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  Domingo, 11 de marzo de 2007 Actualizado a las 01:56
 

LOS PUNTOS SOBRE LAS ÍES
El club de los falsarios y los 10 millones de 'ultras'

EDUARDO INDA


Que el nazi Joseph Goebbels fuera un repugnante asesino -entre otros, de sus propios seis hijos- no significa que fuera tonto ni muchísimo menos. Suyos son los once Principios de la Propaganda, once consejos los más de los cuales se han demostrado infalibles a lo largo de la historia, al menos, a corto y medio plazo. El sexto de ellos, el de Orquestación, es el más conocido y el más manoseado por todos los mandamases que en el mundo han sido. Un consejo que se resume en once palabras que tienen miga: «Una mentira mil veces repetida termina por convertirse en una verdad».

Tanto las huestes de Can Prisa como las de Ferraz son para mí unos demócratas convencidos, incluidas las segundas marcas de los unos y de los otros. Yo no soy ni quiero ser como ellos que se arrogan la potestad de expedir certificados de pureza de sangre democrática. Todo lo cual no quita para que empleen este endecálogo sistemáticamente y, como se vio del 11 al 14 de marzo de 2004, con éxito.

Zapatero encendió personalmente la mecha hará un par de meses o tres con la ayuda del licenciado en segundo de Derecho José Blanco, Pepiño para los amiguetes. La consigna era y es obvia: identificar al PP con la extrema derecha por las buenas o por las malas. No sé si habrán percatado de ello pero del otoño a esta parte raro ha sido el día en que ZP y/o Pepiño aludían al PP como la «derecha extrema», que es una forma entre gilipollesca, eufemística y cursi de llamar a alguien facha, fascista o ultraderechista.

Ni Felipe González se atrevió jamás a tanto, a lo más que llegó allá por 1993 fue a rebautizar al partido de José María Aznar como «la derecha». Así fueras a mil mítines del PSOE felipista jamás escuchabas salir de los labios de ningún baranda socialista el palabro «PP». «La derecha» por aquí, «la derecha» por allá, «la derecha» por acullá. Y les fue maravillosamente bien: a pesar de los gales, las filesas, los juanes guerras y los ibercorps, ganaron unas elecciones (las del 6 de junio de 1993) que tenían demoscópicamente perdidas. El miedo a «la derecha», a la derechona, caló en toda España. La propaganda y más concretamente el Principio de Orquestación funcionó a las mil maravillas una vez más y van...

Zapatero ha dado una irresponsable vuelta de tuerca con una consigna que deja la de mister X reducida a la condición de juego de niños: «El PP es la derecha extrema». Dicho y hecho porque la gran diferencia entre el centroizquierda y el centroderecha en este país es que los primeros van todos a una como en Fuenteovejuna y los segundos han sido y son, al menos a nivel mediático, como el ejército de Pancho Villa.

Un lamentable ejemplo de libro de este tan perverso sexto principio del endecálogo de Goebbels lo padecieron los 1.500 mallorquines que se concentraron espontáneamente en Cort el 2 de marzo para protestar por la excarcelación y práctica puesta en libertad de un asesino multiplicado por 25 llamado José Ignacio de Juana Chaos.

Mil quinientos mallorquines a los que el diario sensacionalista Última Hora y el independentista Balears tildaron sin recato 24 horas después de «ultraderechistas». Los dos ¿diarios? de un Pedro Serra que hace no tanto rendía culto a su lamentable Caudillo desde las páginas del Baleares no ponían encima de la mesa una sola prueba gráfica de sus afirmaciones por una elemental razón, querido Watson: ni había banderas preconstitucionales, ni se hizo el saludo romano brazo en alto, ni desde luego nadie reclamó en voz alta un «golpe de Estado». Sobra decir que, de haberse exhibido enseñas con el pollo franquista o de haber habido locos con el brazo en alto, a Pedro Serra le hubiera faltado tiempo para sacar la foto pertinente a cinco columnas en portada. No las publicaron porque no las tenían. ¿Y por qué no las tenían? Porque simplemente los símbolos ultras sólo existían en su calenturienta y no muy original que digamos imaginación. Así de claro. Conclusión: o el que escribió la noticia se volvió loco, o estaba bebido o, más bien, mintió a sabiendas. Me da que esto último. O a lo mejor es que al ex falangista editor le traicionó el subconsciente.

