Que el nazi Joseph Goebbels fuera un
repugnante asesino -entre otros, de sus
propios seis hijos- no significa que fuera
tonto ni muchísimo menos. Suyos son los
once Principios de la Propaganda,
once consejos los más de los cuales se han
demostrado infalibles a lo largo de la
historia, al menos, a corto y medio plazo.
El sexto de ellos, el de
Orquestación, es el más conocido y
el más manoseado por todos los mandamases
que en el mundo han sido. Un consejo que se
resume en once palabras que tienen miga:
«Una mentira mil veces repetida termina por
convertirse en una verdad».
Tanto las
huestes de Can Prisa como las de Ferraz son
para mí unos demócratas convencidos,
incluidas las segundas marcas de los unos y
de los otros. Yo no soy ni quiero ser como
ellos que se arrogan la potestad de expedir
certificados de pureza de sangre
democrática. Todo lo cual no quita para que
empleen este endecálogo sistemáticamente y,
como se vio del 11 al 14 de marzo de 2004,
con éxito.
Zapatero encendió
personalmente la mecha hará un par de meses
o tres con la ayuda del licenciado en
segundo de Derecho José Blanco,
Pepiño para los amiguetes. La
consigna era y es obvia: identificar al PP
con la extrema derecha por las buenas o por
las malas. No sé si habrán percatado de
ello pero del otoño a esta parte raro ha
sido el día en que ZP y/o Pepiño
aludían al PP como la «derecha extrema»,
que es una forma entre gilipollesca,
eufemística y cursi de llamar a alguien
facha, fascista o ultraderechista.
Ni
Felipe González se atrevió jamás a tanto, a
lo más que llegó allá por 1993 fue a
rebautizar al partido de José María Aznar
como «la derecha». Así fueras a mil mítines
del PSOE felipista jamás escuchabas salir
de los labios de ningún baranda socialista
el palabro «PP». «La derecha» por aquí, «la
derecha» por allá, «la derecha» por acullá.
Y les fue maravillosamente bien: a pesar de
los gales, las filesas, los juanes guerras
y los ibercorps, ganaron unas elecciones
(las del 6 de junio de 1993) que tenían
demoscópicamente perdidas. El miedo a «la
derecha», a la derechona, caló en toda
España. La propaganda y más concretamente
el Principio de Orquestación funcionó a las
mil maravillas una vez más y
van...
Zapatero ha dado una
irresponsable vuelta de tuerca con una
consigna que deja la de mister X
reducida a la condición de juego de niños:
«El PP es la derecha extrema». Dicho y
hecho porque la gran diferencia entre el
centroizquierda y el centroderecha en este
país es que los primeros van todos a una
como en Fuenteovejuna y los segundos han
sido y son, al menos a nivel mediático,
como el ejército de Pancho Villa.
Un
lamentable ejemplo de libro de este tan
perverso sexto principio del endecálogo de
Goebbels lo padecieron los 1.500
mallorquines que se concentraron
espontáneamente en Cort el 2 de marzo para
protestar por la excarcelación y práctica
puesta en libertad de un asesino
multiplicado por 25 llamado José Ignacio de
Juana Chaos.
Mil quinientos
mallorquines a los que el diario
sensacionalista Última Hora y el
independentista Balears tildaron sin
recato 24 horas después de
«ultraderechistas». Los dos ¿diarios? de un
Pedro Serra que hace no tanto rendía culto
a su lamentable Caudillo desde las
páginas del Baleares no ponían
encima de la mesa una sola prueba gráfica
de sus afirmaciones por una elemental
razón, querido Watson: ni había banderas
preconstitucionales, ni se hizo el saludo
romano brazo en alto, ni desde luego nadie
reclamó en voz alta un «golpe de Estado».
Sobra decir que, de haberse exhibido
enseñas con el pollo franquista o de
haber habido locos con el brazo en alto, a
Pedro Serra le hubiera faltado tiempo para
sacar la foto pertinente a cinco columnas
en portada. No las publicaron porque no las
tenían. ¿Y por qué no las tenían? Porque
simplemente los símbolos ultras sólo
existían en su calenturienta y no muy
original que digamos imaginación. Así de
claro. Conclusión: o el que escribió la
noticia se volvió loco, o estaba bebido o,
más bien, mintió a sabiendas. Me da que
esto último. O a lo mejor es que al ex
falangista editor le traicionó el
subconsciente.
