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  Jueves, 17 de mayo de 2007 Actualizado a las 01:20
 

'Centro blanco' de Mark Rothko: el cuadro más caro de los últimos 50 años


JULIO VALDEÓN BLANCO

Especial para EL MUNDO

NUEVA YORK.- Mark Roth0ko vuelve de entre los muertos para reinar. Una pintura suya, Centro blanco (amarillo, rosa y lavanda sobre rosa), de 1950, ha sido vendida a un comprador anónimo que ofreció en Sotheby's 53,8 millones de euros por ella, la cifra más alta de su historial en las casas de subastas.

Fuera por la habilidad de Sotheby's o por el apetito de un mercado hambriento, flotaba en Nueva York un clima expectante. Los precedentes invitaban al optimismo ya que las obras de Rothko son bienes escasos en el mercado y su rendimiento en el parqué suele superar las previsiones. Así ocurrió en 2005, cuando Christie's colocó por 16,5 millones de euros un lienzo de Rothko, el más caro de los vendidos en una subasta hasta el pasado martes.

Pero Centro blanco, con un precio estimado -a priori- de 29,6 millones de euros, ha deslumbrado en los cielos de los óleos orlados con divisas. Poca cosa comparado con lo que la puja deparó. El anterior récord del arte de la segunda mitad del siglo XX -una pieza de Williem de Kooning, vendida en 20 millones de euros- se fue al diablo y el conjunto de la subasta acabó por facturar más de 200 millones de euros. Aparte de Rothko, artistas como Bacon, con su primera versión del Retrato del Papa Inocencio X, de 1962, alcanzaron más de 45 millones de euros.

Centro blanco era propiedad del legendario David Rockefeller, quien lo compró en 1960 por menos de 7.400 euros. Heredero de una saga de filántropos capitalistas que lavaron sus pecados con el arte (su dinero es soporte entre otros del MoMA), el banquero necesitaba liquidez.

Sin ellos, Rothko y otros no habrían logrado subsistir.

Asunto distinto es que Rothko operase siempre al margen del interés inmediato. Es famoso el escándalo provocado cuando justificó su decisión de decorar el restaurante Four Seasons, en la torre Seagram de la Calle 52, de Mies van der Rohe. El pintor dijo que quería que «todos los hijos de puta que cenen allí se atraganten». Descontento con la opulencia del comedor, devolvió el adelanto recibido y regresó al estudio con los cuadros.

Siempre maldito, Rothko bajó el telón abriéndose las venas. Emparentado con la raza de artistas que, según la máxima umbraliana, funcionan contra la sociedad, su periplo de marginado (judío en Europa, religioso en una familia laica, comunista en los Estados Unidos de los años 20 y anticomunista tras el pacto de Hitler y Stalin, cuando muchos de sus colegas simpatizaban con la Unión Soviética) fue consustancial a su pintura.

Y, por eso, Centro blanco tenía que ser un tesoro. Para Tobías Mayer, de Sotheby's, «todo artista tiene una obra por la que es reconocido, y en el caso de Rothko es ésta». Capas de fina pintura forman un conjunto plano, separado por delgadas líneas o manchas. Los colores centellean, y la paleta del pintor, que para entonces ya operaba en territorios de raigambre mítica, quedaba lejos de esos ocres, azules y grises del final.

 
   
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