En vísperas del estreno en los cines de
300, la película basada en el cómic
de Frank Miller sobre la batalla de
las Termópilas entre griegos y persas, les
pregunto a unos chavales de 12 años si
tienen algún héroe. Me imagino que me van a
decir que sí, que Fernando Alonso,
que Ronaldinho, que Jorge Lorenzo
o que Rafa Nadal. Sin embargo me
responden que no. Me huelo que no tienen
muy claro qué es un héroe. Escarbo un poco
y uno de ellos me dice que es «alguien que
te salva de un peligro». Me extraña a bote
pronto esta definición, pero luego entiendo
que ha superpuesto sobre «héroe» la noción
de «superhéroe». Superman,
Spiderman o Batman han puesto
el listón un poco alto. Les digo a estos
chavales de 1º de ESO que los héroes son
gente normal. Sin ir más lejos, por
ejemplo, sus padres, los dos o uno de
ellos, o él o ella, o sus madres, o sus
padres adoptivos ambos machos y matrimonio
homosexual, seguramente son héroes. Los
chicos no son tontos y comentan en seguida,
«claro, por aguantarnos».
Tolkien nos enseñó que para
ser un héroe no hay que tener superpoderes,
que una raza de pequeñajos como los
hobbits pueden alcanzar gestas más
altas que las que le suponemos a un apuesto
guerrero. Un signo triste de nuestros
tiempos es, como descubrimos por la
encuesta improvisada a unos chavales de 12
años, la incapacidad de nuestra sociedad
por descubrir y encumbrar a los verdaderos
héroes de su tiempo. Normalmente
protestamos por ver en un pedestal a héroes
falsos. Ahora ni eso, porque se hace
imposible el consenso para distinguirlos.
El único que por estos pagos se me ocurre
puede que sea Tomeu Català,
recientemente reconocido con un Premio
Ramon Llull. José Antonio Abellán,
que pasó el lunes por Palma, a mí me parece
un héroe. Para ganarse la vida a esas horas
de la noche y en permanente contacto con la
nata del fútbol, hay que tener más aguante
que Frodo camino de Mordor. Un héroe
no es un santo, es un tipo con claroscuros,
con bajezas, como Ulises, pero
también capaz de hacer algo grande. A veces
hacemos héroes a personas completamente
mediocres, cuyo único mérito es haber
soportado un linchamiento
social.
José Luis Núñez puede
que nunca haya gozado de las simpatías de
grandes masas. No lo tenemos por un
altruista y un modelo humanitario, sin
embargo en cuanto ha denunciado ante el
juez a Barbie y a los consellers que
aprobaron la venta de Can Domenge, se nos
ha convertido en un héroe. Es un «héroe por
accidente» como aquél que interpretó
Andy García en una deliciosa
comedia. Los que el sábado se manifestarán
contra Matas por salvar Mallorca han
renunciado a la heroicidad que se les pone
en bandeja: la de intentar separar ecología
e izquierda. Como si las grúas y el PSIB no
tuvieran una larga y estrecha amistad.