En apenas seis años, el cine basado en
la Antigüedad ha seguido, mutatis
mutandis, el mismo camino que la
literatura. Si la novela histórica (gran
género) ha pasado de la imaginación
verosímil a los disparates del
histórico-esoterismo, el cine ha transitado
parigualmente de la verosimilitud al cómic,
que significa aquí falta de rigor
histórico, para un público que rebaja
cualquier exigencia si hay acción y
vistosos efectos especiales. Es la
distancia que separa Gladiator
(2000) de Ridley Scott, de 300
(2006) de Zack Snyder. En medio,
Troya (que depauperaba La
Ilíada) y la más vistosa Alejandro
Magno, que lo que quitaba a la Historia
-pese a sus momentos didácticos- lo tomaba
de las novelas de Mary Renault.
300 (basada en una historieta
gráfica de Frank Miller) tiene como fondo
real las llamadas Guerras Médicas y la
invasión de Grecia por el rey persa Jerjes,
antes de su derrota en Salamina. La batalla
en el desfiladero de las Termópilas, donde
300 espartanos al mando de Leónidas
tuvieron en jaque al colosal ejército persa
hasta sucumbir por la traición de Efialtes,
es una bélica hazaña que duró dos días y
que la propia Antigüedad transformó en
leyenda, no sólo para enaltecer el valor
heleno, sino para hacer notar que Grecia
estuvo realmente en peligro. La película de
Snyder nos lo convierte todo en truco y
magia, como si debiera más al mundo
medieval de elfos y dragones que a la
luminosa Hélade.
Claro que (en el
fondo), el filme muestra un enfrentamiento
entre buenos y malos. Los primeros son los
espartanos y los segundos los persas, cuyo
rey Jerjes aparece casi convertido en un
bélico drag-queen. Occidente es
bueno y Oriente (con soldados de aire moro)
malo. Grecia es masculina, viril, potente.
Y Persia -pese al poder-, afeminada y
decadente. Tópicos y más tópicos llenos de
poderío visual que confundirán a la mayoría
de los jóvenes o adolescentes (al parecer
el público mayoritario de esta cinta) que
vea un relato que probablemente desconoce.
Aunque con fondo histórico,
300 sólo debe verse como imaginación
pura, muy maniquea, llena de viejos
clichés. Cierto que puede existir en la
película más de una sombra homoerótica y
homófoba a la vez, y hasta un homenaje a la
estética masculina de los cuadros
neoclásicos de Jacques-Louis David -sobre
todo en la primera parte, con menos
combates-, entre cuyos lienzos hay un
Leónidas en las Termópilas de 1814,
lleno de viriles desnudos batalladores, con
empenachado yelmo.
Particularmente
(confieso) prefiero que lo imaginativo -en
cine o en literatura- se mezcle poco con lo
histórico. El señor de los anillos
es algo distinto a Memorias de
Adriano, por poner ejemplos muy
evidentes, y la mezcla no agrega sino que
desfigura. 300 es un delirio
viriloide en defensa de Occidente y de la
guerra. Leónidas y las Termópilas, un hecho
de valor que los poetas elevaron a símbolo
moral, como en el epigrama de Simónides:
Diles a los lacedemonios, viajero, /
que, obedientes a sus palabras, aquí
yacemos». Sobriedad en la histórica
leyenda ética, frente al sueño
barroquizante de un puro cómic muy
norteamericano.