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  Viernes, 16 de marzo de 2007 Actualizado a las 01:52
 

EL ÁGORA
Soy un raro

RAMON AGUILÓ


En nuestros sistemas democráticos, los políticos dicen representar a los ciudadanos. Se supone que los más representativos se identifican con el ciudadano medio, sus deseos, valores, sueños, convicciones. Por eso, acostumbro a atender a sus declaraciones, para saber si soy como el resto de mis conciudadanos. Para curiosear sobre mi mismo, acerca de mi normalidad.

Vi por la tele a ZP autodefinirse ante un auditorio de mujeres africanas y la vigilante mirada de la vicepresidenta De la Vega. Dijo: «Soy feminista». En la jerarquía de definiciones, la primera, por definición, es la del Dios de Israel ante Moisés en el Sinaí: «Yo soy el que soy». El único ser existente por sí mismo, causa de todo y consecuencia de nada. La segunda, es la de Kennedy en el Berlín sitiado: «Ich bin ein Berliner». No lo era, era un americano católico de origen irlandés de la costa este, pero se aceptó la metáfora porque se identificaba con los que sufrían el acoso del totalitarismo soviético; estaba a su lado. Consagraba la verdad de la negación de la primera definición: »Yo soy el que no soy». Para intentar emular a Kennedy, ZP debería haber dicho, expresando su solidaridad para con las mujeres: «Soy una mujer».

Dado que no puede ser el presidente del Gobierno un demagogo ni un zelig de tres al cuarto rodeado de feministas, colijo que una gran parte de los españoles y gente de izquierdas se define como feminista. En cambio yo, no sé cómo definirme. Bueno, creo ser una persona humana, pero no sabría establecer una radical jerarquía entre mis convicciones, valores, deseos, pulsiones, como para primar a una, identificándola conmigo. Que supone excluir a las otras. Básicamente mis ideas políticas son socialistas, pero en algunas cosas puedo coincidir con Saura y Llamazares y en otras, hasta con Rajoy. No soy nacionalista y me parece increíble que el PSOE coincida tanto con esta ideología tan reaccionaria, pero algunas de las posiciones de Pujol me parecían razonables. Las etiquetas, con la edad, se me van convirtiendo en impotencias racionales, en automatismos tribales, en renuncias a la civilidad. Y pienso cosas muy raras, como que las personas humanas, siendo todas diferentes entre sí, son iguales, tienen los mismos derechos; que, por ejemplo, un mismo delito de maltrato no puede ser castigado de forma diferente si el delincuente es hombre o mujer. No creo que un maltratador sea peor que una maltratadora por mucho que haya muchísimos más de los primeros. Cuando pienso que el Parlamento español aprueba por unanimidad estas diferencias, pienso que soy un raro.

La semana pasada leí unas declaraciones de Xisco Antich a propósito de otras previas de Matas en las que le invitaba o retaba, no recuerdo bien, a un debate televisivo. Si la trascripción fue correcta, Antich dijo que protagonizar un debate con Matas le hacía «mucha ilusión». La palabra ilusión es polisémica. Por una parte significa irrealidad, fantasía, sueño; por otra, es una expresión de deseo, de la motivación que la realización de algún objetivo puede crear en nuestro ánimo. También es una especie de cajón de sastre que permite obviar una vaciedad de argumentos o de propuestas. Recuerdo a Cristina Almeida, candidata a la Presidencia de Madrid, en campaña, prometiendo «mucha ilusión».

Un debate electoral me remite a aquellos ejércitos enemigos que antes que enfrentarse de forma devastadora, dirimían la guerra por medio del combate de dos de sus más escogidos guerreros. Minimizar daños. Por eso, aunque no es lo mismo, me parecen bien los debates. Debatir con un adversario, que supone menoscabarle a él y sobrevalorarme a mí, aparte de incomodarme, puede parecerme necesario, conveniente, clarificador, ¿pero hacerme ilusión? A mí me ilusionaría (fantasía, motivación), por ejemplo: desayunar siempre de melón dulce de Vilafranca, comer en El Bulli, pasar un verano en una cabaña solitaria en un fiordo noruego, dominar el inglés y el alemán para poder disfrutar plenamente de Emily Dickinson y de Rilke, tener un apartamento en París, cenar tête-à-tête con Naomi Watts, ver una puesta de sol en La Alhambra, vivir en una casa diseñada por John Pawson....¿Pero debatir con Matas? Pues no. Soy un raro.

 
   
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