La democracia ha resultado muy positiva
para Palma que, con sus luces y sus
sombras, se está convirtiendo en una gran
capital. Todos los consistorios
democráticos han hecho grandes aportaciones
a la ciudad, en términos ornamentales y en
términos de servicios. Ramon Aguiló
legó el soberbio Parque del Mar -que no me
gusta porque es arquitectura en lugar de
jardinería, lo cual no obvia que sea una
magna obra- y una excelente labor de
adecentamiento y embellecimiento de las
barriadas, cuyo máximo exponente es Santa
Catalina. La era Fageda aportó, como
obras cumbres, el parque de Sa Faixina y
toda la red de estacionamientos urbanos.
Pero, cuando Palma ha pegado el gran
estirón, en unos términos cualitativos y
cuantitativos impresionantes, ha sido
durante el mandato de Catalina
Cirer. En su contra está, a mi juicio,
la política circulatoria que está
museificando y expulsando la vida de los
cascos históricos, amén de alterar su
centralidad vital vigente durante más de
dos milenios, y el dudoso gusto de algunas
reformas -la plaza de España o la plaza de
Santa Eulàlia, por ejemplo- que han
ignorado el genius loci en beneficio
de lo anodino estandarizado.
Estos
aspectos que, a mi, al menos, no me gustan,
no obstan para reconocer el formidable paso
adelante que ha dado la ciudad. Tras esta
imagen, entre entrañable y folclórica, de
la alcaldesa se oculta un sorprendente
dinamismo que se ha traducido en una de las
épocas más creativas de la historia
palmesana.
Comenzando por lo que
parecía imposible: instaurar un servicio de
transporte público digno -lástima de los
mastodónticos autobuses- de este nombre a
la altura de cualquier capital europea. Y
lo ha hecho rompiendo el círculo infernal
de una demanda y una oferta que, se decía
como excusa, se ignoraban mutuamente. Lo
sorprendente ha sido la modernidad de la
decisión municipal, practicando una
política de la oferta que, de acuerdo con
la mejor tradición liberal de Say,
ha acabado por generar una demanda que
nunca había existido habida cuenta los usos
inveterados de los palmesanos en materia de
transporte. Sólo este gran éxito en el
transporte público ya justificaría un
mandato municipal. Pero lo más espectacular
e importante han sido actuaciones
urbanísticas, de las que destacan, por su
trascendencia presente y futura, cuatro: la
Cuña Verde, el parque de las Estaciones,
Jacinto Verdaguer y la reforma del
Borne-Antonio Maura.
Cirer ha sido la
primera alcaldesa que ha hincado el diente
en una aspiración palmesana que arrancaba
de lejos, nada menos que del Plan Calvet.
Estamos hablando del mayor espacio verde
que se incorpora a la ciudad a lo largo de
su historia, alterando un déficit ancestral
en materia de parques, esta vez y por sus
dimensiones, habilitando un parque de
verdad.
El Parque de las Estaciones
es, a mi juicio y por su nuevo diseño, un
parque destinado a tener un masivo uso
ciudadano y si no al tiempo. Umbroso
-cuando se desarrolle la vegetación-,
cómodo, abierto a los populosos barrios que
lo rodean, con espacios que invitan al
paseo, a la tertulia o, simplemente, a
papar moscas y de excelente factura
estética, este gran logro urbano ha sido
insultado, maltratado y herido por las
venganzas personales de Munar y la
estúpida protección de los antiguos
edificios de las Estaciones que alcanza, no
ya a sus valores arquitecturales -más que
dudosos por lo demás- sino a su mismo uso.
Ha habido ahí una deliberada
voluntad de dañar a los palmesanos que
deberán a Munar las horribles casetas de
plástico para ocultar la ventilación de la
estación intermodal que debía ubicarse en
los antiguos edificios protegidos.
Deberían colocarse inscripciones en estas
casetas recordando a los palmesanos quién
ha sido la responsable de la
infamia.
Jacinto Verdaguer ha sido
otra gran obra: sus vecinos se pellizcan y
no se lo creen. De vivir en una de las
zonas más degradadas de Palma han pasado a
vivir en una de las mejores y con mayor
futuro. De hecho, el valor de las viviendas
se ha disparado y me pregunto si, tras este
absurdo movimiento que quería un parque
-tienen el de las Estaciones al lado-
no hay una pura presión especulativa
tendente a incrementar, más aún, el valor
de las viviendas. Un auténtico
pelotazo sólo que disfrazado de un
absurdo y egoísta pseudo ecologismo. El
único error de esta espléndida calle es
haber cedido en parte a las pretensiones de
los vecinos en lugar de habilitar un nuevo
canal circulatorio, tal y como precisa la
que se va a convertir en una de las
principales entradas de la ciudad.
La
reforma del Born y de Antonio Maura ha
quedado estéticamente espléndida. Lástima
que las enfebrecidas teorías circulatorias
del ingeniero devalúen la excelencia
urbanística, creen de forma artificial
atascos y caos y que hayan primado los
criterios de cuatro gatos en el uso
circulatorio de las dos vías del
paseo.
En resumen, una alcaldesa que
provocaba chistes malévolos porque se
vestía de payesa o de
cavallet y se declaraba hincha
furibunda del Mallorca, ha resultado ser la
impulsora de la mayor transformación,
cuantitativa y cualitativa, de Palma. Ha
hecho honor, en términos políticos, a las
teorías de las mosquitas muertas que
suelen ser, al final, de armas tomar. Cirer
ha sido una alcaldesa de armas tomar en el
más noble y positivo significado del
término: ha revolucionado la ciudad y lega
a la Historia una formidable transformación
urbana. Encima con una imagen intachable de
honestidad y rectitud que todo el mundo
reconoce.
Yo no sé si las urnas le
van a ser favorables o si, como pronostica
el DM, será desalojada de Cort. Si
así fuera, estaríamos ante una gran
injusticia con la que, por sus
realizaciones, ha sido la mejor alcaldesa
en lo que llevamos de democracia.