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  Viernes, 11 de mayo de 2007 Actualizado a las 03:15
 

EL ÁGORA
El tam-tam de la tribu

RAMON AGUILÓ


Joan Francesc March definió, en la manifestación de la Diada per la Llengua i l' Autogovern, la lengua catalana como el «signo» más importante de la identidad mallorquina. «Es la sangre de nuestra alma». «La expresión viva de nuestra personalidad». «Nuestro pueblo vivirá si conserva su lengua». «Quien habla mal el catalán vive a dos pasos de perder su personalidad, quien habla forastero sabiendo catalán, ya la tiene destruida». A su vez, Jaume Mateu clamó para que desde las instituciones no se promuevan «iniciativas en contra de nuestra lengua i cultura».

Se inscriben estos eximios y acelerados ciudadanos en el pensamiento comunitarista: nuestra condición es el resultado de la existencia previa de la comunidad, cuya lengua constituye su Weltanschauung, su propia interpretación del mundo. Contra el poder teocrático y absoluto se edificó la Ilustración, que proclamó los derechos universales del hombre. Con ella el hombre accedió a la condición de ciudadano. Contra la noción abstracta del hombre se rebeló el romanticismo, reivindicando la particularidad y la diferencia, bases del nacionalismo. Se subordina la existencia del individuo a las superiores exigencias de abstracciones imposibles de definir, como pueblo, nación, etc, las cuales forman parte del nuevo discurso del poder sobre los hombres. De la hipertrofia de ambos surgieron los dos totalitarismos criminales del siglo XX: El fascismo y el nazismo -el individuo no es nada frente a la nación y el estado que la encarna-, y el comunismo, que se considera heredero de la revolución francesa, que subordina la naturaleza humana a la construcción, a cualquier coste, de un nueva abstracción.

El pluralismo supone aceptar que no todo el mundo tiene los mismos valores, que los valores no son todos compatibles entre sí, y que, contra la idea ilustrada, no existen soluciones racionales a los problemas que plantea su incompatibilidad. Que la vida democrática supone conflicto. Contribuye a la confusión hablar de derechos de la lengua o del pueblo. Tienen derecho los catalano-parlantes a que se les respete su lengua, como lo tienen los castellano-parlantes a que se les respete la suya, dentro de la frontera, lo dado. Pero no son derechos contrapuestos de pueblos y lenguas diferentes, sino de ciudadanos libres en una sociedad plural, civilizada.

Lo de que la lengua es el signo más importante de identidad de un colectivo es directamente cuestionado por la realidad. Las lenguas nacionales son construcciones relativamente recientes. En tiempos de la revolución francesa, sólo hablaban francés uno de cada tres franceses. El italiano era hablado por un porcentaje reducido de italianos en tiempos de Garibaldi. Suiza no está configurada por sus lenguas, el alemán, francés, italiano y retorrománico, sino a través de la conjura por las libertades. Si el signo fuera la lengua, la identidad de gran parte de América latina sería española, nosotros, catalanes. Wilde, Yeats, Joyce, orgullos nacionales de Irlanda, autores ingleses. Beckett y Cioran, franceses. Nadie ha podido definir coherentemente el concepto de nación, ni qué cosa es la identidad. Me identifico más con un urbanita neoyorquino que con un constructor inquero o un hotelero de Santa Margalida.

Atender a los derechos de los castellano-parlantes no es atentar contra nuestra cultura, que no tiene un soporte monolingüístico. La 1ª edición de Bearn es castellana. Que se pierda una lengua, como el griego, el latín, por circunstancias históricas, o el catalán por la actual globalización que impone el inglés como lingua franca, o el castellano en España, podría considerarse como irreparable pérdida cultural. En ningún caso una pérdida moral. Las lenguas tienen formas de expresividad que constituyen una riqueza a preservar porque tienen hablantes, no por sí mismas. Son fundamentalmente instrumentos de comunicación, no de identificación. Decir que quien habla "forastero", sabiendo catalán, tiene su personalidad destruida, como afirma el mossèn es un dicterio totalitario y excluyente: no se respeta a quien no es persona. ¿Y si se escribe en «forastero», como Maragall, Roca, Pujol, este minúsculo columnista, en diarios en castellano? Menos que traidores, insostenible. Sigue el mossèn con su condena metonímica a los euros que corrompen y ensucian. ¿Será por eso que el cabildo cobra entrada a La Seu en euros? Curas: mistagogos tribales; curas ilustrados: oxímoron inalterable.

 
   
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