Joan Francesc March definió, en
la manifestación de la Diada per la Llengua
i l' Autogovern, la lengua catalana como el
«signo» más importante de la identidad
mallorquina. «Es la sangre de nuestra
alma». «La expresión viva de nuestra
personalidad». «Nuestro pueblo vivirá si
conserva su lengua». «Quien habla mal el
catalán vive a dos pasos de perder su
personalidad, quien habla forastero
sabiendo catalán, ya la tiene destruida». A
su vez, Jaume Mateu clamó para que
desde las instituciones no se promuevan
«iniciativas en contra de nuestra lengua i
cultura».
Se inscriben estos eximios
y acelerados ciudadanos en el pensamiento
comunitarista: nuestra condición es el
resultado de la existencia previa de la
comunidad, cuya lengua constituye su
Weltanschauung, su propia
interpretación del mundo. Contra el poder
teocrático y absoluto se edificó la
Ilustración, que proclamó los derechos
universales del hombre. Con ella el hombre
accedió a la condición de ciudadano. Contra
la noción abstracta del hombre se rebeló el
romanticismo, reivindicando la
particularidad y la diferencia, bases del
nacionalismo. Se subordina la existencia
del individuo a las superiores exigencias
de abstracciones imposibles de definir,
como pueblo, nación, etc, las cuales forman
parte del nuevo discurso del poder sobre
los hombres. De la hipertrofia de ambos
surgieron los dos totalitarismos criminales
del siglo XX: El fascismo y el nazismo -el
individuo no es nada frente a la nación y
el estado que la encarna-, y el comunismo,
que se considera heredero de la revolución
francesa, que subordina la naturaleza
humana a la construcción, a cualquier
coste, de un nueva abstracción.
El
pluralismo supone aceptar que no todo el
mundo tiene los mismos valores, que los
valores no son todos compatibles entre sí,
y que, contra la idea ilustrada, no existen
soluciones racionales a los problemas que
plantea su incompatibilidad. Que la vida
democrática supone conflicto. Contribuye a
la confusión hablar de derechos de la
lengua o del pueblo. Tienen derecho los
catalano-parlantes a que se les respete su
lengua, como lo tienen los
castellano-parlantes a que se les respete
la suya, dentro de la frontera, lo dado.
Pero no son derechos contrapuestos de
pueblos y lenguas diferentes, sino de
ciudadanos libres en una sociedad plural,
civilizada.
Lo de que la lengua es el
signo más importante de identidad de un
colectivo es directamente cuestionado por
la realidad. Las lenguas nacionales son
construcciones relativamente recientes. En
tiempos de la revolución francesa, sólo
hablaban francés uno de cada tres
franceses. El italiano era hablado por un
porcentaje reducido de italianos en tiempos
de Garibaldi. Suiza no está
configurada por sus lenguas, el alemán,
francés, italiano y retorrománico, sino a
través de la conjura por las libertades. Si
el signo fuera la lengua, la identidad de
gran parte de América latina sería
española, nosotros, catalanes.
Wilde, Yeats, Joyce,
orgullos nacionales de Irlanda, autores
ingleses. Beckett y Cioran,
franceses. Nadie ha podido definir
coherentemente el concepto de nación, ni
qué cosa es la identidad. Me identifico más
con un urbanita neoyorquino que con un
constructor inquero o un hotelero de Santa
Margalida.
Atender a los derechos de
los castellano-parlantes no es atentar
contra nuestra cultura, que no tiene un
soporte monolingüístico. La 1ª edición de
Bearn es castellana. Que se pierda
una lengua, como el griego, el latín, por
circunstancias históricas, o el catalán por
la actual globalización que impone el
inglés como lingua franca, o el castellano
en España, podría considerarse como
irreparable pérdida cultural. En ningún
caso una pérdida moral. Las lenguas tienen
formas de expresividad que constituyen una
riqueza a preservar porque tienen
hablantes, no por sí mismas. Son
fundamentalmente instrumentos de
comunicación, no de identificación. Decir
que quien habla "forastero",
sabiendo catalán, tiene su personalidad
destruida, como afirma el mossèn es un
dicterio totalitario y excluyente: no se
respeta a quien no es persona. ¿Y si se
escribe en «forastero», como
Maragall, Roca, Pujol,
este minúsculo columnista, en diarios en
castellano? Menos que traidores,
insostenible. Sigue el mossèn con su
condena metonímica a los euros que
corrompen y ensucian. ¿Será por eso que el
cabildo cobra entrada a La Seu en euros?
Curas: mistagogos tribales; curas
ilustrados: oxímoron inalterable.