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  Martes, 8 de mayo de 2007 Actualizado a las 01:00
 

EN VENA
Lubricante electoral

ROMÁN PIÑA VALLS


Es fama que muchos hombres que por motivos profesionales se pasan una temporada en Moscú, acaban casados con una moscovita o rusa, un tipo de mujer que se hace desear y que no es precisamente ligera de cascos. Todo lo contrario, sus costumbres son exactamente las mismas de sus bisabuelas. Las de Dolores Ibárruri, las del sufrido pueblo que se liberó de la bota de los zares y los rasputines, pero no de una manera ancestral de entender la honra, la familia y el sexo. Los radares de la revolución proletaria soviética no captaron las señales de la revolución sexual europea, uno de los principales alicientes de la movida progre. En el fondo el desmadre sexual ha sido siempre patrimonio de la derecha. Por eso las intenciones del Bloc de Nanda Ramon y Grosske de regalar preservativos y lubricante resulta sorprendente. Hablamos siempre del complejo de la derecha, pero no vemos el gran complejo de la izquierda, que es que no sólo aspira a un reparto justo de la riqueza, sino también del vicio. El burgués lo calla, con hipocresía y vergüenza. El proletario de boquilla, con chalet de 300 metros, taller-gallinero incluido, lo asume como propio de ese estamento social al que aspira pertenecer, y que hipócritamente dice combatir.

O a lo mejor es que estamos hablando de salud. ¿Necesita la sociedad más sexo? ¿Es la sociedad frígida? El lubricante que se promete, ¿se requiere por exceso o por defecto de práctica? Poner máquinas expendedoras, y gratis, de condones en institutos, ¿responde a una preocupación por la salud de nuestros jóvenes? Poner en las manos de niños de 12 años un condón, ¿es prevenir? ¿Es parte de una correcta educación sexual? En fin, puede que sí, todo son opiniones. Pero lo más relevante es averiguar si esta clase de avances, como el viagra que promete el PSIB, dan la temperatura de la ambición política de los partidos que pretenden desbancar al PP. La oposición que se lanzó al cuello de unos presuntos depravados que presuntamente pasaron por el burdel Rasputín, ahora nos echa aceite en la entrepierna. No veo la diferencia entre pagarle a un alto cargo una copa en un burdel y pagarles a cien adolescentes un condón.

El Bloc demuestra estar bloqueado. Si no, no se entiende una idea tan cutre como la de crear un consell de gays, para normalizar su existencia. De verdad, si fuese gay estaría muy cabreado. He sido editor de un autor gay y su libro gay Pobre tía Gertie. No soy homófobo, pero la tolerancia no se enseña con días de orgullo gay, ni con cláusulas en contratos sobre la libertad sexual de los empleados. No veo la manera de normalizar la vida de los homosexuales, lesbianas y transexuales mientras se empeñen en presentarse como un colectivo que necesita promocionarse, enorgullecerse y protegerse de ciertos tics y aversiones sociales. Hay políticos que sí necesitan mucho lubricante, para que el desgaste de no dar pie con bola escueza menos.

 
   
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