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LA MIRADA
El dilema
JAVIER LEGORBURU
Jaume Matas, ya lo hemos dicho,
es un prestidigitador; pero el hombre, como
buen Libra, es dual y tiene dos oficios:
también es gestor. Si hacemos balance de
sus dos profesiones, no le arriendo la
ganancia a la primera. Como mago, ha
tonteado con Maria Antònia Munar, el
bi-tri-lingüismo, la ranita Janer y,
recientemente, se ha sacado de la manga un
jocker espectacular: el Teatro de la
Ópera. En tanto que tecnócrata, ha
construido dos autopistas, dos hospitales,
un metro; ha mejorado el ferrocarril,
recuperado el turismo tradicional,
proyectado un Palacio de Congresos
requerido a gritos, así como un no menos
demandado recinto ferial; asimismo ha
bajado el Impuesto de Sucesiones y, entre
otras cosas, estimulado la iniciativa
privada al proporcionar confianza al
mercado. Ante este largo elenco de logros,
la cuestión que se nos plantea a mucha
gente de centro-derecha es si hay que
castigarlo por su torpe ilusionismo o si
hay que perdonarle la vida en consideración
a los servicios efectivamente prestados.
Hipótesis primera: llega un Pacte de
Progrés nuevo, en el que Xisco
Antich, que en el fondo no era tan
cortico como el rabo de la boina de
su abuelico, ha aprendido sabiamente
de su innegable fracaso y, como buen
Escorpión-Ave Fénix, ha resucitado de sus
cenizas. Hipótesis segunda: se garantiza la
buena marcha de la economía, al coste de
tener cabreada a la basca. El viernes
pasado, me manifesté, como residente de
Calvià, por el voto útil a Carlos
Delgado, que no es dado a las magias.
En lo que respecta a Matas, confieso que
todavía no he logrado salvar el dilema que
impregna los amores kármicos: actuar con la
mente o hacerlo con las tripas.
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