«¿Qué crees que va a pasar hoy»?, le
disparé a quemarropa a primera hora
de la mañana del 12 de marzo de 2000 a una
de mis grandes fuentes en el Gobierno
Aznar, un centrista pata negra procedente
de ese ejemplar partido que fue la UCD. «La
gente vota con el bolsillo y cuando el
bolsillo está tan lleno como lo está ahora,
el éxito está asegurado. Vamos a tener una
holgada mayoría absoluta», auguró a bote
pronto. Dicho y hecho: Aznar se metió en el
petate ocho diputados por encima de la
mayoría absoluta al lograr 183. Los
españoles le entregaron en 1996 una
economía hecha unos zorros y cuatro años
después él, milagros Rato mediante,
se la devolvió limpia como los chorros del
oro. Consecuencia: el premio
gordo.
«Más sabe el diablo por viejo
que por diablo», reflexiona el refrán. Como
quiera que mi interlocutor del 12-M no es
un diablo sino más bien un alma cándida,
cabe colegir que dio en el clavo
simplemente porque tiene más mili que
nadie. Por suerte, Juan Español vota más
con el bolsillo y con la cabeza que con las
vísceras. A Calvo-Sotelo le dieron boleto
en forma de tunda en 1982 por un mix
llamado crisis financiera-crisis política y
a Felipe lo jubilaron en 1996 por su
galopante corrupción pero también por la
garrafal política económica. Lo de Aznar el
14-M es obviamente harina de otro
costal.
La politología comparada
abona esta particular teoría: Thatcher
llegó a Downing Street después de que los
británicos largasen a un James Callaghan
sinónimo de huelgas e hiperinflación, a
Reagan le dejó el camino expedito a la Casa
Blanca la recesión provocada por el sin
fundamento de Jimmy Carter, a Bill Clinton
le sucedió ídem de ídem en 1992 con un Bush
padre que le sirvió la Presidencia en
bandeja y a Gerhard Schröder no lo mandó a
su casa Angela Merkel sino más bien una
calamitosa trayectoria que se resume en 5
millones de parados.
Dado que Juan
Balear no es un marciano hay que deducir
que la butxaca tendrá también buena
parte de la culpa del veredicto el 27 de
mayo. Y, si así fuera, Jaume Matas está en
condiciones de llevarse un resultadón de la
misma manera que Francesc Antich se calzó
un justo bofetón en 2003 debido a su
inempeorable legado económico.
Vayamos por partes. Más que
favorables, todos los guarismos
macroeconómicos son demoledoramente
favorables a Jaume Matas (JM). El más
elocuente de todos, el Producto Interior
Bruto (PIB), demuestra que si bien todas
las comparaciones son odiosas algunas
merecen el epíteto de escandalosas. Cuando
Juan Balear le volvió a arrendar el
Consolat hace cuatro años menos dos meses
nuestra economía no era el pedazo de AVE
que él había dejado en herencia en 1999
creciendo al ¡¡¡7%!!! No. Más bien parecía
una mala réplica de la renqueante
locomotora que allá por 1850 consumó el
primer trayecto ferroviario en España: el
Barcelona-Mataró.
El último año de
Pacte de ¿Progrés?, 2002, echó el cierre
con un PIB escuálido tras pegar un
insignificante estirón del 0,8%. Esto es,
nueve veces menos que cuando en 1999 Antich
ganó el poder tras perder los comicios.
Esta interpretación de las cosas es
ciertamente benévola porque hubo trimestres
de 2002 en los que en lugar de crecer,
decrecimos, una situación jamás vista desde
los primeros 80. Claro que cuando tienes un
ministro de Economía (Sampol) que
apuesta pública y ostentóreamente
por «ralentizar el crecimiento económico»
lo normal es darte un golpe de aquí no te
menees.
Parafrase- ando al Guerra
antipático -el simpático, obviamente era el
torero- cabría sentenciar que 46 meses
después del 25 de mayo de 2003 a Baleares
no la reconoce ni la madre que la parió. El
PIB engordó el año pasado un 2,7% y este
ejercicio lo hará un 2,9% según los
pronósticos más moderados y un 3,2% si
atendemos a los más voluntaristas. Los
¿progresistas? que nos llevaron a la
estanflación relativizarán este pequeño
gran éxito argumentando que está por debajo
de la media nacional. Cierto, pero tan
cierto como que es mucho más fácil destruir
que construir y no digamos que reconstruir.
Además, tampoco andamos ya tan lejos del
promedio español: nuestro en números
redondos 3% está a tiro de piedra del 3,7%
nacional previsto para 2007.
En una
comunidad como la nuestra en la que tres de
cada cuatro euros los genera el turismo la
otra gran vara de medir es el número de
visitantes. Aquí el PP arrasa a un Pacte de
¿Progrés? cuya gestión se resume -ahí es
nada- en 800.000 turistas menos.
Ochocientos mil turistas menos que,
traducidos a euros, supusieron un roto de
600 millones tirando por lo bajo. El
flaco Flaquer le ha dado la vuelta a
la tortilla resucitando el círculo virtuoso
de una economía que hace no tanto, tanto
como ocho o diez años, era la envidia de
toda España y el asombro de media Europa.
