DEMOCRACIA. A ver si lo entiendo. La
democracia representativa, también llamada
gobierno del pueblo, consiste en que una
vez que Maria Antònia Munar conoce
la oferta de gobierno de Antich, se
reúne con Matas para ver si tiene
algo mejor que ofrecer y decidir finalmente
lo que más le convenga, mientras
Catalina Cirer, Rosa Estaràs,
Miquel Nadal y todos los demás
diputados y concejales electos, ya sean del
PP, el PSOE o UM, que no tienen ni voz ni
voto en la negociación, aguardan
pacientemente en la puerta para conocer el
resultado de las deliberaciones y su propio
futuro político.
Lo gracioso del
asunto es que a este reparto caciquil de
cargos y poderes entre Munar, Matas o
Antich le llaman democracia y lo más
divertido todavía: hay gente que se lo toma
en serio. Gente importantísima, con
estudios y responsabilidades al más alto
nivel.
NEGOCIAR. Y claro, como todo
lo anterior es grotesco y no hay por dónde
salvarlo, los sesudos e interesados
analistas de la realidad política, los
amigos del poder, llegan a una sublime
conclusión: la culpa es del sistema. ¿Del
sistema?, sí, del sistema electoral, como
si el sistema tuviera vida propia y Munar
se sentara a negociar con el sistema.
Bueno, bien, admitamos que una parte
de la culpa es del sistema y cambiémoslo
por otro, pero entonces, ¿cómo arreglamos
el principal problema político de nuestra
democracia, el de las personas? ¿Qué
hacemos con los políticos que utilizan
injustamente los sistemas para conveniencia
propia y de su partido, saltándose los
principios morales sin los cuales ningún
sistema democrático es posible? ¿Qué
hacemos con las personas? Ése es el
problema.
PERSONAS. A lo mejor, si
todos estos analistas que nos hablan de los
problemas que nos causa el sistema, nos
hablaran de los problemas que nos causan
las personas, de los políticos con nombres
y apellidos, quizás los ciudadanos, que no
sienten el más mínimo interés por el
sistema, porque los sistemas son un tema de
debate aburridísimo, empezarían a
interesarse por las personas, que eso sí
que tiene interés humano, y entonces podría
darse el caso de que las personas,
convertidas en centro de interés ciudadano,
se vean en la necesidad de imponer su
personalidad, su valía y su moral a los
sistemas, los intereses electorales y la
conveniencias de partido.
Si en vez
de decirnos, tenemos un problema con el
sistema, nos dijeran, tenemos un gran
problema con las personas, a lo mejor los
sistemas funcionarían muchísimo mejor.
Estamos deshumanizando la política,
sistematizando a las personas, y eso es muy
aburrido y muy desolador.
VOMITAR.
Pero no nos pongamos serios, por favor, que
luego pasa lo que pasa. Por ejemplo, he
leído un artículo del notario Rafael Gil
Mendoza, que es un tipo estupendo,
cargado de sensatez y sentido del humor, en
el que explica que el trapicheo de cargos
que está teniendo lugar estos días en
Baleares le produce vómitos. Espero que lo
diga en sentido figurado, porque si la
gente inteligente y dotada de excelente
sentido del humor, como Gil Mendoza, se
pone a vomitar, ¿qué futuro nos espera a
los de intelecto común, con lo que nos
cuesta digerir las cosas? Nos vamos a tener
que tirar por el balcón y tampoco se trata
de eso. Por favor, pase lo que pase
finalmente con los pactos, que no vomite
nadie, que vamos a poner la ciudad
perdida.
PLAYA. Cambio de tercio para
comentar que alguien, no se sabe muy bien
quién, porque estas cosas nunca se saben,
ha tenido la ocurrencia de lanzar aguas
fecales en la playa de Cala Gran, en Cala
d'Or, lo que ha obligado a cerrar la playa
en plena temporada turística, con el
consiguiente cabreo para los bañistas y el
deterioro que eso supone para nuestra buena
imagen exterior. Y estas cosas pueden
pasar, claro que sí, pero no en una
sociedad que depende para su subsistencia
del turismo de playa. Espero que Gil
Mendoza no se entere de esta noticia porque
seguro que vomita.
martazoreda@ccr.es