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  Jueves, 14 de junio de 2007 Actualizado a las 01:15
 

EN VENA
Las aceras y los chicles

ROMÁN PIÑA VALLS


El quinto disco de Marea, grupo de rock urbano que pronto acutará en Felanitx, se titula Las aceras están llenas de piojos. ¿A qué aceras se refieren estos epígonos de la llamada poesía barriobajera? Si se refieren a las aceras de Palma, estamos de suerte. Ha tardado en llegar, pero ha llegado. Tenemos la solución. Es verdad que los piojos no discriminan socialmente, que lo mismo saltan a una cabeza recién lavada en Llongueras que a una melena de rockero. Pero hace unos días Catalina Cirer, que no tiene piojos porque toda su cabeza en una fortaleza en posición de ataque, lanzas en ristre, presentó a los medios una máquina milagrosa, un invento que de haber sido presentado en plena campaña electoral habría conquistado los miles de votos que el PP esta vez necesitaba para librarse de una negociación repugnante con UM. Nos referimos a la máquina para quitar chicles de las aceras. Y que, se supone, de paso quita piojos, esputos y hasta gatos aplastados por el trasiego de los peatones.

Le pregunté a Francisca Armengol si acabar con los chicles de las aceras de Palma era la gran asignatura pendiente de Palma, y respondió que ojalá. Ojalá Cirer hubiese sacado a la calle esta máquina maravillosa que, dicen, puede quitar esas manchas de chicles que hacen de Palma una ciudad con personalidad propia. Ver de repente nuestras aceras sin esos topos inmundos, hechos ya piel de nuestros días, parece tan milagroso que hasta podríamos empezar a creer que todo puede ser limpiado. Si podemos quitar esos quistes que echan raíces en nuestro subsuelo con tanta arrogancia como unas ruinas romanas, es que lo podemos todo.

Para invento tan sorprendente el Ayuntamiento de Palma puede que haya recurrido a Hayao Miyazaki, que es un experto en magia e higiene. En sus magistrales películas (La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro), Miyazaki ha sabido ilustrarnos de manera impactante sobre la capacidad de penetración y la fuerza invasora de la inmundicia. Los chicles en nuestras aceras son como ese profundo saco de deshechos y putrefacción que Chihiro consigue extirpar del dios río, con ayuda de pócimas poderosas. Si podemos borrar las pecas de la epidermis de Palma, a lo mejor podemos borrar esos otros tumores mucho más nocivos que se han instalado en nuestras instituciones. Hay algunos políticos que no se van nunca, son ese chicle pegado a la tapizería del sillón que, damos por supuesto, seguirá ahí cuando nos muramos, a menos que quememos el sillón. Ahora, en Mallorca, viene una nueva raza de chicles, que son ya quiste, son ya mancha antes incluso de tocar la acera. Viene ya inflados, en forma de globo. Son sólo una chuchería que merece acabar en la papelera en cinco minutos, pero con vocación de saltar a la vía pública, a la vida pública, para pegarse como lapas indefinidamente.

Hay que encargar una nueva máquina para extirpar a estos temibles parásitos.

 
   
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