Ojo al dato: los 12,2 millones de
visitantes de 2006 constituyen un récord
histórico y están a años luz de los 10,7
del último año enterito de retroprogresismo
(2002). Resumiendo que es gerundio: además
de recuperar los 800.000 que perdieron los
Alomar, Sampol y cía han cazado
otros 700.000 de propina.
Qué
lejos quedan filosóficamente hablando las
declaraciones de la tan coherente como a
ratos equivocada Margalida Rosselló y qué
cerca están temporalmente. Nuestros
principales clientes aún no han olvidado la
ofensa que supuso para ellos las
intempestivas palabras que la consellera de
Medio Ambiente soltó hace 7 años en
¡¡¡Alemania!!!: «En Baleares sobran siete
millones de turistas». Si a esta
genialidad le unimos una ecotasa mal
planteada y peor ejecutada no es de
extrañar que el desastre estuviera servido.
Esto es como si el ministro de Economía
alemán viniera a España advirtiendo voz en
grito que los BMW y los Volkswagen «se
averían cada dos por tres», como si Bill
Gates aconsejara urbi et orbi no
comprar productos Microsoft o como si el
Rey Abdulá de Arabia pidiera públicamente
que no se consuma petróleo.
¿Y de la
inflación qué? Los economistas modernos
sostienen que sin contención de precios no
hay crecimiento sano que valga. Es una
especie de colesterol pero en versión
financiera que marca la salud micro y
macroeconómica. Una asignatura, la del
Índice de Precios al Consumo, que España
sigue aprobando por los pelos (3,5%) y en
la que Baleares progresa adecuadamente con
un algo más meritorio 3%. Un hito al lado
del nefasto 2002 en el que pese a crecer un
0,8% según el Instituto Nacional de
Estadística y a decrecer un 0,5% según la
Caeb los precios se dispararon un
3,8%.
Gran parte de la culpa de que
Baleares haya vuelto a ser lo que fue la
tiene una política de obras públicas que se
resume en haber hecho en cuatro años más
que en los 20 anteriores. Veinte
residencias, cinco autovías o, mejor dicho,
tres pedazos de autovías y dos autovías
enteras, no sé cuántos colegios, el un
tanto faraónico metro a la UIB, el parque
de Sa Riera, la estación de tren de Palma,
los hospitales de Inca, Mahón y Formentera,
el centro de Alzheimer y algún que otro
proyecto que me dejo colgado sintetizan una
gestión difícilmente criticable. Como todas
las obras públicas que en el mundo han sido
han producido un doble bienestar: el
bienestar consustancial -no es lo mismo ir
a Llucmajor ahora que hace cuatro años- y
el bienestar que en forma de tirón
económico causan siempre estas
actuaciones.
Y como no hay dos sin
tres hablaremos también de la ocupación.
Dos guarismos lo dicen todo: el paro
(39.000 personas inscritas) se sitúa en sus
niveles más bajos en seis años gracias a la
creación de -se dice pronto- 50.000 puestos
de trabajo desde 2003.
La curva de
Laffer, la infalible ecuación del
liberalismo de nuestro tiempo, va poco a
poco cumpliéndose en Baleares. El
tijeretazo al Impuesto de
Sucesiones, que ha pasado de un tipo máximo
del 40% al 1%, y el bajonazo del 40% al 7%
del de Donaciones van a dejar libres 60
millones de euros anuales, 60 kilos
que contribuirán a darle marcha a nuestro
cuerpazo económico.
Sólo un nubarrón
en lontananza: el de una deuda pública
autonómica que asciende a la friolera de
2.300 millones. Dos mil trescientos
kilos que serían 1.800 si el
Gobierno central no fuera un moroso que se
niega a pagar la pella de 400 millones que
nos ha dejado a cuenta de las carreteras y
los veinticinco que nos racanea por las
residencias. Los acuerdos firmados, señor
presidente, están para cumplirse. Un
nubarrón que podrían haber sido dos si JM
hubiera optado por sostenella y no
enmendalla con una metedura de pata
supina bautizada como autotasa.
La
psicología es clave en economía. Así como
el Pacte hizo de espantapájaros, el PP ha
jugado el rol del psicoanalista que
devuelve la confianza al deprimido paciente
tras tumbarlo en el diván. La conclusión es
obvia: con estos fríos pero objetivos datos
en la mano, JM debería meter un golazo por
toda la escuadra a esa hidra tricéfala
(PSOE-Bloc-UM) que son sus rivales.
Especialmente teniendo en cuenta que el
portero del equipo contrario es el mismo
que ya perdió el match en 2003. Y
eso que, todo hay que decirlo, el centrado
Antich de ahora no es el Antich de hace
cuatro años: el de ahora predica la
ortodoxia económica, el de hace cuatro años
ni la predicaba ni la practicaba.
Si
segundas partes fueron malas, segundos
pactes serían aún peores. Que Dios coja
confesada a nuestra economía si el
pentapartito reconvertido en tripartito
regresa al Consolat de Mar. Escenario bien
diferente sería un PSOE gobernando en
solitario sin bultos sospechosos pero eso
se antoja imposible a día de hoy. Pero lo
cierto es que así como en 2003 se olían, se
intuían y se palpaban los vientos de
cambio, ahora ni están ni se les espera.
Vencer a Jaume Matas es teóricamente
posible para Francesc Antich pero vencer a
la confianza generada por Jaume Matas me
temo que le va a resultar imposible. O
casi.
e.inda@elmundo.es