Una de las propuestas del Bloc en su
programa electoral a Cort consiste en
incluir en los pliegos de condiciones de
los concursos de licitación pública para la
contratación de empresas el «reconocimiento
de la diversidad sexual, y de los derechos
de los matrimonios homosexuales y de las
parejas de hecho o estables, a los
trabajadores de las empresas
adjudicatarias». Sí, si usted tiene una
empresa y quiere contratar con Cort, se
podría ver obligado a que cada uno de sus
trabajadores hiciera profesión pública de
fe de la doctrina homófila al uso. De
hecho, tal como en su día advertí para
escándalo de las feministas de todos los
partidos, durante la tramitación de la Ley
Balear de la Mujer, nuestra izquierda
también exigía que las empresas privadas,
para poder licitar contratos con la
Administración, cumplieran con la política
de cuotas. Felizmente, esta propuesta no
prosperó gracias al PP. Ahora mismo, a las
constructoras se les exige un certificado
de calidad medioambiental como mérito o
como requisito, y así consta en el pliego
de condiciones.
Todos estos ejemplos
ponen de relieve la inclinación de nuestros
gobernantes en embarcarnos a todos en
proyectos colectivos de ingeniería social
que en principio no eran más que opciones
ideológicas minoritarias de dudosa
legitimidad. Para algunas mentalidades
liberticidas, paternalistas e
intervencionistas no existe ningún ámbito
de la vida que no pueda mejorarse y
ahí están ellos para arreglarlo, a costa de
restringir nuestras libertades -las de las
empresas, obligadas a implantar cuotas, a
adherirse a una fe determinada o a sacarse
certificados inútiles que encarecen el
precio final de la obra-, adoctrinarnos en
la ideología oficial y en gastar nuestros
dineros. Este tipo de opciones ideológicas
-feminismo, ecologismo, apoyo a los
movimientos homosexuales- provienen casi
siempre de la extrema izquierda, los mismos
que el tribunal de la Historia ha condenado
por liberticidas y fabricantes de miseria,
y que siguen obsesionados en concienciarnos
y sensibilizarnos para acto seguido
enrolarnos a todos en toda clase de
proyectos colectivos, aspirando a la
unanimidad. Una vez han conseguido que el
Estado les respalde, lo que parecía un
disparate más de la extrema izquierda se
termina convirtiendo en ideología oficial,
a la que termina sucumbiendo un
centro-derecha siempre a la defensiva y en
calidad de resistente de conciencia.
Las ingenierías sociales a las que nos
invitan amablemente a sumarnos, so pena de
ser excomulgados por la ideología oficial y
dejando de recibir como antisistema todos
los favores que el Estado sí rinde a los
claudicantes, son variopintos y de carácter
nebuloso: salvar una lengua, trabajar para
la igualdad de la mujer, apoyar a los
homosexuales, salvar la Tierra,
etc...
Poner un pero a que el Estado
asuma estas opciones ideológicas a menudo
minoritarias como Ideología oficial implica
que acto seguido los demagogos que viven de
ello te tachen de anticatalanista,
machista, homófobo o destructor de
territorio. Nos topamos con el simplismo de
los idiotas y el maniqueísmo de los
fanáticos. O conmigo o contra mí. Para
poner un ejemplo, yo no es que esté en
contra del catalán, de hecho hablo
mallorquín casi todo el día. Lo que
queremos los liberales son dos cosas.
Primero, que no se nos discrimine por
razones lingüísticas (art. 14 de la
Constitución), hablemos mallorquín o
castellano. Segundo, libertad para elegir
en todo momento la lengua que queramos, sin
que la Administración se entrometa para
nada en nuestra libre elección. Lo mismo
para la igualdad de la mujer ante la ley o
por el reconocimiento de los derechos de
los homosexuales, reconocidos ambos en el
art. 14 de la Constitución y por tanto
recurribles ambos ante los tribunales.
Exigimos del Estado neutralidad ante
determinadas opciones ideológicas
-feminismo, catalanismo, ecologismo...- que
derivan en ingenierías sociales para
cambiar la sociedad al margen de la
voluntad de las personas de carne y hueso,
coerciéndolas siempre en su libertad. Y
exigimos del Estado también eficacia para
que nadie, absolutamente nadie, sea
discriminado por razones de sexo,
orientación sexual, lengua o
ideología.
Como he venido repitiendo
en anteriores ocasiones, nada tiene que ver
el feminismo convertido en ideología
oficial -gracias a leyes como la Ley de la
Violencia de Género, la Ley de Igualdad o
la Ley Balear de la Mujer- con que los
liberales amparemos la libertad ante la ley
de la mujer. El feminismo, y basta ver su
plasmación en las leyes enumeradas, va
mucho más allá. Es discriminatorio hacia
con los hombres, liberticida y revanchista.
Una cosa es tratar justamente a una mujer
en su trabajo en base a su currículum,
preparación o idoneidad y otra cosa es
meterla con calzador gracias a la política
de cuotas consagrada por el Estado. Lo
mismo ocurre con el catalanismo. El
catalanismo, gracias a la Ley de
Normalización Lingüística, poco tiene que
ver con respetar los derechos de los
catalanohablantes. En efecto, los liberales
sí somos partidarios de que los padres que
así lo deseen puedan elegir el catalán como
lengua vehicular. Nada que objetar. El
problema radica cuando estos mismos padres
y la Administración obligan a los padres
que no quieren, tanto si les gusta como si
no, que el catalán sea también la lengua
vehicular de sus hijos. La libertad, para
la feminista o para el catalanista,
significa coartar la de los demás en base a
sus proyectos de futuro. Cuando un
catalanista o una feminista se quejan de
que viven oprimidos lo que de verdad
quieren decir es que el Estado no oprime
con severidad suficiente a los que no se
pliegan a obedecer los dictados
catalanistas o feministas.
Y así
podríamos seguir enumerando ejemplos que
pondrían de manifiesto como el ecologismo
nada tiene que ver con el respeto al medio
ambiente, o que mostrarse contrario al
matrimonio entre homosexuales no significa
estar en contra de los homosexuales.
Desgraciadamente, la política para consumo
de las masas se ha convertido en una
confrontación sin sentido, que tiende al
simplismo y al maniqueísmo revistiéndolo
todo de una moral que no es tal, donde lo
único que importa es estigmatizar al
contrario mediante ejercicios grotescos de
demagogia. Una atmósfera dominada por una
sentimentalización y una moralidad
bastardas que asfixian el pluralismo
situando al discrepante fuera del
Sistema.