que las costumbres deben convertirse en normas administrativas para poder imponerse, evitando este nuevo ¡memento mori! comercial, sustituto del que le gritaba el esclavo al tribuno vencedor, que nos llega de La Paloma Blanca.

Como en todo, las costumbres varían con el personal. La gente con sentido de la tradición escogía para los acontecimientos cruciales de la vida, por ejemplo para la primera comunión, el traje blanco de marinero con lazo azul y como ataúd, el sencillo de tabla de pino forrado de tela negra. Por el contrario los más horteras y adinerados escogían para el último tránsito las maderas barnizadas, herrajes de latón y acolchados de raso, y para la primera comunión, los uniformes de almirante de la flota rusa en el Báltico con cordón de herretes, gorra de plato y misal nacarado con rosario, todo a juego.

Es la globalización. Somos la comunidad autónoma con mayor porcentaje de inmigrantes, provenientes de más de un centenar de países. Se impregnarán de nuestras costumbres, pero el paisaje de las nuestras también va a cambiar, están cambiando. La Paloma Blanca, con la torpeza del recién llegado nos lo está anunciando. Nuestros pueblos y ciudades, nuestros barrios, los de siempre, ya no son los mismos. El tiempo dejó de ser inmóvil y el futuro se vislumbra incierto pero dinámico. Otros inmigrantes llegaron tiempo ha y nos obsequiaron con sus dones, como las jacarandas, que nos regalan el palisandro y la belleza de sus flores, que tiñen de violeta mañanas y atardeceres de junio.

 
   
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