La última noticia científica es que los
hombres no son más que mujeres con exceso
de testosterona. Contra todos los mitos
sobre el origen de la especie humana, casi
todos con barro por en medio, la ciencia
confirma ahora las fantasías más delirantes
recogidas por Platón acerca de los
hermafroditas. Todos al final, por lo
visto, somos hermafroditas, estamos hechos
con el molde de Hermafrodito, el
hijo de Hermes y Afrodita.
Siempre he sospechado que los hombres
éramos mujeres. El ser humano, por tanto,
es hembra en principio. A una hembra un día
se le cruzaron los cables, se puso gallito
discutiendo con una paisana y empezó a
rezumar testosterona, lo que provocó la
mengua de sus pechos y una degradación de
su entrepierna. Esa enfermedad con
clarísimos síntomas entre las ingles es
conocida hoy como aparato sexual
masculino.
El hombre, ya según
la ciencia, es un ser humano evolucionado o
enfermo, lo que reduce el ámbito de los
derechos humanos de nuevo a dos bloques: a
un lado las mujeres con sus pokemon
evolucionados, o sea los hombres, y al otro
los simios. La ley de paridad recién
aprobada presume de feminista, y bien que
lo es, porque una cuota del 50% para las
mujeres incluye (la ciencia manda) a los
hombres, y la otra no la ocupa de momento
nadie, porque hombres, lo que se dice
hombres, no hay. Sólo nos quedan simios.
Esta es la ley que Zapatero no ha
tenido ovarios (decir huevos es machista y
un error científico) de proponer, es la que
de verdad el planeta aplaudiría: poner la
mitad de simios en los consejos de
administración de las empresas y en los
ministerios.
También ha demostrado la
ciencia que somos animales de costumbres.
Leónidas de Esparta demuestra en la
película 300 que ensartar persas en
la pica es pura rutina, y los españoles
estamos demostrando que nuestra raza no
puede pasar tres días sin una
manifestación. En Madrid el domingo me
tropecé con una de trabajadores de Correos,
y mañana tendrá que haber otra, apuesten.
Miquel Nadal también es
mujer. Los hombres somos mujeres pero
bravuconas, con ganas de gresca, un poco
locas, como el señor Feraud de la
novela El duelo, de Joseph
Conrad. Miquel Nadal, que quiere ser
alcalde, ha buscado un gancho para pescar
votos porque se ve descalabrado en las
encuestas, y no ha encontrado otro que
prometer un alcalde para Establiments. La
idea puede ser buena, sólo que no se nos
ocurre cómo ponerle alcalde a una población
que no puede votarlo. El alcalde de
Establiments será un misterio como el del
huevo y la gallina, no sabremos qué será
antes, si el alcalde o la alcaldía. Nadal,
tal vez, como buen ejemplar humano, pueda
dedicar su parte femenina a gobernar Palma,
que ya está acostumbrada a dejarse tratar
por una mujer, y la masculina a
Establiments, que está un poco alto y
necesita la visión del terreno de un
aviador.