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  Martes, 8 de mayo de 2007 Actualizado a las 01:00
 

LA PLUMA
Por un Estado más neutral

JOAN FONT ROSSELLÓ


Una de las propuestas del Bloc en su programa electoral a Cort consiste en incluir en los pliegos de condiciones de los concursos de licitación pública para la contratación de empresas el «reconocimiento de la diversidad sexual, y de los derechos de los matrimonios homosexuales y de las parejas de hecho o estables, a los trabajadores de las empresas adjudicatarias». Sí, si usted tiene una empresa y quiere contratar con Cort, se podría ver obligado a que cada uno de sus trabajadores hiciera profesión pública de fe de la doctrina homófila al uso. De hecho, tal como en su día advertí para escándalo de las feministas de todos los partidos, durante la tramitación de la Ley Balear de la Mujer, nuestra izquierda también exigía que las empresas privadas, para poder licitar contratos con la Administración, cumplieran con la política de cuotas. Felizmente, esta propuesta no prosperó gracias al PP. Ahora mismo, a las constructoras se les exige un certificado de calidad medioambiental como mérito o como requisito, y así consta en el pliego de condiciones.

Todos estos ejemplos ponen de relieve la inclinación de nuestros gobernantes en embarcarnos a todos en proyectos colectivos de ingeniería social que en principio no eran más que opciones ideológicas minoritarias de dudosa legitimidad. Para algunas mentalidades liberticidas, paternalistas e intervencionistas no existe ningún ámbito de la vida que no pueda mejorarse y ahí están ellos para arreglarlo, a costa de restringir nuestras libertades -las de las empresas, obligadas a implantar cuotas, a adherirse a una fe determinada o a sacarse certificados inútiles que encarecen el precio final de la obra-, adoctrinarnos en la ideología oficial y en gastar nuestros dineros. Este tipo de opciones ideológicas -feminismo, ecologismo, apoyo a los movimientos homosexuales- provienen casi siempre de la extrema izquierda, los mismos que el tribunal de la Historia ha condenado por liberticidas y fabricantes de miseria, y que siguen obsesionados en concienciarnos y sensibilizarnos para acto seguido enrolarnos a todos en toda clase de proyectos colectivos, aspirando a la unanimidad. Una vez han conseguido que el Estado les respalde, lo que parecía un disparate más de la extrema izquierda se termina convirtiendo en ideología oficial, a la que termina sucumbiendo un centro-derecha siempre a la defensiva y en calidad de resistente de conciencia. Las ingenierías sociales a las que nos invitan amablemente a sumarnos, so pena de ser excomulgados por la ideología oficial y dejando de recibir como antisistema todos los favores que el Estado sí rinde a los claudicantes, son variopintos y de carácter nebuloso: salvar una lengua, trabajar para la igualdad de la mujer, apoyar a los homosexuales, salvar la Tierra, etc...

Poner un pero a que el Estado asuma estas opciones ideológicas a menudo minoritarias como Ideología oficial implica que acto seguido los demagogos que viven de ello te tachen de anticatalanista, machista, homófobo o destructor de territorio. Nos topamos con el simplismo de los idiotas y el maniqueísmo de los fanáticos. O conmigo o contra mí. Para poner un ejemplo, yo no es que esté en contra del catalán, de hecho hablo mallorquín casi todo el día. Lo que queremos los liberales son dos cosas. Primero, que no se nos discrimine por razones lingüísticas (art. 14 de la Constitución), hablemos mallorquín o castellano. Segundo, libertad para elegir en todo momento la lengua que queramos, sin que la Administración se entrometa para nada en nuestra libre elección. Lo mismo para la igualdad de la mujer ante la ley o por el reconocimiento de los derechos de los homosexuales, reconocidos ambos en el art. 14 de la Constitución y por tanto recurribles ambos ante los tribunales. Exigimos del Estado neutralidad ante determinadas opciones ideológicas -feminismo, catalanismo, ecologismo...- que derivan en ingenierías sociales para cambiar la sociedad al margen de la voluntad de las personas de carne y hueso, coerciéndolas siempre en su libertad. Y exigimos del Estado también eficacia para que nadie, absolutamente nadie, sea discriminado por razones de sexo, orientación sexual, lengua o ideología.

Como he venido repitiendo en anteriores ocasiones, nada tiene que ver el feminismo convertido en ideología oficial -gracias a leyes como la Ley de la Violencia de Género, la Ley de Igualdad o la Ley Balear de la Mujer- con que los liberales amparemos la libertad ante la ley de la mujer. El feminismo, y basta ver su plasmación en las leyes enumeradas, va mucho más allá. Es discriminatorio hacia con los hombres, liberticida y revanchista. Una cosa es tratar justamente a una mujer en su trabajo en base a su currículum, preparación o idoneidad y otra cosa es meterla con calzador gracias a la política de cuotas consagrada por el Estado. Lo mismo ocurre con el catalanismo. El catalanismo, gracias a la Ley de Normalización Lingüística, poco tiene que ver con respetar los derechos de los catalanohablantes. En efecto, los liberales sí somos partidarios de que los padres que así lo deseen puedan elegir el catalán como lengua vehicular. Nada que objetar. El problema radica cuando estos mismos padres y la Administración obligan a los padres que no quieren, tanto si les gusta como si no, que el catalán sea también la lengua vehicular de sus hijos. La libertad, para la feminista o para el catalanista, significa coartar la de los demás en base a sus proyectos de futuro. Cuando un catalanista o una feminista se quejan de que viven oprimidos lo que de verdad quieren decir es que el Estado no oprime con severidad suficiente a los que no se pliegan a obedecer los dictados catalanistas o feministas.

Y así podríamos seguir enumerando ejemplos que pondrían de manifiesto como el ecologismo nada tiene que ver con el respeto al medio ambiente, o que mostrarse contrario al matrimonio entre homosexuales no significa estar en contra de los homosexuales. Desgraciadamente, la política para consumo de las masas se ha convertido en una confrontación sin sentido, que tiende al simplismo y al maniqueísmo revistiéndolo todo de una moral que no es tal, donde lo único que importa es estigmatizar al contrario mediante ejercicios grotescos de demagogia. Una atmósfera dominada por una sentimentalización y una moralidad bastardas que asfixian el pluralismo situando al discrepante fuera del Sistema.

 
   
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