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  Domingo, 8 de abril de 2007 Actualizado a las 01:48
 

LA MODE
El Cristo de Son Reus

AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO


Tengo un amigo que hace una pequeña reforma en su casa, un par de tabiques, el baño de los niños y la cocina. El muy incauto contrató un camión de recogida de escombros conducido por un par de búlgaros; supuso que, lo mismo que ocurre con los coches usados, podría venderse el lote a una empresa de gestión de escombros. Como buen sueco civilizado, lo había clasificado todo según especies y tamaños: los ladrillos en unos sacos, los azulejos en otros, las tuberías de plomo en otros, etc.

Los pobres búlgaros, que tampoco se enteraban de nada, se encaminaron a Son Reus, la escombrera oficial, no sin antes tomar un par de riojas en el bar de abajo y brindar por la región del Estado Español tan bien organizada en la que se habían colado. Cuál sería su sorpresa cuando al llegar al susodicho Son Reus, lejos de poder vender el material, tuvieron que pagar casi 200 euros por depositarlo allí. «Y menos mal que lo traen clasificado, porque si no, ni les cuento…», les comunicó el operario al cargo.

Mi amigo me lo contaba y no daba crédito, máxime cuando a todo ese escombro la planta le aplica un básico reciclaje y después lo vende, y no precisamente a precio de caridad. No puedo imaginar un negocio más redondo: el residuo ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, y de paso me hago de oro. Mi amigo entendía ahora la mítica picaresca española, «pero cómo quieren que la gente recicle si les estafan por ello, otra vez lo tiro a un torrente y se acabó».

Los antiglobalizantes, es decir, okupas, alternativos y ecologistas -Al Gore incluido-, deben de estar muy contentos estos días con las procesiones, ese rito propiamente irrepetible, marcial e intransferible a cualquier otra cultura no basada en el culto a la agonía y al cine de Almodóvar; juguetes. Salía yo a tomar algo por la noche cuando me vi envuelto en esa multitud repleta de turistas aplaudiendo y de aborígenes de seriedad calculada, y por chiripa volví a ver a mi amigo. Para alguien que viene del país de ABBA, en que no se tortura a los dioses, la Semana Santa y el cine de Almodóvar es lo más extraterrestre que pueden contemplar.

Me preguntó entonces qué ocurriría si, sin más, Cristo, es decir, la parte humana de Cristo, bajara de la cruz allí mismo, cogiera un camión de escombro y se encaminara a Son Reus y le dijera al operario: «Soy Jesucristo, y vengo a depositar toda esta cacharrería con la que me llevan siglos atormentado: coronas de espinas, mantos dorados que pesan un montón, toneladas de cera derretida, cruces inoperantes, sogas carcomidas, tambores de feria. Mire usted mismo, traigo camiones». ¿Cuánto le harían pagar por todo eso a Jesucristo en Son Reus? ¿Se lo permutarían por algún milagro? ¿Ascendería la factura a una cantidad tan divina como esos veinte siglos de agonía?

 
   
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