Ayer estaban rabiosos porque a la segunda tampoco fue la vencida: todas las banderas eran constitucionales y todo el mundo estuvo democráticamente en su sitio. Haciendo gala una vez más de su mal perder, eligieron para sus portadas las fotos más negativas posibles: políticos aparte, ayer en la cover del ¿rotativo? amarillo de El Egipcio sólo se podía contemplar a ciudadanos con cara entre cabreada, indignada e iracunda. La nada inocente elección de estas imágenes tenía como objetivo presentar a los millones de españoles que ayer y anteayer han clamado en la calle contra la mayor ofensa a las víctimas del terrorismo en 30 años de democracia como gente radical, crispada y exaltada. Lo cual tiene bemoles: ahora va a resultar que el que crispa es el que alza pacífica y legítimamente su voz porque se pone de patitas en la calle a un asesino en serie y no el que lo pone de patitas en la calle. El mundo al revés. Cosas de esta España en la que nos ha tocado vivir en la que lo de «el mundo al revés» es la regla que confirma la excepción.

El Grupo Serra le dio al on de la máquina de la mentira el 2 de marzo y la bola se fue agrandando con la inestimable colaboración de las segundas marcas que Jesús Polanco posee o controla por persona interpuesta por estos lares. Fíjense cómo serían las cosas que el bueno de Francesc Antich llegó a dar carta de naturaleza a la trola al asegurar que había habido banderas franquistas y brazos en alto en la manifestación del 2-M. No mucho más fino anduvo cuando destacó como si fuera un crimen de lesa humanidad «la ilegalidad» de la primera concentración frente al Ayuntamiento de Palma. El secretario general del PSIB olvidó consciente o inconscientemente un leve pero no por ello insignificante detalle: que la mayoría absoluta de las manifestaciones contra la guerra ilegal, inmoral e injusta de Irak tenían menos papeles que la casa de Grosske en Sencelles. Empezando por la que degeneró en apedreamiento de la sede del PP en Palma y terminando por todas las que Ferraz montó vía sms frente al cuartel general del PP el 13 de marzo de 2004. Vamos, que ni Antich en particular ni el PSOE en general son quiénes para dar lecciones de legalismo so pena de que alguien les recuerde aquello de «dime de qué presumes y te diré de qué careces».

El Principio de Orquestación de Goebbels quedaría cojo en el caso que nos ocupa si Can Prisa, Ferraz y los pobrecitos del Grupo Serra no lo hubieran aderezado con el Principio de la Transfusión. Me explico: la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, bien una mitología nacional, bien un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Como al militar el valor, al centroizquierda y a la izquierda se les supone en nuestro país una superioridad moral que obviamente conlleva la inferioridad moral del centroderecha o de la derecha a secas. Por dos razones: una histórica, el PP proviene de una Alianza Popular fundada por ex ministros franquistas, y otra práctica, gracias a la activa política de comunicación felipista y a la pasividad aznarista los medios están avasalladoramente en manos de la no muy divine gauche.

Cualquier paso que dé el centroderecha en cualquier orden de la vida y cualquier cosa que salga de su boquita se pone inmediatamente en cuarentena. Toda la campañeja que aquí y allá han montado estos días a cuenta de la vergonzosa excarcelación de este hijo de Satanás ha partido con la ventaja que da al centroizquierda el contar con el aval de la corrección política. Haga lo que haga, diga lo que diga, el PP -conservadores en jerga Prisa- jamás tendrá razón. Y, sensu contrario, así maten a una viejecita en un programa de TV en directo, los del PSOE -«progresistas» en lenguaje polanquiano- siempre se irán de najas por razones obvias. «Algo habrá hecho la viejecita».

El Principio de Silenciación, acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos, también se ha cumplido a rajatabla. Cuando, como siempre, este pedazo de papel finlandés volvió a desenmascar la patraña de marca mayor, los Última Hora, Balears y su patética clac callaron como muertos y, como diría aquél, si te he visto, no me acuerdo. No han vuelto a decir ni mu desde el momento mismo en que radiografiamos a la organización convocante de la protesta del 2-M era Denaes (Defensa de la Nación Española). Organización patroneada por un activo luchador antifranquista y ex militante de ETA como Jon Juaristi, por el ex jefe de la Casa del Rey que ayudó a Don Juan Carlos a parar el golpe de Estado del 23-F, Sabino Fernández-Campo, por el magistrado del Supremo Adolfo Prego, por un filósofo (Gustavo Bueno) que tiene de derechas lo que yo de virgen y por un Santiago Abascal que va con escolta desde que tenía veintipocos años ya que ETA lo tiene en el número 3 ó 4 de su lista negra.

