Las modas, las formas de producirse en
la sociedad que sea, las marcan las
personas o los grupos triunfadores -a veces
no se sabe de qué son triunfadores, si de
la estulticia, como solía decir Ramón
Mendoza, o de qué-. Por eso los grandes
equipos son tomados como puntos de
referencia para imitarlos en los distintos
aspectos: los jugadores, la forma de
vestir, de llevar un coche, de hablar…; los
entrenadores, las formaciones, la gorra,
los psicólogos, los nutricionistas…; los
presidentes, nuevas figuras técnicas,
paragolpes, técnicos de mercado…; los
aficionados, modos de comportarse,
cánticos…
La tertulia del sábado
noche fue buena. No era cosa de enjuiciar
otra vez la formación inicial del Barça. Se
trataba de ver cómo su rival resolvía ese
planteamiento. Dije en la previa que los
resultados maquillan muchas cosas en el
fútbol. Y se demostró una vez más. La
primera parte fue muy mala del visitante,
pero al local había que haberle exigido más
ante es paupérrimo planteamiento del
adversario; sin embargo, por una jugada de
gol, producto de la alineación
desacertada de un jugador como lateral y un
par de ocasiones más a la contra no es como
para subirse a la parra. Cuando se concibe
el fútbol desde su esencia -el sentido
estratégico- no cabe en él respiro para el
fallo del rival. Y ambos equipos tuvieron
unas carencias estrategias que frustraron
la posibilidad de una buena
lección.
El segundo partido nos
presentó dos cosas: una, los errores
humanos arbitrales se pueden
arreglar en el campo; dos, Mejuto, que
podía haber sido históricamente
excelente, se ha quedado en un buen
árbitro, políticamente correcto; lo cual
que es una pena.
Por lo demás, lo
típico en la capi: qué mal, qué mal… y
ahora qué bien, qué bien; un golazo del
Trajano mallorquín; un cisco en
Villarreal por todo, por ese hábito de
caerse los jugadores para que el juego se
interrumpa, por haber seguido los
colchoneros, precisamente en esta jugada, y
por algo que se debería hacer, pero que no
se hará.