Ayer estaban rabiosos
porque a la segunda tampoco fue la vencida:
todas las banderas eran constitucionales y
todo el mundo estuvo democráticamente en su
sitio. Haciendo gala una vez más de su mal
perder, eligieron para sus portadas las
fotos más negativas posibles: políticos
aparte, ayer en la cover del
¿rotativo? amarillo de El Egipcio
sólo se podía contemplar a ciudadanos
con cara entre cabreada, indignada e
iracunda. La nada inocente elección de
estas imágenes tenía como objetivo
presentar a los millones de españoles que
ayer y anteayer han clamado en la calle
contra la mayor ofensa a las víctimas del
terrorismo en 30 años de democracia como
gente radical, crispada y exaltada. Lo cual
tiene bemoles: ahora va a resultar que el
que crispa es el que alza pacífica y
legítimamente su voz porque se pone de
patitas en la calle a un asesino en serie y
no el que lo pone de patitas en la calle.
El mundo al revés. Cosas de esta España en
la que nos ha tocado vivir en la que lo de
«el mundo al revés» es la regla que
confirma la excepción.
El Grupo Serra
le dio al on de la máquina de la
mentira el 2 de marzo y la bola se fue
agrandando con la inestimable colaboración
de las segundas marcas que Jesús Polanco
posee o controla por persona interpuesta
por estos lares. Fíjense cómo serían las
cosas que el bueno de Francesc Antich llegó
a dar carta de naturaleza a la trola al
asegurar que había habido banderas
franquistas y brazos en alto en la
manifestación del 2-M. No mucho más fino
anduvo cuando destacó como si fuera un
crimen de lesa humanidad «la ilegalidad» de
la primera concentración frente al
Ayuntamiento de Palma. El secretario
general del PSIB olvidó consciente o
inconscientemente un leve pero no por ello
insignificante detalle: que la mayoría
absoluta de las manifestaciones contra la
guerra ilegal, inmoral e injusta de Irak
tenían menos papeles que la casa de Grosske
en Sencelles. Empezando por la que degeneró
en apedreamiento de la sede del PP en Palma
y terminando por todas las que Ferraz montó
vía sms frente al cuartel general del PP el
13 de marzo de 2004. Vamos, que ni Antich
en particular ni el PSOE en general son
quiénes para dar lecciones de legalismo so
pena de que alguien les recuerde aquello de
«dime de qué presumes y te diré de qué
careces».
El Principio de
Orquestación de Goebbels quedaría cojo en
el caso que nos ocupa si Can Prisa, Ferraz
y los pobrecitos del Grupo Serra no lo
hubieran aderezado con el Principio de
la Transfusión. Me explico: la
propaganda opera siempre a partir de un
sustrato preexistente, bien una mitología
nacional, bien un complejo de odios y
prejuicios tradicionales. Como al militar
el valor, al centroizquierda y a la
izquierda se les supone en nuestro país una
superioridad moral que obviamente conlleva
la inferioridad moral del centroderecha o
de la derecha a secas. Por dos razones: una
histórica, el PP proviene de una Alianza
Popular fundada por ex ministros
franquistas, y otra práctica, gracias a la
activa política de comunicación felipista y
a la pasividad aznarista los medios están
avasalladoramente en manos de la no muy
divine gauche.
Cualquier paso
que dé el centroderecha en cualquier orden
de la vida y cualquier cosa que salga de su
boquita se pone inmediatamente en
cuarentena. Toda la campañeja que aquí y
allá han montado estos días a cuenta de la
vergonzosa excarcelación de este hijo de
Satanás ha partido con la ventaja que da al
centroizquierda el contar con el aval de la
corrección política. Haga lo que haga, diga
lo que diga, el PP -conservadores en jerga
Prisa- jamás tendrá razón. Y, sensu
contrario, así maten a una viejecita en
un programa de TV en directo, los del PSOE
-«progresistas» en lenguaje polanquiano-
siempre se irán de najas por razones
obvias. «Algo habrá hecho la viejecita».
El Principio de Silenciación,
acallar las cuestiones sobre las que no se
tienen argumentos, también se ha cumplido a
rajatabla. Cuando, como siempre, este
pedazo de papel finlandés volvió a
desenmascar la patraña de marca mayor, los
Última Hora, Balears y su
patética clac callaron como muertos y, como
diría aquél, si te he visto, no me acuerdo.
No han vuelto a decir ni mu desde el
momento mismo en que radiografiamos a la
organización convocante de la protesta del
2-M era Denaes (Defensa de la Nación
Española). Organización patroneada por un
activo luchador antifranquista y ex
militante de ETA como Jon Juaristi, por el
ex jefe de la Casa del Rey que ayudó a Don
Juan Carlos a parar el golpe de Estado del
23-F, Sabino Fernández-Campo, por el
magistrado del Supremo Adolfo Prego, por un
filósofo (Gustavo Bueno) que tiene de
derechas lo que yo de virgen y por un
Santiago Abascal que va con escolta desde
que tenía veintipocos años ya que ETA lo
tiene en el número 3 ó 4 de su lista
negra.
