Cuando a los indios de Bolivia les
golpea el soroche (mal de altura)
vuelcan un manojo de coca en la buchaca y
siguen montaña arriba hasta que el cóndor
anuncia el último espesor del aire, la
cresta del cielo, el culo ascético del
mundo. Y después de la navegación
alpina se montan un partido de fútbol
en el alto arrecife de la aurora
humana, que dijo Neruda, por
llenar de algo la tarde. Pero la FIFA, en
plan Cruz Roja, quiere prohibir la Liga del
indio si sus estadios están más allá de los
2.500 metros de altitud, que lo están.
Pretende así evitar que a los jugadores les
dé el apunamiento (otra forma de
decir mal de altura), que es un
doping de oxígeno sin mezcla, un
chute de aire puro que marea.
La
FIFA, ese cruce de casino de señoritos y
casa de empeño, se ha sacado esta nueva
gilipollez de la chistera, más que nada por
incordiar. Habrá que ver primero si en
Bolivia queda personal para articular
equipos de fútbol después de la desbandada
emigrante, o están amaestrando llamas macho
para hacer de portero, a la manera de
Reina, con un cardado de
alpaca.
En protesta, Evo
Morales se calzó las botas y mostró su
gambeta de pobre, su regate revolucionario,
su caño marxista de último mohicano. Vetar
el fútbol en Bolivia por la altura es como
prohibir la muñeira en Galicia por la
humedad. Cosas de la FIFA. Hay más peligro
de soroche a ras de suelo, en la
entreplanta (y en la entrepierna) de los
despachos de los clubes europeos, allí
donde se mueve un vértigo sucio de millones
y un tráfico de cholos sin edad
engrasando el rodamiento de la
especulación. A esta orgía nadie le pone
freno porque el pulmón del deporte se
hincha con una tramontana de billetes y el
espectáculo debe continuar.
La aldea
global tiene al fútbol como bandera y ésta
se extiende hasta los riscos de la América
pobre, sobre todo allí, donde los indios no
sonríen porque la risa da hambre. Escribe
W.H. Auden en uno de sus
poemas que el mal habita en el
corrupto corazón de las ciudades. El
baranda de la FIFA, Sepp Blatter, no
se ha cuestionado qué puede suceder en un
país donde se aplica la ley seca al
fútbol. O se lo han dicho y por eso lo
hace. En esta posmodernidad anestesiada
algo así desgasta más a un gobierno que el
saqueo en las minas de Potosí. También va
mal el frío para los huesos y no hay
pelotas a echar el cierre en los estadios
rusos.
Es esta una época de
desplantes absurdos, de Blatter a
Gallardón -que se mira en el espejo
del zar Sarkozy-, pasando por
Miguel Sebastián -hola y adiós- y
haciendo parada en el etrusco
Capello, nostálgico de aquel
franquismo de «orden riguroso». Vivimos,
irremediablemente, en la hora de la
desconfianza. La grandeza del fútbol está,
tan sólo, en las punteras de cuatro o cinco
jugadores. Lo demás es un zoo bien
alimentado, feudo de la mediocridad y de la
intriga.
Es preferible un partido
con espontáneos vestidos de gamberros y el
árbitro que pita con una flauta de pan a
cualquier censura de esa fantasía que puede
proporcionar el fútbol. Lo de quitarle a
Bolivia su Liga tiene algo de teatro
pánico, como prohibir la sed en alta mar
porque sobra el agua afuera. Cosas de la
FIFA. Ya no hay duda de que el soroche
está aquí abajo, donde el asma del
dinero.