En nuestros sistemas democráticos, los
políticos dicen representar a los
ciudadanos. Se supone que los más
representativos se identifican con el
ciudadano medio, sus deseos, valores,
sueños, convicciones. Por eso, acostumbro a
atender a sus declaraciones, para saber si
soy como el resto de mis conciudadanos.
Para curiosear sobre mi mismo, acerca de mi
normalidad.
Vi por la tele a ZP
autodefinirse ante un auditorio de
mujeres africanas y la vigilante mirada de
la vicepresidenta De la Vega. Dijo:
«Soy feminista». En la jerarquía de
definiciones, la primera, por definición,
es la del Dios de Israel ante Moisés
en el Sinaí: «Yo soy el que soy». El único
ser existente por sí mismo, causa de todo y
consecuencia de nada. La segunda, es la de
Kennedy en el Berlín sitiado: «Ich
bin ein Berliner». No lo era, era un
americano católico de origen irlandés de la
costa este, pero se aceptó la metáfora
porque se identificaba con los que sufrían
el acoso del totalitarismo soviético;
estaba a su lado. Consagraba la verdad de
la negación de la primera definición: »Yo
soy el que no soy». Para intentar emular a
Kennedy, ZP debería haber dicho, expresando
su solidaridad para con las mujeres: «Soy
una mujer».
Dado que no puede ser el
presidente del Gobierno un demagogo ni un
zelig de tres al cuarto rodeado de
feministas, colijo que una gran parte de
los españoles y gente de izquierdas se
define como feminista. En cambio yo, no sé
cómo definirme. Bueno, creo ser una persona
humana, pero no sabría establecer una
radical jerarquía entre mis convicciones,
valores, deseos, pulsiones, como para
primar a una, identificándola conmigo. Que
supone excluir a las otras. Básicamente mis
ideas políticas son socialistas, pero en
algunas cosas puedo coincidir con
Saura y Llamazares y en
otras, hasta con Rajoy. No soy
nacionalista y me parece increíble que el
PSOE coincida tanto con esta ideología tan
reaccionaria, pero algunas de las
posiciones de Pujol me parecían
razonables. Las etiquetas, con la edad, se
me van convirtiendo en impotencias
racionales, en automatismos tribales, en
renuncias a la civilidad. Y pienso cosas
muy raras, como que las personas humanas,
siendo todas diferentes entre sí, son
iguales, tienen los mismos derechos; que,
por ejemplo, un mismo delito de maltrato no
puede ser castigado de forma diferente si
el delincuente es hombre o mujer. No creo
que un maltratador sea peor que una
maltratadora por mucho que haya muchísimos
más de los primeros. Cuando pienso que el
Parlamento español aprueba por unanimidad
estas diferencias, pienso que soy un
raro.
La semana pasada leí unas
declaraciones de Xisco Antich a
propósito de otras previas de Matas
en las que le invitaba o retaba, no
recuerdo bien, a un debate televisivo. Si
la trascripción fue correcta, Antich dijo
que protagonizar un debate con Matas le
hacía «mucha ilusión». La palabra ilusión
es polisémica. Por una parte significa
irrealidad, fantasía, sueño; por otra, es
una expresión de deseo, de la motivación
que la realización de algún objetivo puede
crear en nuestro ánimo. También es una
especie de cajón de sastre que permite
obviar una vaciedad de argumentos o de
propuestas. Recuerdo a Cristina
Almeida, candidata a la Presidencia de
Madrid, en campaña, prometiendo «mucha
ilusión».
Un debate electoral me
remite a aquellos ejércitos enemigos que
antes que enfrentarse de forma devastadora,
dirimían la guerra por medio del combate de
dos de sus más escogidos guerreros.
Minimizar daños. Por eso, aunque no es lo
mismo, me parecen bien los debates. Debatir
con un adversario, que supone menoscabarle
a él y sobrevalorarme a mí, aparte de
incomodarme, puede parecerme necesario,
conveniente, clarificador, ¿pero hacerme
ilusión? A mí me ilusionaría (fantasía,
motivación), por ejemplo: desayunar siempre
de melón dulce de Vilafranca, comer en
El Bulli, pasar un verano en una
cabaña solitaria en un fiordo noruego,
dominar el inglés y el alemán para poder
disfrutar plenamente de Emily
Dickinson y de Rilke, tener un
apartamento en París, cenar tête-à-tête con
Naomi Watts, ver una puesta de sol
en La Alhambra, vivir en una casa diseñada
por John Pawson....¿Pero debatir con
Matas? Pues no. Soy un raro.