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  Martes, 8 de mayo de 2007 Actualizado a las 01:00
 

ELECCIONES / Las propuestas de EL MUNDO (II)
El transporte y la insularidad: un asunto prioritario


La condición insular nos plantea una doble problemática de transporte muy específica que bifurcaremos en dos ámbitos: el transporte marítimo y aéreo y el transporte interior de las Islas, protagonizado por el tren, en Mallorca, y por los autobuses.

Transporte aéreo. En cuanto al transporte aéreo es evidente que nuestra dependencia con el avión es total. El panorama presenta, en líneas generales, algunas sombras. Los tiempos reales de un viaje en avión siguen siendo antediluvianos (cinco horas a Madrid, cuatro a Barcelona), no habiendo incorporado la filosofía del puente aéreo que reduce considerablemente el tiempo real punto a punto. En referencia al transporte en sí mismo considerado, existen algunas asignaturas pendientes. El alto coste para los residentes que no tienen ni trenes ni carreteras alternativos para desplazarse al continente.

Aunque los descuentos del 50% son una buena noticia, la verdad es que se echan en falta fórmulas más eficientes e imaginativas para evitar, tal como ha venido ocurriendo, que los descuentos sean rápidamente absorbidos por los incrementos tarifarios de las compañías, hasta superar, de forma escandalosa, un viaje de ida y vuelta a Madrid el coste de una ida y vuelta a cualquier capital europea. En este sentido, las autoridades autonómicas deberían profundizar en otras vías más efectivas para compensar la insularidad. Tal vez, el vale aéreo como una ayuda fija -no porcentual- al residente por parte de la Administración o tomar como referencia el coste del kilómetro por carretera o tren en la península para fijar el coste para idéntico kilometraje en avión o barco.

Vuelos interislas. La declaración de servicio público de los vuelos entre las islas del archipiélago no ha tenido los resultados esperados, tal como era previsible, al convertir un «fallo de mercado» en un «fallo de Estado». La tarifa quedó fijada en la declaración, a excepción de las inevitables actualizaciones debidas a la inflación y a las subidas del combustible, pero por contra han dejado prácticamente de existir las ofertas por debajo del precio fijado. Ante la experiencia acumulada, tal vez cabría obrar con más cautela ante los cantos de sirena que abogan por otra declaración de servicio público de las islas menores con algunos capitales españolas ya que, quitando algunos trayectos muy concretos, el servicio en régimen abierto funciona razonablemente bien.

El barco. Sorprendentemente, el transporte marítimo ha recuperado parte de su funcionalidad anterior gracias a los buques rápidos, aunque no se ha dado el paso decisivo de competir de verdad con el avión. Se debe profundizar en la velocidad, así como en replantearse los puertos de partida y llegada Sóller, por ejemplo, para los buques a Barcelona, amén de echarse en falta una mayor audacia en las políticas tarifarias, especialmente en el transporte de vehículos.

Trenes y autobuses. A día de hoy y tras haberse construido la estación intermodal de la Plaza de España, parece imposible cuestionar el tren, una vez se ha interiorizado su imagen romántica y encantadora, incluso planteándolo como una alternativa al coche privado. Y eso que el coste pasajero/kilómetro en comparación con la carretera es desorbitado. Las distancias cortas y la fijeza de la propia infraestructura ferroviaria jamás convertirán el tren en un medio de transporte público alternativo a la carretera, como atestigua el número de pasajeros. Algo que, por el contrario, sí está ocurriendo con un metro que registra llenos diarios pulverizando las mejores previsiones. En cambio, desde los poderes públicos, jamás se han planteado en serio una planificación de autobuses públicos por carretera, en una red integrada, con frecuencias adecuadas y con un coste prácticamente nulo para la Administración en un régimen de concesiones que trasladan a la iniciativa privada los costes de inversión y de mantenimiento, aprovechando al tiempo la magnífica red de carreteras construida.

A estas alturas y antes de lanzarse a construir nuevos corredores ferroviarios que atraviesen la isla de lado a lado, todavía se está a tiempo de abordar un estudio comparativo entre una futura e hipotética red ferroviaria -con todos los costes añadidos que supone como el soterramiento de las vías a su paso por Inca o Manacor, supresión de pasos a nivel, adquisición de maquinaria adicional, personal- y una eficiente red de autobuses públicos que podría resolver el excesivo uso privado de la carretera. La racionalidad, no el fetichismo, debe abrirse paso sin complejos.

 
   
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