A Ramón Llull le dio por irse de
evangélico turismo al Magreb. Unos meses en
la cárcel debieron de dejarle alguna
huella. No sabemos si alcanzó a padecer el
síndrome de Estocolmo o si el síndrome
sobrevivió a sus huesos y ahora lo quieren
resucitar en el espacio inmaculado de La
Lonja, intacto su lustre, su sombra afilada
como una espada siempre propicia al duelo
dialéctico entre quienes desean, todavía,
especular con las civilizaciones y las
culturas. Tampoco sabemos qué pinta
Gabriel Janer en esta pescadería,
pero duele -tanto como la soga vándala de
las cruzadas- verlo empeñado en sacarle
todo su brillo metálico a la cruz
ensangrentada y a la devastadora media
luna, como si todo fuera lo mismo. No lo
es, pero así la interculturalidad obra sus
milagros y tiende sus peculiares puentes,
sus vanas extrapolaciones, su curioso
tratamiento de las cosas de la memoria, de
la lengua, de lo que debiera de ser el
conocimiento y no pasa de ser una mala
broma.
La paradoja nos mantiene
expectantes. Ya no hace falta viajar en el
tiempo para asistir a la antigua explosión
de una estrella o al nacimiento de un
universo. Tampoco para reencontrarse con la
barbarie. Sobra con el video de la
lapidación de una joven yezidi que tuvo la
mala idea de enamorase de un musulmán. Las
imágenes son tan borrosas como
esclarecedoras y nos demuestran que la
muerte se esconde en la vida, igual que la
verdad se disuelve y aniquila entre los
códigos de honor y familia, de sexo y
serpientes, de entrañas abiertas a un
diablo que no importa si tiene origen
yezidi, musulmán o cristiano.
Los
yezidi no se afeitan el bigote ni comen
lechuga. No sé si la ignoran o la
transforman en visones, como hace
Munar con sus trece millones. Cada
cual debiera elegir sus propios dioses y
hasta sus demonios y luego hacer con ellos
lo que le plazca. En esa tesitura no se
sabe si sobran, o faltan, los preservativos
y lubrificantes del Bloc. Habrá que
preguntárselo al «Consell de Gays». Ellos
sabrán.