Orquestra Simfònica de
Balears
Temporada de abono,
concierto número 13 / Obras de Sensemayá,
Falla y Rimsky-Korsakov / Director:
Maximiliano Valdés / Solista: Rosa Torres
Pardo, piano / Fecha: 12 de abril /
Escenario: Auditórium de
Palma.
Calificación:
FERNANDO
MERINO
PALMA.- Hay jornadas que
podrían pasar inadvertidas si no fuera
porque el duende se instala en su
recorrido. Son jornadas sin ambiciones, en
principio no llamadas a trascender.
Entonces algo sucede, y todo cambia. Es lo
ocurrido en el concierto de abono número
13, buen número, de la Simfònica de
Balears. En esta ocasión, el director
invitado era el chileno Maximiano Valdés,
de quien tuve ocasión de apreciar su
talante con la batuta viéndole dirigir en
Oviedo a la Orquesta Sinfónica del
Principado de Asturias.
Maximiano
Valdés lleva a la orquesta con discreta
fortaleza. No le hacen falta las
gesticulaciones: simplemente ejerce de
líder.
El programa contemplaba tres
obras bien distintas, en la práctica
diametralmente opuestas, pero disfrutando
de un tono compartido: el temperamento y la
visceralidad que emana de la partitura.
Para ir abriendo el oído escuchamos
Sensemayá, del mejicano Silvestre
Revueltas, prodigio de ritmos libertarios,
y de airados planos sonoros buscando su
acomodo en un tapiz revolucionado.
Curiosamente, en esta ocasión el talón de
Aquiles de la OSB (el jaleo en que suelen
desembocar no pocos de los tutti) no
hizo acto de presencia, y la tensión
permanente de la obra se transformó en un
convincente entendimiento de las diferentes
secciones.
No estaría de más
recuperar la costumbre tímidamente iniciada
en la anterior etapa de la OSB: programar
conciertos sin director, al objeto de que
la orquesta vaya tomando cuerpo, a fuerza
de tener la imperiosa necesidad de
escucharse, de respirar al
unísono.
La parte más agradecida de
la velada llegaría justo después, con
Manuel de Falla en la memoria y Rosa Torres
Pardo alojada en el piano, ambos dictándole
a la OSB el recorrido para la ejecución de
Noches en los jardines de España.
Rosa Torres Pardo es una de nuestras
intérpretes mejor dotadas para ejecutar con
autoridad los acalorados matices de la
música española. Una delicia verla a ella
enfundada en el sentimiento, gesticulando
la obra, al tiempo que la iba paladeando
entre las yemas de sus dedos.
La
segunda parte quedaba reservada para alojar
un monumento de la orquestación, un
recipiente de sabiduría formal, un
manantial de caudal sonoro inagotable: la
suite sinfónica Scheherezade de
Nikolai Rimsky-Korsakov. La popularidad de
esta obra (todos sus movimientos están en
el hit parade de los clásicos)
invitaba sin más a dejarse llevar por la
belleza de sus pasajes. Una gozada.