También han echado mano de dos
principios en uno: el de
Verosimilitud, construir argumentos a
partir de globos sonda o de informaciones
fragmentarias, y el de Exageración o
Desfiguración, convertir cualquier
anécdota, por pequeña que sea, en amenaza
grave. Primero lanzó la piedra del embuste
El Egipcio, luego entró en escena un
medio que va últimamente siempre a rebufo
de ellos y la liaron definitivamente con
las fragmentarias y descontextualizadas
noticias emitidas mañana, tarde y noche por
el imperio de Jesús Polanco. De una verdad
particular, la desgraciada presencia de un
reducido elenco de los matones de
Ynestrillas en la manifa de la Plaza
de la Villa de Madrid, hicieron categoría o
una verdad universal, «en todas las
manifestaciones había ultras», «estos del
PP son unos fachas», «todos los que se
oponen al principio de paz son unos
fascistas».
No podía faltar el
Principio de Vulgarización que, como
su propio nombre indica, pasa por adaptar
la propaganda al coco del menos
inteligente de los cientos de miles de
destinatarios. Cuanto más grande sea el
universo a convencer, más pequeño ha de ser
el esfuerzo mental a realizar. Los
propagandistas lo han resuelto emitiendo
cientos de veces esta semana las fotos de
la desgraciada anécdota de las enseñas
preconstitucionales en Madrid.
Pepiño, al que en el PP han cometido
siempre el error de minusvalorar y así les
va, puso la guinda al hablar del
«aguilucho» del PP, término que entiende
hasta un tonto de baba.
El «y tú más»
con el que ZP intentó contraatacar la
demoledora exposición del imperturbable Pío
García-Escudero es purito Principio de
la Transposición goebbelsiano. «Si no
puedes negar las malas noticias, inventa
otras que las distraigan respondiendo a un
ataque con otro ataque». Una táctica más
vieja que la tana. El presidente hizo lo
propio efectuando un repaso plagado de
mentiras y esas medias verdades que son las
peores de las mentiras. Porque tan cierto
es que Aznar acercó a presos etarras al
País Vasco en fiel cumplimiento de la
doctrina Múgica como que si de verdad
hubiera cedido ante ETA los concejales
populares Miguel Ángel Blanco,
Alberto Jiménez Becerril, Ascensión García
Ortiz, José Luis Caso, Iñaki Iruretagoyena,
Tomás Caballero, Manuel Zamarreño, Jesús
María Pedrosa, José María Martín Carpena,
Manuel Indiano, José Luis Ruiz Casado,
Francisco Cano, José Javier Múgica y Manuel
Jiménez Abad estarían vivos. El caso es que
la especie del «y tú más» no coló, entre
otras razones, porque más allá del fondo de
las cosas las tranquilas e imperturbables
formas del portavoz popular en el
Senado sacaron de sus casillas a un
presidente más tenso que nunca.
En el
fondo todo esto no es ni más ni menos que
el episodio central de una película
titulada «todos contra el PP». O sea, ese
Principio del Enemigo Único o del
Método de Contagio que consiste en
reunir a los adversarios en uno solo pero
al revés. La unidad de acción
PSOE-IU-nacionalistas se ha visto esta
semana con más nitidez que nunca. Todos,
desde el PSOE hasta IU pasando por CiU y
por supuesto la ERC que negoció con ETA una
tregua a la carta, han dado hilo a la
cometa de las razones «humanitarias» de la
excarcelación y han acusado al PP de virar
a la extrema derecha.
Todo este
denodado esfuerzo por arrinconar al PP o de
sacarlo del sistema presentándolo como si
fueran una cuadrilla de peligrosos
skinheads y a Rajoy como el
mismísimo Franco redivivo se les ha ido al
garete en cuestión de ocho días.
Exactamente los que han transcurrido entre
las concentracioncitas de andar por casa
del 2 de marzo y la que, tras la de Miguel
Ángel Blanco, es la manifestación más
grande jamás contada de la historia de la
democracia. La de ayer.
La puesta en
práctica del Principio de la Orquestación
no ha servido para garantizar el
cumplimiento del undécimo, el de la
Unanimidad, sí, ése que prescribe la
imperiosa necesidad de convencer a la gente
de que el pensamiento a imponer es «el de
todo el mundo». Éste se les vino
definitivamente abajo ayer y no sólo porque
1,5 ó 2 millones de disidentes sean muchos
disidentes, que lo son, sino porque
representan el sentir no sólo de los 10
millones de españoles que votan PP sino el
de un porrón de los 11 millones que
metieron la papeleta con el puño y la rosa.
Ahí están las encuestas para confirmar que
es posible engañar a todos un poco de
tiempo, a pocos todo el tiempo, pero no a
todos todo el tiempo.
e.inda@elmundo.es