Es fama que muchos hombres que por
motivos profesionales se pasan una
temporada en Moscú, acaban casados con una
moscovita o rusa, un tipo de mujer que se
hace desear y que no es precisamente ligera
de cascos. Todo lo contrario, sus
costumbres son exactamente las mismas de
sus bisabuelas. Las de Dolores
Ibárruri, las del sufrido pueblo que se
liberó de la bota de los zares y los
rasputines, pero no de una manera ancestral
de entender la honra, la familia y el sexo.
Los radares de la revolución proletaria
soviética no captaron las señales de la
revolución sexual europea, uno de los
principales alicientes de la movida progre.
En el fondo el desmadre sexual ha sido
siempre patrimonio de la derecha. Por eso
las intenciones del Bloc de Nanda
Ramon y Grosske de regalar
preservativos y lubricante resulta
sorprendente. Hablamos siempre del complejo
de la derecha, pero no vemos el gran
complejo de la izquierda, que es que no
sólo aspira a un reparto justo de la
riqueza, sino también del vicio. El burgués
lo calla, con hipocresía y vergüenza. El
proletario de boquilla, con chalet de 300
metros, taller-gallinero incluido, lo asume
como propio de ese estamento social al que
aspira pertenecer, y que hipócritamente
dice combatir.
O a lo mejor es que
estamos hablando de salud. ¿Necesita la
sociedad más sexo? ¿Es la sociedad frígida?
El lubricante que se promete, ¿se requiere
por exceso o por defecto de práctica? Poner
máquinas expendedoras, y gratis, de
condones en institutos, ¿responde a una
preocupación por la salud de nuestros
jóvenes? Poner en las manos de niños de 12
años un condón, ¿es prevenir? ¿Es parte de
una correcta educación sexual? En fin,
puede que sí, todo son opiniones. Pero lo
más relevante es averiguar si esta clase de
avances, como el viagra que promete el
PSIB, dan la temperatura de la ambición
política de los partidos que pretenden
desbancar al PP. La oposición que se lanzó
al cuello de unos presuntos depravados que
presuntamente pasaron por el burdel
Rasputín, ahora nos echa aceite en la
entrepierna. No veo la diferencia entre
pagarle a un alto cargo una copa en un
burdel y pagarles a cien adolescentes un
condón.
El Bloc demuestra estar
bloqueado. Si no, no se entiende una idea
tan cutre como la de crear un
consell de gays, para normalizar su
existencia. De verdad, si fuese gay estaría
muy cabreado. He sido editor de un autor
gay y su libro gay Pobre tía Gertie.
No soy homófobo, pero la tolerancia no se
enseña con días de orgullo gay, ni
con cláusulas en contratos sobre la
libertad sexual de los empleados. No veo la
manera de normalizar la vida de los
homosexuales, lesbianas y transexuales
mientras se empeñen en presentarse como un
colectivo que necesita promocionarse,
enorgullecerse y protegerse de ciertos tics
y aversiones sociales. Hay políticos que sí
necesitan mucho lubricante, para que el
desgaste de no dar pie con bola escueza
menos.