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  Sábado, 2 de junio de 2007 Actualizado a las 01:17
 

SIN ANTIDOPING
Mal de altura

ANTONIO LUCAS


Cuando a los indios de Bolivia les golpea el soroche (mal de altura) vuelcan un manojo de coca en la buchaca y siguen montaña arriba hasta que el cóndor anuncia el último espesor del aire, la cresta del cielo, el culo ascético del mundo. Y después de la navegación alpina se montan un partido de fútbol en el alto arrecife de la aurora humana, que dijo Neruda, por llenar de algo la tarde. Pero la FIFA, en plan Cruz Roja, quiere prohibir la Liga del indio si sus estadios están más allá de los 2.500 metros de altitud, que lo están. Pretende así evitar que a los jugadores les dé el apunamiento (otra forma de decir mal de altura), que es un doping de oxígeno sin mezcla, un chute de aire puro que marea.

La FIFA, ese cruce de casino de señoritos y casa de empeño, se ha sacado esta nueva gilipollez de la chistera, más que nada por incordiar. Habrá que ver primero si en Bolivia queda personal para articular equipos de fútbol después de la desbandada emigrante, o están amaestrando llamas macho para hacer de portero, a la manera de Reina, con un cardado de alpaca.

En protesta, Evo Morales se calzó las botas y mostró su gambeta de pobre, su regate revolucionario, su caño marxista de último mohicano. Vetar el fútbol en Bolivia por la altura es como prohibir la muñeira en Galicia por la humedad. Cosas de la FIFA. Hay más peligro de soroche a ras de suelo, en la entreplanta (y en la entrepierna) de los despachos de los clubes europeos, allí donde se mueve un vértigo sucio de millones y un tráfico de cholos sin edad engrasando el rodamiento de la especulación. A esta orgía nadie le pone freno porque el pulmón del deporte se hincha con una tramontana de billetes y el espectáculo debe continuar.

La aldea global tiene al fútbol como bandera y ésta se extiende hasta los riscos de la América pobre, sobre todo allí, donde los indios no sonríen porque la risa da hambre. Escribe W.H. Auden en uno de sus poemas que el mal habita en el corrupto corazón de las ciudades. El baranda de la FIFA, Sepp Blatter, no se ha cuestionado qué puede suceder en un país donde se aplica la ley seca al fútbol. O se lo han dicho y por eso lo hace. En esta posmodernidad anestesiada algo así desgasta más a un gobierno que el saqueo en las minas de Potosí. También va mal el frío para los huesos y no hay pelotas a echar el cierre en los estadios rusos.

Es esta una época de desplantes absurdos, de Blatter a Gallardón -que se mira en el espejo del zar Sarkozy-, pasando por Miguel Sebastián -hola y adiós- y haciendo parada en el etrusco Capello, nostálgico de aquel franquismo de «orden riguroso». Vivimos, irremediablemente, en la hora de la desconfianza. La grandeza del fútbol está, tan sólo, en las punteras de cuatro o cinco jugadores. Lo demás es un zoo bien alimentado, feudo de la mediocridad y de la intriga.

Es preferible un partido con espontáneos vestidos de gamberros y el árbitro que pita con una flauta de pan a cualquier censura de esa fantasía que puede proporcionar el fútbol. Lo de quitarle a Bolivia su Liga tiene algo de teatro pánico, como prohibir la sed en alta mar porque sobra el agua afuera. Cosas de la FIFA. Ya no hay duda de que el soroche está aquí abajo, donde el asma del dinero.

 
   
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