Tengo un amigo que hace una pequeña
reforma en su casa, un par de tabiques, el
baño de los niños y la cocina. El muy
incauto contrató un camión de recogida de
escombros conducido por un par de búlgaros;
supuso que, lo mismo que ocurre con los
coches usados, podría venderse el lote a
una empresa de gestión de escombros. Como
buen sueco civilizado, lo había clasificado
todo según especies y tamaños: los
ladrillos en unos sacos, los azulejos en
otros, las tuberías de plomo en otros,
etc.
Los pobres búlgaros, que tampoco
se enteraban de nada, se encaminaron a Son
Reus, la escombrera oficial, no sin antes
tomar un par de riojas en el bar de abajo y
brindar por la región del Estado Español
tan bien organizada en la que se habían
colado. Cuál sería su sorpresa cuando al
llegar al susodicho Son Reus, lejos de
poder vender el material, tuvieron que
pagar casi 200 euros por depositarlo allí.
«Y menos mal que lo traen clasificado,
porque si no, ni les cuento…», les comunicó
el operario al cargo.
Mi amigo me lo
contaba y no daba crédito, máxime cuando a
todo ese escombro la planta le aplica un
básico reciclaje y después lo vende, y no
precisamente a precio de caridad. No puedo
imaginar un negocio más redondo: el residuo
ni se crea ni se destruye, sólo se
transforma, y de paso me hago de oro. Mi
amigo entendía ahora la mítica picaresca
española, «pero cómo quieren que la gente
recicle si les estafan por ello, otra vez
lo tiro a un torrente y se acabó».
Los antiglobalizantes, es decir,
okupas, alternativos y ecologistas
-Al Gore incluido-, deben de estar
muy contentos estos días con las
procesiones, ese rito propiamente
irrepetible, marcial e intransferible a
cualquier otra cultura no basada en el
culto a la agonía y al cine de
Almodóvar; juguetes. Salía yo a
tomar algo por la noche cuando me vi
envuelto en esa multitud repleta de
turistas aplaudiendo y de aborígenes de
seriedad calculada, y por chiripa volví a
ver a mi amigo. Para alguien que viene del
país de ABBA, en que no se tortura a los
dioses, la Semana Santa y el cine de
Almodóvar es lo más extraterrestre que
pueden contemplar.
Me preguntó
entonces qué ocurriría si, sin más,
Cristo, es decir, la parte humana de
Cristo, bajara de la cruz allí mismo,
cogiera un camión de escombro y se
encaminara a Son Reus y le dijera al
operario: «Soy Jesucristo, y vengo a
depositar toda esta cacharrería con la que
me llevan siglos atormentado: coronas de
espinas, mantos dorados que pesan un
montón, toneladas de cera derretida, cruces
inoperantes, sogas carcomidas, tambores de
feria. Mire usted mismo, traigo camiones».
¿Cuánto le harían pagar por todo eso a
Jesucristo en Son Reus? ¿Se lo permutarían
por algún milagro? ¿Ascendería la factura a
una cantidad tan divina como esos veinte
siglos de agonía?