También han echado mano de dos principios en uno: el de Verosimilitud, construir argumentos a partir de globos sonda o de informaciones fragmentarias, y el de Exageración o Desfiguración, convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave. Primero lanzó la piedra del embuste El Egipcio, luego entró en escena un medio que va últimamente siempre a rebufo de ellos y la liaron definitivamente con las fragmentarias y descontextualizadas noticias emitidas mañana, tarde y noche por el imperio de Jesús Polanco. De una verdad particular, la desgraciada presencia de un reducido elenco de los matones de Ynestrillas en la manifa de la Plaza de la Villa de Madrid, hicieron categoría o una verdad universal, «en todas las manifestaciones había ultras», «estos del PP son unos fachas», «todos los que se oponen al principio de paz son unos fascistas».

No podía faltar el Principio de Vulgarización que, como su propio nombre indica, pasa por adaptar la propaganda al coco del menos inteligente de los cientos de miles de destinatarios. Cuanto más grande sea el universo a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. Los propagandistas lo han resuelto emitiendo cientos de veces esta semana las fotos de la desgraciada anécdota de las enseñas preconstitucionales en Madrid. Pepiño, al que en el PP han cometido siempre el error de minusvalorar y así les va, puso la guinda al hablar del «aguilucho» del PP, término que entiende hasta un tonto de baba.

El «y tú más» con el que ZP intentó contraatacar la demoledora exposición del imperturbable Pío García-Escudero es purito Principio de la Transposición goebbelsiano. «Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan respondiendo a un ataque con otro ataque». Una táctica más vieja que la tana. El presidente hizo lo propio efectuando un repaso plagado de mentiras y esas medias verdades que son las peores de las mentiras. Porque tan cierto es que Aznar acercó a presos etarras al País Vasco en fiel cumplimiento de la doctrina Múgica como que si de verdad hubiera cedido ante ETA los concejales populares Miguel Ángel Blanco, Alberto Jiménez Becerril, Ascensión García Ortiz, José Luis Caso, Iñaki Iruretagoyena, Tomás Caballero, Manuel Zamarreño, Jesús María Pedrosa, José María Martín Carpena, Manuel Indiano, José Luis Ruiz Casado, Francisco Cano, José Javier Múgica y Manuel Jiménez Abad estarían vivos. El caso es que la especie del «y tú más» no coló, entre otras razones, porque más allá del fondo de las cosas las tranquilas e imperturbables formas del portavoz popular en el Senado sacaron de sus casillas a un presidente más tenso que nunca.

En el fondo todo esto no es ni más ni menos que el episodio central de una película titulada «todos contra el PP». O sea, ese Principio del Enemigo Único o del Método de Contagio que consiste en reunir a los adversarios en uno solo pero al revés. La unidad de acción PSOE-IU-nacionalistas se ha visto esta semana con más nitidez que nunca. Todos, desde el PSOE hasta IU pasando por CiU y por supuesto la ERC que negoció con ETA una tregua a la carta, han dado hilo a la cometa de las razones «humanitarias» de la excarcelación y han acusado al PP de virar a la extrema derecha.

Todo este denodado esfuerzo por arrinconar al PP o de sacarlo del sistema presentándolo como si fueran una cuadrilla de peligrosos skinheads y a Rajoy como el mismísimo Franco redivivo se les ha ido al garete en cuestión de ocho días. Exactamente los que han transcurrido entre las concentracioncitas de andar por casa del 2 de marzo y la que, tras la de Miguel Ángel Blanco, es la manifestación más grande jamás contada de la historia de la democracia. La de ayer.

La puesta en práctica del Principio de la Orquestación no ha servido para garantizar el cumplimiento del undécimo, el de la Unanimidad, sí, ése que prescribe la imperiosa necesidad de convencer a la gente de que el pensamiento a imponer es «el de todo el mundo». Éste se les vino definitivamente abajo ayer y no sólo porque 1,5 ó 2 millones de disidentes sean muchos disidentes, que lo son, sino porque representan el sentir no sólo de los 10 millones de españoles que votan PP sino el de un porrón de los 11 millones que metieron la papeleta con el puño y la rosa. Ahí están las encuestas para confirmar que es posible engañar a todos un poco de tiempo, a pocos todo el tiempo, pero no a todos todo el tiempo.

e.inda@elmundo.es

 
   
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