JULIO VALDEÓN BLANCO
Especial
para EL MUNDO
NUEVA YORK.- Mark
Roth0ko vuelve de entre los muertos para
reinar. Una pintura suya, Centro blanco
(amarillo, rosa y lavanda sobre rosa),
de 1950, ha sido vendida a un comprador
anónimo que ofreció en Sotheby's 53,8
millones de euros por ella, la cifra más
alta de su historial en las casas de
subastas.
Fuera por la habilidad de
Sotheby's o por el apetito de un mercado
hambriento, flotaba en Nueva York un clima
expectante. Los precedentes invitaban al
optimismo ya que las obras de Rothko son
bienes escasos en el mercado y su
rendimiento en el parqué suele
superar las previsiones. Así ocurrió en
2005, cuando Christie's colocó por 16,5
millones de euros un lienzo de Rothko, el
más caro de los vendidos en una subasta
hasta el pasado martes.
Pero
Centro blanco, con un precio
estimado -a priori- de 29,6 millones
de euros, ha deslumbrado en los cielos de
los óleos orlados con divisas. Poca cosa
comparado con lo que la puja deparó. El
anterior récord del arte de la segunda
mitad del siglo XX -una pieza de Williem de
Kooning, vendida en 20 millones de euros-
se fue al diablo y el conjunto de la
subasta acabó por facturar más de 200
millones de euros. Aparte de Rothko,
artistas como Bacon, con su primera versión
del Retrato del Papa Inocencio X, de
1962, alcanzaron más de 45 millones de
euros.
Centro blanco era
propiedad del legendario David Rockefeller,
quien lo compró en 1960 por menos de 7.400
euros. Heredero de una saga de filántropos
capitalistas que lavaron sus pecados con el
arte (su dinero es soporte entre otros del
MoMA), el banquero necesitaba liquidez.
Sin ellos, Rothko y otros no habrían
logrado subsistir.
Asunto distinto
es que Rothko operase siempre al margen del
interés inmediato. Es famoso el escándalo
provocado cuando justificó su decisión de
decorar el restaurante Four Seasons, en la
torre Seagram de la Calle 52, de Mies van
der Rohe. El pintor dijo que quería que
«todos los hijos de puta que cenen allí se
atraganten». Descontento con la opulencia
del comedor, devolvió el adelanto recibido
y regresó al estudio con los cuadros.
Siempre maldito, Rothko bajó el
telón abriéndose las venas. Emparentado con
la raza de artistas que, según la máxima
umbraliana, funcionan contra la sociedad,
su periplo de marginado (judío en Europa,
religioso en una familia laica, comunista
en los Estados Unidos de los años 20 y
anticomunista tras el pacto de Hitler y
Stalin, cuando muchos de sus colegas
simpatizaban con la Unión Soviética) fue
consustancial a su pintura.
Y, por eso, Centro blanco
tenía que ser un tesoro. Para Tobías
Mayer, de Sotheby's, «todo artista tiene
una obra por la que es reconocido, y en el
caso de Rothko es ésta». Capas de fina
pintura forman un conjunto plano, separado
por delgadas líneas o manchas. Los colores
centellean, y la paleta del pintor, que
para entonces ya operaba en territorios de
raigambre mítica, quedaba lejos de esos
ocres, azules y grises del final.